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La industrialización de la matanza

Última edición: 12 enero, 2021 | Publicación: 11 enero, 2021 |

El modo que en la época moderna la matanza industrial de animales y personas quedaron entrelazadas y cómo la eugenesia y los mataderos industriales desarrollados en EEUU cruzaron el Atlántico y encontraron terreno abonado en la Alemania nazi

«La verdadera bondad humana, en toda su pureza y libertad, sólo puede aflorar cuando su destinatario carece de poder. La verdadera prueba moral de la humanidad, la prueba fundamental (que permanece profundamente sepultada a la vista), consiste en su actitud con quienes están a merced suya: los animales. Y en este terreno la humanidad ha sufrido un debacle fundamental, tan fundamental que todos los demás provienen de él.»

Milan Kundera, La insoportable levedad del ser

Degüello de alta tecnología

Aunque las grandes plantas empacadoras de hoy día recurran al mismo elevado grado de especialización que Sinclair ya describió en La jungla, su operación viene ayudada por la tecnología moderna, incluidos los ordenadores. [37] Cuando Coe contactó con un ranchero que mandaba sacrificar sus reses en un moderno matadero de Utah, y a través de él consiguió que la dejasen entrar, observó que la atmósfera en esa tecnificada planta era muy distinta de la que reinaba en instalaciones más modestas.

La planta, que daba empleo a 11.000 operarios y en donde se sacrificaban 1.600 reses cada día, parecía “una base de misiles, rodeada por guardias de seguridad armados”. Llevaron a Coe a un vestuario donde tuvo que ponerse “una bata blanca larga hasta las rodillas, botas de caucho, un casco, gafas, tapones de oreja y una red para recoger el pelo”. Le pareció que todo el atuendo era “una panoplia que ya nos había separado a nosotros, los humanos, de los animales, cuya terrible vulnerabilidad no es una dermis que les proteja bajo su piel”.

El guía llevó al grupo de visitantes al piso de degüelle pero no a la propia área de sacrificio porque ahí no permitían la entrada de personas ajenas a la planta, supuestamente por motivos de seguridad. Aun así, Coe pudo vislumbrar que dentro de un cubículo con una puerta metálica trasera que caía sobre la parte trasera del animal, empujándole adentro, utilizaban una pistola de clava perforadora. Mientras un operario aturdía a la res y la colgaba boca abajo, un matarife seccionaba su yugular y hundía el cuchillo dentro del cuerpo del animal, retorciéndolo hasta perforar su corazón. [38]

Hasta donde el ojo podía apreciar no se veían sino cintas transportadoras. En una nave grande como un hangar de aviación, Coe observó centenares de cabezas desolladas moviéndose sobre una cinta y centenares de corazones haciendo lo mismo en otra. En otra habitación, los operarios trabajaban “a velocidades inhumanas” sobre cuartos delanteros y traseros de reses, mientras esquivaban las canales en movimiento. Provistos de arneses de espalda para que los brazos no se les descoyuntasen, los operarios “eran lo más parecido a una máquina que se pueda imaginar”.

“Esto es el infierno de Dante”, escribió Coe, “vapor, ruido, sangre, olores y ritmo sincopado. Los aspersores lavan la carne y gigantescas máquinas de envasado al vacío sellan veintidós piezas de carne al minuto”. Los operarios empaquetan carne picada en glicol con agua, y las alargadas formas de las salchichas pasan a toda velocidad para ser escaneadas con láser y empaquetadas, listas para ser distribuidas. “Un ordenador escanea cada caja y anota su destino: 35.000 cajas al día”. [39]

La referencia al “infierno de Dante” hace pensar en cómo reaccionó Franz Stangl ante la visión del campo de exterminio de Treblinka cuando llegó para ocupar el puesto de comandante del campo. Así lo describió en su entrevista con Gitta Sereny:

«Fue la cosa más horrorosa que vi durante el Tercer Reich”, dijo cubriéndose el rostro con las manos, “era el infierno de Dante”, pronunció entre sus dedos. “Era Dante hecho realidad. Cuando entré en el campo y me bajé del coche en la plaza (la Sortierungsplatz) me hundí hasta la rodilla en billetes de banco, gemas preciosas, joyas y ropa. La plaza entera estaba regada con ello. El olor era indescriptible: cientos; no, miles de cuerpos por todas partes en descomposición, pudriéndose.»

Stangl recordó que al otro lado de la plaza, en el bosque, unos cientos de metros más allá de las alambradas, alrededor de todo el perímetro del campo “habían tiendas y hogueras con grupos de guardias ucranios y mujeres, prostitutas, como sabría después, llegadas de todos los alrededores, tambaleándose borrachas, bailando y cantando al son de la música”. [40]

Cuando estaba saliendo de la planta en Utah que le recordó el infierno de Dante, Coe vio una vaca con el espinazo roto, echada en el suelo bajo el inclemente sol. Empezó a andar hacia el animal, pero los guardias de seguridad le cerraron el paso y la acompañaron hasta la salida. [41]

El Holocausto me viene continuamente a la mente, cosa que me exaspera”, escribe Coe en su libro. Cuando se encuentra con la referencia al Holocausto en las revistas sobre los derechos de los animales, dice que se pregunta si ésa es “la cómoda vara de medir con la que evaluar todo el horror”.

Mi incomodidad es exacerbada por el hecho de que el sufrimiento que observo ahora no puede existir por sí solo; tiene que inscribirse dentro de la jerarquía de un “sufrimiento inferior de los animales”. En la realidad cultural estadounidense hecha para la tele, el único genocidio aceptado es el histórico. Es tranquilizador porque ya pasó. Veinte millones de seres humanos asesinados merecen ser algo más que un punto de referencia. Me molesta carecer del poder de comunicación para transmitir lo que he visto, me molesta ser incapaz de decir algo más que “es como el Holocausto”. [42]

Cambios recientes

Las últimas décadas del siglo XX trajeron cambios en la industria cárnica estadounidense, donde se redujo el número de mataderos a la vez que los que quedaban en funcionamiento aumentaban su capacidad de procesar animales a un ritmo superior. Gail Eisnitz, investigador principal de la Humane Farming Association, Asociación para una ganadería más humana, HFA y autor de Slaughterhouse, Matadero, cuenta que durante las décadas de 1980 y 1990 “más de 2.000 mataderos pequeños y medianos fueron reemplazados por un puñado de plantas de grandes empresas, capaces, cada una de ellas, de sacrificar varios millones de cabezas de ganado al año. Ahora hay menos plantas que antes pero las que quedan tienen la capacidad de sacrificar un número cada vez mayor de cabezas, no sólo para el mercado nacional sino también para un mercado global en expansión”. [43]

Al mismo tiempo, se implementó un marcado aumento en la cadencia de trabajo, que se duplicó y, en algunos casos, triplicó. Ese aumento se inició durante el mandato de Reagan, al entrar en vigor una nueva política de la USDA de “inspecciones simplificadas” que resultó en la eliminación de un buen número de inspectores y en la concesión a la industria cárnica del derecho a autoinspeccionarse. En la actualidad, las cadencias de las cadenas de producción de los mataderos alcanzan los 1.100 animales por hora, lo que implica que un solo operario tiene que degollar un animal cada pocos segundos. Eisnitz dice que en una de las plantas que visitó se sacrificaban 150.000 cerdos a la semana. [44]

Como resultado del aumento de las cadencias y el tremendo incremento en el número de pollos sacrificados (en la actualidad, más de 8.000 millones al año), la cantidad de animales sacrificados en EEUU en el último cuarto del siglo pasado se ha más que duplicado. El número de animales sacrificados pasó de 4.000 a 9.400 millones (más de 25 millones al día). [45]

Hay otra tendencia apreciable: la cada vez más inexpugnable barrera de protecciones legales que rodea lo que la industria cárnica y lechera hace con los animales. Mientras el público asume equivocadamente que leyes humanitarias protegen a los animales de granja contra el abuso y el maltrato, los legisladores de muchos estados aprueban leyes que excluyen de los estatutos estatales contra la crueldad a los “animales para la alimentación”. [46]

A día de hoy, en treinta estados del país, escribe Gene Bauston, cofundador del Farm Sanctuary, un refugio para animales de granja rescatados, “crueldades horrendas son consideradas legales si se realizan con animales destinados a la ‘producción de comida’”. [47] Esta actitud contrasta con lo que sucede en Europa donde la tendencia es hacia una mayor protección de los animales de granja, no menos. Las industrias cárnica y lechera estadounidenses han logrado convencer a sus contactos en las legislaturas estatales y el Congreso de que lo que la industria agropecuaria hace con los animales debe quedar “fuera de la ley”.

Charles Patterson, 2008
¿Por qué maltratamos tanto a los animales?

Quién es Charles Patterson

Charles Patterson es historiador social, escritor y profesor. Vive en la ciudad de Nueva York, donde es miembro del gremio de escritores. Entre sus publicaciones destacan obras como «Antisemitismo: el camino hacia el holocausto y más allá» de 1982, «Los derechos de los animales» de 1993 o «El movimiento de los Derechos Civiles» de 1995. Escribió la biografía de Marian Anderson que le valió el premio Carter Godwin Woodson Book Award.

Editorial Cultura Vegana
www.culturavegana.com

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

  1. Para una explicación de cómo la tecnología de cartulinas perforadas que
    Hollerith desarrolló para IBM contribuyó a la matanza industrializada de judíos y otros en la Alemania nazi, véase el capítulo 13 «Exterminación» de Edwin BLACK, IBM y el Holocausto, Buenos Aires, Atlántida, 2001, 351-74.
  1. COE, Dead Meat, 118.
  2. Ídem, 119.
  1. Gitta SERENY, Into Darkness: An Examination of Conscience (Nueva York, Vantage, 1983), 157. Karen Davies comunicó personalmente al autor que la descripción de esa escena le hizo recordar el tiro al pichón anual de Hegins, en Pennsylvania, donde la gente comía, bebía y se divertía mientras los cazadores pasaban el día disparando (y a veces sólo hiriendo) sobre pichones a los que se echaba de sus jaulas.
  2. COE, Dead Meat, 120. Para una descripción de cómo se mata a los pollos,
    véase Karen Davis, Prisoned Chickens, Poisoned Eggs: An Inside Look al the Modern Poultry Industry (Summertown, Tn., Book Publishing Company, 1996), 105-24

42. COE, Dead Meat, 72

  1. Betty SWART, «Entrevista con Gail Eisnitz» en Friends of Animals, ActionLine (Otoño 1998), 29.
  2. Ídem
  1. Farm Animal Reform Movement (FARM), FARM Report (Invierno 1999), 7.
  2. Véase David J. WOLFSON, Beyond the Law: Agribusiness and the Systemic Abuse of Animals Raised for Food or Food Production (Nueva York, Archimedian Press, 1996).
  3. Gene BAUSTON, «Medidas gubernamentales y campañas legislativas a favor del Asilo Agrícola», comunicación a los miembros de Asilo Agrícola, 17 de julio de 2000.

Título de la edición original en inglés: «Eternal Treblinka: Our treatment of Animals and the Holocaust», Copyright © Charles Patterson, 2002


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