Cada verano, cuando un gran incendio forestal devasta a miles de hectáreas, el debate público parece condenado a repetir el mismo eslogan: hay demasiado bosque, está sucio, hay demasiada vegetación y hay que limpiarlo.

Es un relato sencillo, intuitivo y fácil de comunicar; un relato cómodo que permite a buena parte de la población comprar una explicación rápida a un problema extraordinariamente complejo.
Sin embargo, esta idea es un atajo intelectual. Simplifica en exceso, señala el lugar equivocado y acaba trasladando la responsabilidad hacia quien no puede defenderse, que es precisamente quien sale peor parado.
Los bosques no toman decisiones. Las personas, sí.
Los bosques no abandonaron los cultivos. No decidieron que las explotaciones ganaderas familiares desaparecieran o fueran sustituidas por modelos intensivos de agricultura orientada a alimentar al ganado y macrogranjas. Tampoco decidieron que la leña y el carbón vegetal, que durante siglos habían explotado a muchas masas forestales hasta el extremo, fueran relevados por los combustibles fósiles. Los árboles no construyeron urbanizaciones en medio de la montaña, no encienden las cerillas y, evidentemente, no secan los ríos y no han alterado el clima.
Cuando afirmamos que “el problema son los bosques”, estamos achacando la culpa a un ecosistema que, simplemente, responde a los cambios que nuestra sociedad ha introducido durante generaciones. Sería como culpar a una calle oscura de una agresión: podemos discutir si hace falta más luz, más prevención o más seguridad, pero el problema nunca será la calle; el problema es el agresor. Con los incendios ocurre algo parecido: convertir el bosque en el culpable es una manera muy pobre de evitar mirar de cara a las causas reales.
El bosque no es una fotografía
El primer error es mirar al bosque como una fotografía y no como una historia. El paisaje forestal que hoy contemplamos es el resultado de siglos de interacción entre el clima, el suelo, las especias y, especialmente, la actividad humana.
Durante mucho tiempo, nuestro país no estuvo cubierto por las masas forestales continuas actuales. El territorio funcionaba como un mosaico agro-silvo-pastoral: una combinación de cultivos, pastos, bosques sobreexplotados y una ganadería extensiva que estropeaba constantemente el sotobosque. Aquellas masas estaban profundamente transformadas. No presentaban la estructura ni la complejidad de un bosque maduro, sino que eran ecosistemas moldeados por una gran presión humana.
A menudo confundimos cualquier superficie arbolada con un bosque ecológicamente maduro, pero una masa forestal explotada intensamente no recupera su madurez natural al día siguiente de cesar la actividad humana. La sucesión ecológica es un proceso lento que requiere de décadas, a veces siglos. Los ecosistemas tienen memoria, pero necesitan tiempo para recuperar lo que deben ser.
El gran cambio no lo provocó el bosque; le provocó la sociedad. El éxodo rural, la industrialización, la mecanización del campo, el cambio energético y el crecimiento demográfico transformaron Cataluña a lo largo del siglo XX. En 1920, el país tenía poco más de 2,3 millones de habitantes; hoy superamos los 8,2 millones. Hemos multiplicado la población por casi cuatro en un siglo. Hablamos del paisaje como si sólo hubiera cambiado la montaña, cuando en realidad quien ha cambiado radicalmente es la sociedad que le rodea. La vegetación, sencillamente, ha ido ocupando los espacios que habían quedado vacíos de presencia humana.
Hoy más del 60% del territorio catalán es superficie forestal. Esto no quiere decir que todo sea bosque —hay matorrales, prados y zonas abiertas—, pero sí es necesario recordar que la gran mayoría está en manos de la propiedad privada. La configuración del paisaje es el resultado de malas decisiones económicas, políticas y sociales acumuladas. Hablar de los bosques sin hablar del modelo agrario, del consumo energético o del urbanismo es explicar el problema a medias.
Además, deberíamos hacernos una pregunta incómoda: si hace cien años había menos superficie forestal continua y menos combustible acumulado, pero también infinitamente menos medios de extinción que ahora, ¿qué nos dice realmente esta comparación? De nada sirve idealizar el pasado de un territorio sobreexplotado, pero tampoco podemos hacer ver que el problema actual es que “hay demasiado bosque”. Lo que tenemos es un territorio demasiado poblado, fragmentado y urbanizado, sometido a una movilidad y presión humana brutales bajo un clima, sobre todo mediterráneo, cada vez más extremo.
El sotobosque no es suciedad
En este escenario, es urgente revisar una expresión instalada con fuerza en el imaginario colectivo, repetida por medios y técnicos de la administración y responsables políticos: “limpiar los bosques”. Un bosque no es un jardín, y el sotobosque no es suciedad.
El sotobosque es biodiversidad, protección del suelo, reciclaje de nutrientes y regulación hídrica. Es el refugio y el hábitat de hongos, bacterias, plantas, invertebrados, pájaros y pequeños mamíferos. Cuando hablamos del bosque sólo como árboles y combustible, reducimos un ecosistema vivo en una simple carga de material inflamable. Reducir un debate de esta complejidad a la dicotomía doméstica de si un bosque está “limpio” o “sucio” es de un simplismo alarmante, propio de barras de bar.
Esto no significa que cualquier estructura forestal sea resiliente. Hay continuidades de vegetación que facilitan la propagación —como determinados pinares— y piden intervenciones estratégicas donde existen vidas y viviendas en juego, pero la gestión forestal debe tener objetivos ecológicos claros. Las políticas públicas no deberían medirse por las hectáreas intervenidas o por el volumen de madera extraído, sino por su capacidad real de construir paisajes diversos y preparados para el cambio global.
Esta necesidad de rigor debe aplicarse también a las recetas fáciles que surgen del impacto emocional de cada incendio, como la de abrir más pistas forestales, carreteras o grandes cortafuegos a cualquier precio. Los cortafuegos tienen una función importante si están bien planificados y mantenidos en puntos clave, pero un cortafuegos abandonado o mal diseñado se convierte en una cicatriz inútil. Ya se vio claramente en la Sierra de la Culebra hace unos años: un territorio lleno de cortafuegos y de explotaciones forestales simétricas sin sotobosque que de nada sirvieron ante los grandes incendios.
Abrir caminos no es una solución neutra. Cada nueva pista fragmenta hábitats, puede aumentar la frecuentación humana y, de rebote, incrementa el riesgo de incendios por negligencias. La pregunta no debería ser sólo “¿cómo llegamos a todas partes cuando quema?”, sino “¿por qué hemos permitido poner a personas, casas y actividades en lugares donde después es tan difícil protegerlas?”.
Lo mismo ocurre con la ganadería extensiva, a menudo idealizada. La función de los antiguos rebaños no dependía del número de reses decididas en un despacho, sino de su movilidad dirigida sobre el territorio. Recuperar esto hoy es complejo, y nombrar a los animales “bomberos de cuatro patas” es una metáfora simpática que simplifica la realidad. Los animales domésticos no son maquinaria forestal ni desbrozadoras con patas: son seres vivos, y su bienestar debe formar parte imprescindible de cualquier decisión. Además, no deberían ser utilizados para sustituir artificialmente funciones ecológicas que los animales salvajes ya realizan de forma natural cuando los ecosistemas están sanos y equilibrados.
Todo esto, evidentemente, no puede hacernos olvidar la gran labor y riesgo que asumen las personas que trabajan en la extinción y la prevención de los incendios. Bomberos, ADF, agentes rurales, personal de emergencias, voluntariado y otras muchas personas actúan a menudo en condiciones extremas para proteger vidas, pueblos y territorio. Precisamente por respeto a este trabajo, es necesario ir a la raíz del problema y no limitar el debate a eslóganes simples que se repiten después de cada incendio.
El factor humano
Por último, hay que asumir una de las verdades más incómodas del debate: la inmensa mayoría de los incendios tienen un origen humano. No sólo hablamos de los pirómanos que encienden fuego de forma deliberada, sino también de los “pirómanos indirectos”: personas que incumplen normativas, ignoran avisos de riesgo o actúan con imprudencia en días especialmente peligrosos. Barbacoas, colillas, cremas mal controladas, actividades recreativas irresponsables y trabajos agrícolas, forestales o profesionales realizados en momentos, zonas o condiciones de riesgo pueden acabar teniendo consecuencias devastadoras.
Aparte de estas imprudencias, también hay que tener presente que, en algunos territorios especialmente afectados por los incendios, se ha hablado a menudo de posibles intereses económicos, conflictos de uso del suelo, aprovechamientos o presiones sobre el territorio en torno al fuego. No se puede atribuir esta intencionalidad a ningún incendio sin pruebas, y la normativa limita el cambio de uso forestal después de un fuego, pero tampoco conviene excluir estos factores del debate al analizar las causas humanas de los incendios.
Las víctimas invisibles
También existe una ausencia clamorosa en el relato público: las víctimas no humanas. Cuando un incendio arde, los titulares hablan de casas afectadas, pérdidas económicas y evacuaciones, pero casi nunca se habla con la misma fuerza de los animales que mueren quemados o asfixiados; de los nidos hechos ceniza; de los reptiles, anfibios e insectos que no pueden huir, o de la vida invisible del suelo que sostiene el ecosistema.
La biodiversidad es la gran víctima silenciosa. Cuando el fuego devasta el bosque, no sólo se destruye madera o paisaje: se quema memoria ecológica, refugio y futuro. La naturaleza no es el decorado pasivo donde ocurren las tragedias humanas; es una comunidad viva que sufre las consecuencias directas de nuestra irresponsabilidad.
Ha llegado el momento de cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos cómo debemos “limpiar” los bosques para incluir nuestra actividad, deberíamos preguntarnos qué modelo de país, de urbanismo, de alimentación y de consumo energético estamos dispuestos a sostener. El futuro de nuestros bosques no dependerá de lo que decidan los árboles. Ellos lo tienen claro: arraigan, crecen, cooperan, mueren y completan el ciclo de la vida. Somos nosotros quienes hemos convertido el territorio en un espacio fragmentado y vulnerable por el afán del beneficio inmediato.
Los bosques no deberían sentarse en el banquillo. Somos nosotros quienes debemos responder cómo pensamos reparar el mal que hemos generado como especie.
David Serramitjana
Licenciado en Biología
Técnico en Gestión de Fauna y Espacios Naturales
LIBROS RECOMENDADOS
amazon.es, «La hipótesis Gaia: La Tierra es un ser vivo.» Editorial Conciencia global, de James Lovelock (Autor), Alberto Jiménez Rioja (Traductor). Este libro propone la hipótesis de que el planeta Tierra y todos sus organismos forman un único cuerpo autorregulado que sustenta la vida y la ayuda a evolucionar a lo largo del tiempo. A pesar de que en 1979, año de la primera publicación de esta obra, el punto de vista de Lovelock fue considerado radical e inverosímil, con el paso de los años ha encontrado cada vez mayor eco en los debates contemporáneos sobre el medio ambiente y el clima, hasta el punto de conseguir una amplia aceptación por parte de los pensadores modernos.
culturavegana.com, «ORIGEN», David Serramitjana, Última edición: 16 febrero, 2026 | Publicación: 5 noviembre, 2025. La primera novela de ficción contra la industria cárnica escrita desde la Garrotxa, provincia de Girona. Un thriller desgarrador, nacido en Olot, que expone las sombras del negocio cárnico y da voz a quienes nadie escucha.
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