La gestión de las ciudades contemporáneas padece una patología recurrente: una incomprensión estructural de los árboles por parte de la clase política y los planificadores urbanos.

No se trata de una discrepancia de signo partidista; afecta por igual a administraciones de izquierda, derecha o centro. Se observa con inquietud cómo arquitectos, ingenieros de obras públicas y promotores inmobiliarios tratan a los árboles no como organismos vivos y complejos, sino como simple mobiliario urbano homologable a una farola, una valla publicitaria o un parquímetro. Pero el árbol posee una particularidad insumisa frente a las pretensiones tecnocráticas: está vivo, crece en el tiempo y no se deja disciplinar como un poste inerte.
Las raíces del desprecio intelectual y político
Esta incapacidad para percibir el árbol como un semejante biológico se apoya en una larga tradición de alienación. Se manifiesta tanto en el desdén literario que reduce las raíces a excrecencias absurdas e inútiles —como las reflexiones de Antoine Roquentin en La náusea de Jean-Paul Sartre ante el castaño del jardín público, o las ironías nihilistas de Samuel Beckett en Esperando a Godot—, como en la miopía de teóricos que, como Gilles Deleuze en Rizoma, identificaron falsamente la estructura arborescente con el autoritarismo estatal y la jerarquía aplastante.
A esta ceguera filosófica se añade la ignorancia de los gobernantes. Destaca en la memoria política la célebre frase atribuida a Ronald Reagan tras visitar los bosques de secuoyas en California: «Una vez que has visto una, las has visto todas». Incluso dentro del academicismo del siglo XX, biólogos como Albert Vandel llegaron a calificar el reino vegetal como un «linaje regresivo cuya importancia en la evolución parece nula». Semejante soberbia antropocéntrica desatiende la evidencia biofísica elemental: los árboles son entidades vivas que requieren espacio, agua, aire, tiempo y luz, funcionando como reguladores sistémicos indispensables para la habitabilidad del suelo y de la atmósfera.
La farsa del urbanismo tecnocrático: Montpellier y el decorado artificial
La gestión municipal en urbes como Montpellier ilustra desde hace décadas esta degradación. Se talan plátanos monumentales alegando motivos técnicos que supuestamente la ciudadanía no alcanza a comprender; se importan palmeras senescentes condenadas al marchitamiento precoz con cargo al erario público; o se sustituyen copas centenarias por ridículas jardineras colgadas de postes metálicos porque «no crecen» y no entorpecen la vista. En el extremo del cinismo administrativo, se llega a talar el arbolado al amparo de la noche para sortear la legítima indignación vecinal, mientras la propaganda oficial proclama campañas de reforestación cosmética.
El desatino alcanza cotas grotescas cuando las ciudades recurren a imposturas metálicas y plásticas: árboles sintéticos que ocultan antenas de telefonía o sustituciones de arbolado maduro para facilitar la instalación de cámaras de videovigilancia, como se ha denunciado en distintas localidades del sur de Francia. La ciudadanía, sin embargo, no es ignorante. Reconoce que los árboles no son un estorbo ni un capricho estético prescindible, sino un bien común vinculado al derecho a la salud, a la sombra bioclimática, a la belleza natural y a la coexistencia pacífica con otras formas de vida.
Prioridad ecológica: el árbol como cimiento urbano
Proyectar un ensanche o un barrio consolidando primero el asfalto y el hormigón para relegar el verde a esquinas marginales es un error de diseño imperdonable. La planificación urbana rigurosa exige trazar y proteger primero las masas vegetales, los alineamientos y los corredores ecológicos, adaptando las edificaciones a la vegetación preexistente. Así lo entendió André Le Nôtre cuando concibió los Campos Elíseos en plena naturaleza, legando un espacio cuya grandeza procede precisamente de su armonía vegetal.
Ciudades como Lyon, Nantes, Ginebra o Berlín demuestran que el conflicto entre el espacio urbano y el árbol no es una fatalidad inevitable, sino el resultado de la incompetencia o la falta de voluntad. Cuando los mandatos políticos son demasiado breves para garantizar la paciencia y el cuidado biológico que exige un organismo centenario, la protección del patrimonio vegetal debe quedar en manos de especialistas cualificados y comisiones ciudadanas estables. No podemos seguir considerando los árboles como elementos decorativos desechables. En plena crisis de degradación ambiental, representan la más noble alianza que tenemos para hacer habitables nuestras ciudades.
Felix Domenech de Larraz
Redactor Freelance
Fuentes Bibliográficas
[1]— Sartre, J.-P. La nausée. Gallimard, París, 1938.
[2]— Deleuze, G. y Guattari, F. Rhizome: introduction. Éditions de Minuit, París, 1976.
[3]— Beckett, S. En attendant Godot. Éditions de Minuit, París, 1952.
[4]— Vandel, A. L’Homme et l’Évolution. Gallimard, París, 1949.
[5]— Hallé, F. Du bon usage des arbres. Actes Sud, Arlés, 2011.
[6]— Mollie, C. Des arbres dans la ville: L’urbanisme végétal. Actes Sud, Arlés, 2009.
[7]— Lovelock, J. E. Gaia: Una nueva visión de la vida sobre la Tierra. Cap. 4 (Cibernética y homeostasis) y Cap. 8 (Vivir en Gaia, pág. 145), Ediciones Orbis, Barcelona, 1985.
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