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Los derechos de los animales

Última edición: 17 agosto, 2023 | Publicación: 16 agosto, 2023 |

Brigid Antonia Brophy —nombre de casada Brigid Levey, más tarde Lady Levey— fue una autora, crítica literaria y polemista británica. Fue una activista influyente que agitó por muchos tipos de reformas sociales, incluida la paridad homosexual, el vegetarianismo, el humanismo y los derechos de los animales.

Brigid Brophy [1929-1995]

Si mañana se anunciara que cualquiera que lo desee puede, sin riesgo de represalias o recriminaciones, asomarse a la ventana de un cuarto piso, colgar de ella un trozo de cuerda con un poco de comida atada al extremo (y una etiqueta que diga «gratis»), esperar a que algún transeúnte le dé un mordisco, y luego, tras clavársele el anzuelo oculto en la mejilla o la garganta, subirlo al cuarto piso y allí golpearlo hasta la muerte, no creo que muchos aplaudiesen la noticia.

Sin embargo, muchos adultos cuerdos hacen eso mismo con los peces todos los días: no por pánico, celos, delirio ideológico o tan siquiera codicia (muchos de nuestros peces de agua dulce son prácticamente incomestibles, y ninguno de ellos constituye una amenaza para la vida, el amor o la ideología de las gentes de la superficie—, sino por divertimiento. Y la civilización no muestra indignación alguna. Al contrario: la afición a la pesca se tiene por un signo de inocencia y de honradez. La relación del Homo sapiens con los demás animales se basa en una explotación incesante. Nos servimos de su trabajo, nos los comemos y nos los vestimos.

También los explotamos para servir a nuestras supersticiones: antaño, los sacrificábamos en ofrenda a los dioses y les arrancábamos las entrañas para predecir el futuro; hogaño, los sacrificamos en nombre de la ciencia y exploramos sus entrañas con la esperanza de que nos revelen —por casualidad— algo acerca del presente. Y si no se nos ocurre algún provecho con que excusar su muerte, los matamos igual, sin miramiento, sólo por un placer breve y apenas mayor que el que puede obtenerse sin matar; bien es posible probar puntería o galopar campo a través sin necesidad de un animal salvaje muerto que testifique nuestras correrías.

Es raro que dejemos vivos a los animales salvajes; y cuando lo hacemos, rara vez dejamos que sigan siendo salvajes. A algunos los exponemos en prisiones lo suficientemente grandes como para que puedan sobrevivir (que no vivir). A otros los paseamos de gira por el país, encerrados también, y haciendo pequeñas pausas por el camino a fin de exhibirlos y que ejecuten, cual relojes, los «trucos» que les hemos «enseñado». Pero los animales no son máquinas de relojería, sino seres instintivos. Los «trucos» de circo resultan tan espectaculares como grotescos precisamente porque violan la naturaleza instintiva de los animales —cosa que debería ofender nuestro sentido moral y estético.

Pero en lo que respecta a los animales, la humanidad parece haber desconectado su moral, su estética y hasta su imaginación. Dios sabe que esas facultades nos funcionan de una forma bastante errática también en lo que atañe a nuestro trato a los demás seres humanos. Pero en este caso al menos reconocemos sus defectos. Cada vez pasamos más tiempo en calma, tratando de evitar unas fracturas morales y estéticas que, en medio de una crisis, pueden precipitarnos a cometer atrocidades los unos contra los otros. Mantenemos aún amargas disputas de demarcación sobre dónde terminan los derechos de un hombre y empiezan los del otro, pero la mayoría de los hombres reconocen ahora al menos que ese otro tiene derechos. Los seres humanos civilizados sólo creen tener derechos absolutos y arbitrarios cuando el otro es un animal, al que creen poder hacerle cualquier cosa que se les antoje.

Chiflados y asesinos de animales

El lector ya habrá adivinado a qué tipo de persona tiene enfrente: una sentimental; probablemente una aguafiestas; una persona que no atiende a las realidades económicas; una antropomorfizadora cursi que atribuye sentimientos humanos (y quizá también nombres y ropitas) a los animales, y que sin embargo prefiere a los animales antes que a los humanos, alguien que sin duda socorrería antes a un gato callejero que a un pobre niño desvalido (una versión moderna de aquellas solteronas folclóricas inglesas que en el siglo XIX ridiculizaban a los nativos paseándose por Florencia pidiéndoles que no maltrataran a sus burros); y por supuesto, y por excelencia, una chiflada.

Bien. Empecemos por lo último: si por «chiflada» quiere usted decir «anormal», sí, lo soy. Mis puntos de vista sólo son compartidos por una pequeña (aunque probablemente mayor de lo que usted se cree) parte de la ciudadanía (por ahora). Sin embargo, eso no prueba nada sobre la validez de nuestros puntos de vista. Los locos que creen ser Napoleón son anormales, pero también son anormales (y, por número, seguramente incluso más anormales) los genios. La valía de una opinión se apoya en su racionalidad, no en el número de sus simpatizantes. En la antigüedad, hablar de los derechos de los esclavos habría sido visto como algo de mal gusto, a tal punto que apenas se conocen voces que lo hicieran. A nosotros hoy nos parece increíble que los filósofos griegos escudriñaran tan profundamente el bien y el mal y que nunca sin embargo se percataran de lo abyecto de la esclavitud. Quizá dentro de 3.000 años parezca igual de increíble nuestra incapacidad para percatarnos de la inmoralidad de nuestra opresión sobre los animales.

La esclavitud actuó como el parche de insensibilidad moral y estética de los antiguos. De hecho, la conciencia humana no despertó de forma efectiva y universal a ese respecto hasta los siglos XVIII y XIX de nuestra era. E incluso entonces se siguieron practicando formas de explotación económicas y sociales a las que sólo su estatus constitucional libraban de la categoría de esclavitud, no faltando personas que las justificaban. Pero para entonces los explotadores se habían visto al menos forzados a ponerse a la defensiva y esgrimir pobres alegatos que nunca fueron necesarios en la antigüedad.  El hecho de que los explotadores de animales anden ahora tratando de justificarse tal vez sea un signo de que la conciencia humana está empezando a despertar también en este asunto. Al oír a los granjeros industriales decirnos que a los animales mantenidos en campos «intensivos» (o sea, de concentración) se les están ahorrando afectuosamente las inclemencias del invierno, o que a los terneros no les importa estar atados toda la vida porque no conocen otra cosa, deberían empezar a resonar algunos ecos de nuestra conciencia histórica: ¿recuerdan cómo a los esclavos se les ahorraban afectuosamente las duras responsabilidades de la libertad, o cómo a las sirvientas domésticas no les afectaba estar todo el día fregando porque estaban acostumbradas a ello, o cómo a los pobres les bastaban comidas frugales porque no conocían otra cosa?

El primero de los argumentos de los granjeros industriales, por supuesto, sólo serviría en favor de que las granjas tradicionales mejorasen las condiciones de los animales durante el invierno, no para que sean sustituidas por cámaras de tortura. En cuanto al argumento de que los animales nunca han conocido otra cosa, no me resulta nada convincente, pero aceptaré que los granjeros lo asuman y, siguiendo esa lógica, empleen sus ganancias en la repatriación de todos aquellos animales de circos y zoológicos capturados en libertad que  que han llegado a conocer otra cosa.

Dado que soy inmune a lo de chiflada, le regalaré al lector otro palo con el que golpearme: soy vegetariana. Ahora sí, me tiene en sus manos. No sólo soy la loca extremista y marginal que había supuesto; ahora, seguramente, debo ser además una aguafiestas. Pero, dígame, ¿quiénes son más aguadores de fiestas en realidad? ¿Aquellos que se privan del placer de un filete teniendo un sinfín de otros placeres a su disposición, o aquellos que privan de todo placer a los animales a quienes les despojan de su vida?

Sentimentalismo

Tenga cuidado, sin embargo (retomando el primer punto de su retrato de mí), con acusarme de sentimentalista en este tema. Tal vez lo sea menos que usted. No mato animales para comérmelos, pero ningún respeto tengo por los cadáveres en sí. Si nuestros químicos descubrieran (como estoy segura de que harían si hubiese demanda) una fórmula con la que acendrar e higienizar los cuerpos de los animales muertos de viejos, me los comería con gusto; y, en principio, eso se aplica también a los cuerpos de los animales humanos. En la práctica, sospecho que me costaría tragarme una croqueta que pudiera contener trozos de mi tía abuela Emily (no estoy segura de si por amor o por repulsión hacia la anciana), y admito que quizá tendría que dejar el canibalismo racional a aquellas futuras generaciones educadas sin este prejuicio mío irracional (que es irracional tanto si está inspirado en el amor como si está inspirado en la repulsa). Pero usted no sólo me acusaba de sentimentalista, sino también de ignorar las realidades económicas: ¿ha pensado en la cantidad de alimento que, de forma poco realista, desperdicia usted en su sentimental reparo a comerse a sus conciudadanos una vez que estos han superado ya su vida natural?

Si vamos a criar y matar animales para comérnoslos, creo que tenemos la obligación moral de ahorrarles dolores y miedos en el proceso, simplemente porque son sintientes. No puedo probar que sean sintientes, pero tampoco puedo probar que lo sea usted. Sí, es usted es muy elocuente, mientras que un animal sólo alcanza a expresar gritos y forcejeos. Pero ninguna garantía tengo de que su «me duele» manifieste algo parecido a las sensaciones insufribles que me causa a mí el dolor. Sé, sin embargo, que cuando estoy en el dentista y digo «me duele», agradezco que se me conceda el beneficio de la duda.

En cualquier caso, y aun cumpliendo la obligación mínima de no causar dolor, no creo que tengamos ningún derecho a acabar con la vida de los animales. Sé que no tengo derecho a matarlo a usted sólo porque me guste su sabor, aun sin sufrimiento, y no estoy en condiciones de juzgar que su vida valga para usted más que de lo que la vida del animal vale para él. En todo caso, es probable que usted valore menos la suya; a fin de cuentas, podría, a diferencia del animal, verse movido por impulsos suicidas. La tradición cristiana me permitiría matar al animal, pero no a usted, basándose en algo que usted tiene pero él no: un alma inmortal. No soy cristiana y prescindo por tanto de esta licencia; pero si lo fuera, vería la teoría del alma como una razón de justicia más para dejar que el animal viva la única vida que se le concede.

El único problema moral auténtico

Sólo un conflicto directo entre la vida de un animal y la de un ser humano vendría a plantear un problema moral auténtico. La dieta no implica tal conflicto, pues la carne no es necesaria para los humanos; yo misma llevo diez años perfectamente sana sin ella. De hecho, esta clase de conflictos son mucho menos frecuentes en la vida real que en las aulas, en las que es común que se nos pida que elijamos entre rescatar a nuestra abuela o a un cuadro de Rubens de una casa en llamas. La imaginación humana gusta de fabricar dilemas (la suya, lector, lo hizo cuando sugirió que quiero más a los animales que a los humanos, cuando ninguna ley psicológica me impide amar a ambos) que utilizar después como pretexto para la inacción. Es el principio de «divide y no hagas nada». En realidad, su propia preferencia por los humanos no es obstáculo para que acceda a mi invitación de mandarle un cheque a la Liga para la Defensa de los Animales de Circo (sita por cierto en el 11 de Buckingham Street, Adelphi, W.C.2), a menos que tenga una franca y sincera intención de enviarlo en su lugar a Oxfam (c/o Barclays Bank, Oxford).

El conflicto más real y doloroso lo presenta, por supuesto, el asunto de la vivisección. Es difícil sostener que la vivisección no está justificada en ningún caso. Pero es igual de difícil afirmarse en lo contrario. Yo creo que nunca está justificada porque no encuentro nada (salvo el poder de hacer lo que nos dé la gana) que nos permita emplear a los animales y no así a los idiotas (que serían de hecho mucho más efectivos) o, para el caso, a unos pocos humanos de cualquier tipo a quienes podríamos sacrificar en honor del bien de muchos.

Si consentimos la vivisección, habrá que imponer obligaciones mínimas estrictas. Lo mínimo que deberíamos garantizar es que ningún experimento sea duplicado, ni irresponsable, ni hecho por mero afán educativo o como alternativa al noble arte de cansar la cabeza. Sabiendo con qué frecuencia prolifera en todas las esferas el pseudotrabajo, pensado para ocupar tiempo y crear cargos inútiles, y con qué frecuencia la acción sustituye al pensamiento, y leyendo luego las estadísticas oficiales sobre la vivisección, ¿cabe tener fe en alguna garantía? (La Sociedad Nacional Antivivisection se encuentra en el 51 de Harley Street, W.1.)

Toda nuestra relación con los animales parece construida alrededor de una imagen ilusoria —y falaz— de nuestra flema. Nos sentimos obligados a demostrar que podemos soportarla; en realidad, son los animales quienes la soportan. Nos aterra tanto parecer sensibles que a menudo camuflamos nuestros impulsos humanitarios bajo el disfraz de argumentos «realistas»: la caza del zorro es algo esnob; la carne de las granjas industriales no está tan buena; etc. Pero la caza del zorro seguiría siendo una atrocidad si la practicara gente con un genuino pedigrí de proletario, y lo mismo ocurriría con la ganadería industrial que lograra que sus cadáveres supiesen bien. También la esclavitud seguiría siendo una atrocidad aunque demostrara ser cien veces más realista económicamente que la libertad.

La más triste y tonta de las supersticiones en torno al sacrificio de animales es la creencia de que su muerte ennoblece de alguna manera nuestras vidas. Sería muchos más noble que tratáramos de entrar imaginariamente en las suyas. Derramar su sangre no nos dignifica en absoluto. Es sólo un mito, a menudo relacionado con aquel otro del savoir vivre y la sensualidad del soleado sur (el mismo a través del cual se me transformó a mí en una frustrada virgen británica florentina). No hay ninguna ley de la naturaleza que haga incompatible el savoir vivre con el «vive y deja vivir». El torero que tortura a un toro hasta matarlo y le corta luego una oreja no ha demostrado ni aumentado un ápice siquiera su virilidad; sólo ha demostrado ser un carnicero con tendencias balletísticas.

Las supersticiones y el miedo al sentimentalismo nos hacen cargar el peso de nuestras vacilaciones sobre los animales. Nos resistimos a cuestionar la vivisección con rigor; de algún modo, creemos que hacerlo sería un signo de flaqueza, lo que por lo visto nos parece peor cosa que la crueldad. Cuando, en febrero de este año, la Cámara de los Lores votó en contra de un proyecto de ley para prohibir los circos con animales, se señaló que los domadores perderían su trabajo. (Ahora que lo pienso, muchos domadores de humanos debieron perder el suyo cuando se prohibieron los espectáculos con gladiadores.) Nadie señaló la cantidad de acróbatas y malabaristas en paro que iban a conseguir trabajo sustituyendo a los animales. (Ya ve el lector que no soy el tipo de aguafiestas que pretende abolir los circos en sí.)

Lo mismo ocurre con el argumento del antropomorfismo, que funciona en ambas direcciones pero siempre se esgrime en una sola. En el mismo debate de la Cámara de los Lores, Lady Summerskill, que se había posicionado del lado humanitario, fue objeto de burlas por parte de uno de los lores, que alegó que ella sí que sufriría mortificación y pérdida de libertad si fuera encerrada en una jaula, pero que un animal, al no ser humano, no. ¿Cómo es que nadie señaló que un ser humano en tales circunstancias, por terribles que fueran, tendría al menos como consuelo algunas herramientas del intelecto y la imaginación, como leer un libro, analizar sus circunstancias o denunciarlas por escrito al ministro del Interior, a diferencia del animal, que ha de sufrir el crudo horror de no comprender lo que le están haciendo?  De hecho, soy todo lo contrario a una antropomorfizadora. No considero a los animales superiores ni iguales a los humanos. Todo el argumento en pro de comportarnos decentemente con ellos está sostenido en nuestra superioridad. Somos la única especie capaz de imaginar, reflexionar y elegir moralmente, y por eso mismo tenemos el deber de reconocer y respetar los derechos de los animales.

Brigid Brophy
Octubre de 1965

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