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La dieta de Ovidio

Publicación: 18 septiembre, 2022 |

La escuela de Pitágoras y de Platón, aunque no era la religión de moda ni popular de Roma, contó entre sus discípulos con algunos ilustres italianos.

Publius Ovidius Naso [43 aC– 17 ó 18 dC]

Y el nombre de Cicerón, que pertenecía a la “Nueva Academia”, es bastante ilustre. Los italianos, sin embargo, que tomaron prestada su religión así como su literatura de los griegos, nunca se distinguieron, como sus maestros, por ese refinamiento de pensamiento que podría haberlos llevado a adherirse a la enseñanza pitagórica. Bajo el sangriento despotismo del Imperio, la filosofía más afectada por los literatos y los que se dejaban llevar por los consuelos de la filosofía era la estoica, que enseñaba a sus discípulos a considerar la apatía como el summum bonum de la existencia. Esta escuela de filosofía, cualesquiera que fueran sus otros méritos, estaba demasiado centrada en sí misma —por paradójica que pueda parecer la afirmación— para tener mucha consideración por el resto de la humanidad, y mucho menos por la especie no humana. Tampoco, mientras profesaban un desprecio supremo por los lujos e incluso las comodidades de la vida, los discípulos del «Pórtico», en general, practicaban la abstinencia de cualquier motivo elevado, humanitario o espiritual. Predicaron la indiferencia por las “cosas buenas” de esta vida, no tanto para elevar el lado espiritual y moral de la naturaleza humana como para mostrar su desprecio por la vida humana en su totalidad.

Que el italiano era esencialmente de naturaleza más bárbara que el griego es evidente en los espectáculos y diversiones nacionales. Las escenas salvajes de combates de gladiadores y no humanos y matanzas intestinas de los anfiteatros latinos, de los cuales el famoso Coliseo de la capital era el modelo de muchos otros en las provincias, eran aborrecibles para la mente griega más refinada [1]. En vista de escenas tan sangrientas —la “fiesta romana”—, apenas es necesario observar que el humanitarismo era un credo desconocido para los italianos; y no era probable que un pueblo, adicto a lo largo de su carrera como raza dominante a las guerras más sangrientas, no sólo extranjeras sino también internas, con las que pelear y matar a los de su especie era una ocupación casi diaria, albergara sentimiento alguno de piedad (por no hablar de la justicia) hacia sus dependientes no humanos. Sin embargo, incluso ellos no eran del todo inaccesibles, en ocasiones, a la incitación de la piedad. Refiriéndose a un gran espectáculo ofrecido por Pompeyo en la inauguración de su teatro (55 aC), en el que un gran número de elefantes, entre otros, fueron obligados a luchar, el padre Plinio nos dice:

“Cuando perdieron la esperanza de escapar, buscaron la compasión de la multitud con una apariencia indescriptible, lamentándose con una especie de lamento tanto para el dolor del populacho que, olvidando al imperator y la elaborada munificencia mostrada para su honor, todos se levantaron en lágrimas y lanzaron imprecaciones sobre Pompeyo, cuyo efecto experimentó poco después.” [2]

Cicerón, quien estuvo presente en el espectáculo del Circo, en una carta a un amigo, Marcus Marius, escribe:

“Lo que siguió, durante cinco días, fueron combates sucesivos entre un hombre y una fiera. (Venationes binæ.) Fue magnífico. Nadie lo discute. Pero, ¿qué placer puede tener una persona refinada, cuando un hombre débil es despedazado por una bestia muy poderosa, o un animal noble es atravesado por una lanza de caza?… El último día fue el de los elefantes, en la que hubo gran asombro por parte del populacho y la multitud, pero ningún disfrute. De hecho, siguió un grado de compasión y una cierta idea de que existe una especie de compañerismo entre ese enorme animal y la raza humana”.

Cicerón, Ep. ad Diversos VII, 1.

Testimonios que casi podrían inducir a uno a pensar que, de no haber estado sistemática y laboriosamente acostumbrados por sus gobernantes a estas horribles y gigantescas carnicerías, incluso el populacho romano podría haber sido susceptible de mejores sentimientos y deseos que los inspirados por sus anfiteatros, aunque estos las exhibiciones salvajes eran quizás apenas peores que los combates y matanzas en las plazas de toros de Sevilla o Madrid, o en las cortes de los príncipes mahometanos de la India recientemente sancionada por la presencia de la realeza inglesa. Vale la pena señalar, de paso, que si bien las matanzas de gladiadores se suspendieron algunos años después del triunfo del Cristianismo, la otra parte del entretenimiento, —los combates indiscriminados y la matanza de las víctimas no humanas—, continuaron exhibiéndose hasta un período mucho más tarde.

Si reflexionamos que el surgimiento del espíritu humanitario en la Europa cristiana, o más bien en la mejor parte de ella, es de origen muy reciente, podría parecer irrazonable buscar cualquier manifestación distinta de un sentimiento tan exaltado en la edad más joven de la mundo. Sin embargo, para vergüenza de las civilizaciones más avanzadas, encontramos manifestaciones de ello en los escritos de algunas de las mentes más refinadas de Grecia e Italia; y Plutarco y Séneca —el primero en particular— ocupan un lugar destacado entre los primeros predicadores de esa sagrada verdad. [3]

Publius Ovidius Naso, el versificador latino de la filosofía pitagórica, nació el 43 aC. Pertenecía al orden ecuestre, posición en la escala social que corresponde a la “clase media alta” de la época moderna. Como tantos otros nombres eminentes en la literatura, fue en primera instancia educado para la ley, para lo cual, también como muchas otras celebridades literarias, pronto demostró que su genio era inadecuado y desagradable. Estudió en la gran Universidad de esa época, Atenas, donde adquirió conocimientos de la lengua griega y probablemente de su rica literatura. El hecho más memorable de su vida —que, a la manera de sus contemporáneos del mismo rango, estuvo en su mayor parte consagrada a la “galantería” y a la acostumbrada licencia amorosa— es su misterioso destierro de Roma a las inhóspitas y salvajes orillas del Euxino, donde pasó los últimos siete años de su existencia, muriendo allí a los sesenta años de edad. La causa de su repentino exilio de la corte de Augusto, donde había gozado de gran favor, es uno de esos secretos de la historia que han ejercitado el ingenio de sus sucesivos biógrafos. Según los términos del edicto imperial, la libertad del Ars Amatoria del poeta era la ofensa. Que esto fue un mero pretexto es evidente, tanto por el largo intervalo de tiempo transcurrido desde la publicación del poema como por el carácter de la sociedad de moda de la capital. El mismo Ovidio atribuye su desgracia al hecho de haberse convertido en testigo involuntario de algún secreto de palacio, cuya naturaleza no se divulga.

Sus poemas más importantes son (1) Las Metamorfosis, en quince libros, llamado así por ser una recopilación de las numerosas transformaciones de la teología popular. Es, quizás, el más encantador de los poemas latinos que nos han llegado. Los pasajes particulares tienen una belleza especial. (2) Los Fasti, en doce libros, de los cuales sólo se conservan seis, es el Calendario Romano en verso. Su interés, además del genio poético del autor, es grande, por ser el gran repertorio de las fiestas latinas y su origen popular. Además de estos dos poemas principales, fue autor de los famosos Amores, en tres libros: las Cartas de las Heroínas, Los Remedios del Amor, y La Tristia, o Pensamientos Tristes. También escribió una tragedia, Medea, que lamentablemente no ha llegado hasta nosotros. Todos sus poemas se caracterizan por la elegancia y una notable suavidad y regularidad en la versificación, y en gran parte de sus producciones hay una belleza y un pintoresquismo inusuales en las ideas poéticas.

Dryden, su traductor, ha dicho con razón que el siguiente pasaje del libro decimoquinto de Las Metamorfosis es la mejor parte de todo el poema. Es casi imposible creer que, a pesar de su vida malgastada, debe haber sentido, al menos en sus mejores momentos, algo de la verdad y la belleza de los principios pitagóricos que tan exquisitamente versifica. En las conmovedoras palabras que pone en boca de la celosa Medea, la asesina de sus hijos, podría haber exclamado en su propio caso:

“Video meliora proboque Deteriora sequor”. [4]

“Él [Pitágoras], también, fue el primero en prohibir que se sirvieran animales en la mesa, y fue el primero en abrir sus labios, ciertamente llenos de sabiduría pero sin ser escuchados, en las siguientes palabras: ‘¡Residid, oh mortales! contaminar vuestros cuerpos con tan abominable alimento. Están las farináceas (fruges), están los frutos que derriban las ramas con su peso, y están las uvas que se hinchan en las vides; están las hierbas dulces; las hay que pueden ablandarse con la llama y volverse tiernas. Ni se os niega el jugo lechoso; ni miel, con olor a flor de tomillo. La Tierra pródiga amontona sus riquezas y sus dulces manjares, y os ofrece manjares sin sangre y sin matanza. Los animales inferiores satisfacen su voraz hambre con carne. Y sin embargo no todos ellos; porque el caballo, las ovejas, las vacas y los bueyes subsisten de pasto; mientras que aquellos cuya disposición es cruel y feroz, los tigres de Armenia y los leones furiosos, los lobos y los osos, se deleitan con su dieta sangrienta.
[…]
¡Pobre de mí! qué monstruoso crimen es (scelus) que las entrañas sean sepultadas en entrañas; que un cuerpo hambriento debe engordar en otros que se mete en él; ¡Que un ser viviente viva por la muerte de otro ser viviente! En medio de tanta abundancia que produce la tierra, la mejor de las madres, ¿nada os complace, en verdad, sino roer con dientes salvajes el triste producto de las heridas que infligís e imitar las costumbres de los cíclopes? ¿No puedes apaciguar el hambre de un estómago voraz y mal regulado a menos que primero destruyas a otro ser? Sin embargo, aquella era antigua, a la que hemos dado el nombre de áurea, fue bendecida en el producto de los árboles y en las hierbas que produce la tierra, y la boca humana no fue contaminada con sangre.
[…]
Entonces los pájaros movieron sus alas seguras en el aire, y la liebre, sin miedo, vagó por los campos abiertos. Entonces el pez no cayó víctima del anzuelo y de su propia credulidad. Cada lugar estaba libre de traición; no había temor de daño, todas las cosas estaban llenas de paz. En épocas posteriores, alguien, un innovador travieso (non utilis auctor), quienquiera que haya sido, menospreció y despreció este alimento puro y simple, y se tragó en su barriga codiciosa vituallas hechas de un cadáver. Fue él quien abrió el camino a la maldad. Puedo creer que el acero, desde entonces manchado con sangre, fue sumergido primero en la sangre de bestias salvajes salvajes; y eso era bastante legal. Sostenemos que los cuerpos de los animales que buscan nuestra destrucción son condenados a muerte sin ninguna violación de las sagradas leyes de la moralidad. Pero aunque podían ser condenados a muerte, tampoco debían ser comidos. A partir de este momento, la abominación avanzó rápidamente. Se cree que el cerdo fue la primera víctima destinada al matadero, porque arrancó las semillas con su ancho hocico, y así cortó las esperanzas del año. Por roer y herir la vid, la cabra fue llevada al matadero en los altares del Baco vengador. Su propia culpa fue la ruina de cada una de estas víctimas.
[…]
Pero, ¿cómo habéis merecido morir, ovejas, raza inofensiva que habéis venido a existir para el servicio de los hombres, que lleváis néctar en vuestras ubres llenas, que dais vuestra lana como suave cobijo para nosotros, que nos asistís más por tu vida que por tu muerte? ¿Por qué han merecido esto los bueyes, seres sin engaño y sin engaño, inocentes, mansos, nacidos para soportar el trabajo? Ingrato, en verdad, es el hombre, e indigno de los generosos dones de la cosecha, quien, después de despojarlo del arado, puede matar al labrador de sus campos, quien puede herir con el hacha el cuello desgastado por el trabajo, a través del cual él había tantas veces removió la tierra dura, y que había dado tantas cosechas.
[…]
Y no basta que tal maldad la cometan los hombres. Han involucrado a los dioses mismos en esta abominación, y creen que una Deidad en los cielos puede regocijarse en la matanza del buey laborioso y útil. La víctima inmaculada, sobresaliendo en la belleza de su forma (porque su misma belleza es la causa de su destrucción), ataviada con guirnaldas y con oro se coloca ante sus altares, e, ignorante del significado de los procedimientos, escucha el oraciones del sacerdote. Ve los frutos que cultivaba colocados sobre su cabeza entre sus cuernos, y, derribados, tiñe con su sangre vital el cuchillo del sacrificio que tal vez ya había visto en el agua clara. Inmediatamente inspeccionan los nervios y fibras arrancados del aún viviente ser, y escudriñan en ellos la voluntad de los dioses.
[…]
¿De dónde procede tal hambre en el hombre por alimentos antinaturales e ilegales? ¿Os atrevéis, oh raza mortal, a seguir alimentándoos de carne? No lo hagáis, os lo ruego, y prestad atención a mis amonestaciones. Y cuando presenten a sus paladares los miembros de bueyes sacrificados, sepan y sientan que se están alimentando de los labradores de la tierra.

Metamorphosis, XV, 73–142

Howard Williams
The ethics of diet, 1883

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

1— Los romanos, podemos señalar, importaron las luchas de gladiadores de España.

2— Hist. Naturalis VIII, 7. Su sobrino dice de estos enormes mataderos que “no hay novedad, ni variedad, ni nada que no se vea de una vez por todas”. En una ocasión, en el año 284 d.C., se nos informa fehacientemente que 1.000 avestruces, 1.000 ciervos, 1.000 gamos, además de numerosas ovejas y cabras salvajes, fueron mezclados para ser indiscriminadamente sacrificados por las fieras del bosque o por animales igualmente salvajes, bestias de la ciudad. (Ver Declive y Caída.)

3— Se pueden encontrar algunos rastros de ello, por ejemplo, en Lucrecio (De Rerum Nat. II., donde se puede ver su conmovedora imagen de la desconsolada madre-vaca, cuya cría es arrebatada para el horrible altar del sacrificio); Virgilio (Æneis VII.), en su historia del ciervo de Silvia, el pasaje más conmovedor del poema; Plinio, Hist. Nat. En la literatura griega anterior, Eurípides parece simpatizar más con el sufrimiento, al menos en lo que respecta a su propia especie.

4— Veo y apruebo la mejor manera; Persigo lo peor. Metam. VII, 20.


Editorial Cultura Vegana
www.culturavegana.com

FUENTES BIBLIOGRÁFICAS

1— culturavegana.com, «La ética de la dieta», Howard Williams, Editorial Cultura Vegana, Publicación: 7 julio, 2022. En la actualidad, en todas las partes del mundo civilizado, las antaño ortodoxas prácticas del canibalismo y los sacrificios humanos son contempladas universalmente con perplejidad y con horror.

2— culturavegana.com, «La dieta de Hesíodo», Howard Williams
The ethics of diet, 1883. Publicación: 31 agosto, 2022. Hesíodo es el poeta por excelencia de la paz y de la agricultura, como Homero lo es de la guerra y de las virtudes “heroicas”.


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