Ochocientos años exactos nos separan de la muerte de Giovanni di Pietro di Bernardone, conocido universalmente como Francisco de Asís.

En el imaginario popular y en la iconografía eclesiástica, su memoria ha sido a menudo domesticada bajo el barniz de un lirismo ingenuo: el eremita sonriente rodeado de tórtolas o el pacificador bucólico del lobo de Gubbio. Sin embargo, para quien examina con detenimiento el siglo XIII —pleno apogeo de la escolástica que, apoyándose en la recuperación aristotélica, blindaba la jerarquía instrumental del hombre sobre el resto de las criaturas—, los escritos y mandatos directos de Francisco contienen una disrupción ética que interpela con severidad al creyente de nuestro tiempo.
Entre la hagiografía y el dato documental
Afrontar la postura biográfica de Francisco hacia los animales exige rigor filológico. Buena parte de los relatos proceden de biografías posteriores, redactadas por discípulos que intercalaron anécdotas morales cargadas de imaginación piadosa. Su propia práctica dietética, marcada por un ascetismo radical donde el alimento era considerado una necesidad apenas tolerable, ha alimentado debates interminables entre quienes defienden su vegetarianismo y quienes señalan pasajes donde aceptaba lo que le ofrecían en el camino.
Pero si dejamos a un lado la reconstrucción anecdótica de sus comidas y nos atenemos a los textos normativos de su puño y letra, aflora un principio teológico insólito para su época. En su Salutatio virtutum, Francisco formula una paradoja de sumisión que pulveriza la pretendida superioridad moral del ser humano:
«La santa obediencia confunde a todos los propios quereres corporales y carnales, y tiene mortificado su cuerpo para obedecer al espíritu y para obedecer a su hermano, y está sujeto y sometido a todos los hombres que hay en el mundo; y no solo a los hombres, sino también a todas las bestias y fieras, para que puedan hacer de él lo que quieran, en cuanto les es dado de lo alto por el Señor.»
En este fragmento no hay paternalismo ni benevolencia condescendiente. Francisco invierte el orden feudal y teológico de su época: el hombre, criatura caída y pecadora, no es el amo indiscutible al que las demás especies deben rendimiento y servicio, sino aquel que debe asumir una postura de servidumbre y respeto ante la inocencia de los seres creados, quienes no han quebrantado el orden divino.
La prohibición de la tracción y la renuncia al dominio
Esta cosmovisión no quedó relegada al terreno de la mística abstracta. En el capítulo XV de la Regula prima non bullata (1221), Francisco impone a su hermandad una directriz práctica de enorme calado:
«Impongo a todos mis hermanos, tanto a los clérigos como a los laicos, a los que van por el mundo y a los que moran en un lugar, que de ningún modo tengan bestia alguna consigo, ni en casa de otro, ni de ninguna otra manera. Y tampoco les está permitido montar a caballo.»
Prohibir a los frailes poseer o utilizar animales de monta o de tiro en pleno siglo XIII equivalía a rechazar los símbolos supremos del poder social, militar y económico. El caballo era el vehículo del caballero y del señor feudal; la mula y el asno, las herramientas sobre las que descansaba la explotación del transporte. Al vetar la posesión de cualquier animal, Francisco desarticulaba la relación utilitaria: el fraile menor debía desplazarse a pie, compartiendo la intemperie y renunciando a subyugar la energía vital de otro organismo para aliviar su propio trayecto.
La fractura de la coherencia contemporánea
Para quien hoy se declara afín a los valores cristianos o venera la figura de Asís, este legado histórico plantea una incómoda reflexión. La liturgia bendice periódicamente a los animales domésticos el día de su festividad, mientras la producción agropecuaria intensiva confina, mutila y procesa a miles de millones de mamíferos y aves bajo una lógica industrial que habría horrorizado al místico de Umbría.
Reducir al animal a mercancía o a plato de consumo diario mientras se ensalza al santo que llamaba «hermanos» a los seres del bosque revela un abismo entre la devoción estética y la praxis vital. Como señalaba Francisco, excluir a cualquiera de las criaturas del amparo de la piedad es el primer paso para desensibilizar la conciencia ante el sufrimiento de los propios semejantes.
Celebrar ocho siglos de Francisco de Asís no consiste en contemplar con nostalgia sus retratos entre las ramas, sino en atreverse a cuestionar si nuestro modelo alimentario y de convivencia responde al mandato de fraternidad que él proclamó, o si seguimos amparando la misma soberbia dominadora que su vida intentó desarmar.
Felix Domenech de Larraz
Redactor Freelance
Fuentes Bibliográficas
[1]— San Francisco de Asís. «Salutatio virtutum» (Saludo a las virtudes), ca. 1210-1220.
[2]— San Francisco de Asís. «Regula prima non bullata» (Regla no bulada), capítulo XV: De non equitando, 1221.
[3]— Armstrong, R. J., Hellmann, J. A. W., & Short, W. J. Francis of Assisi: Early Documents, Vol. I-III. New City Press, Nueva York, 1999-2001.
[4]— Williams, H. The Ethics of Diet: A Biographical History of the Literature of Humane Dietetics. F. Pitman, Londres, 1883.
[5]— Wrighton, B. «The animal problem in Christian theology», The Ark, Catholic Study Circle for Animal Welfare, Londres, 1965.
[6]— Lovelock, J. E. Gaia: Una nueva visión de la vida sobre la Tierra. Cap. 8: Vivir en Gaia (el error cartesiano de los animales-máquina, pág. 145), Ediciones Orbis, Barcelona, 1985.
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«La dieta de Francisco de Asís», Editorial Cultura Vegana, Última edición: 3 abril, 2025 | Publicación: 9 octubre, 2022. «Gracias te doy, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra, la cual nos sustenta y nos gobierna, y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.» La escuela agustino-franciscana enseña que todos los seres vivos son hermanos y hermanas bajo la paternidad de Dios. Basada en gran medida en las enseñanzas de Francisco de Asís, esta cosmovisión platónica encaja perfectamente dentro de la perspectiva vegetariana.
