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Sobre comer carne [II]

Publicación: 10 agosto, 2022 |

La razón insta a reemprender con ideas e ímpetu renovados nuestras recientes charlas sobre la práctica de comer carne [23].

«« Sobre comer carne I

I

La verdad es que resulta difícil, como afirmaba Catón, hablar a estómagos, los cuales carecen de orejas. Y la bebida de la familiaridad se ha agotado, como la de Circe [24] mezclando sufrimientos y dolores, engaños y llantos.

Además, no es fácil arrancar el gancho de la práctica de comer carne, gancho que está fijado y anclado en el deleite de los placeres. Pues sería bonito que, al igual que los egipcios extraen las vísceras de los cadáveres [25] y, mostrándolas a la luz del sol, se deshacen de ellas con el pretexto de que son causa de cuantos errores comete el ser humano, atajáramos, así, nuestra gula y sed de sangre con el objeto de purificar nuestra vida. Porque, de hecho, nuestro estómago no tiene sed de sangre sino que resulta contaminado por la inmoderación. No obstante, si por la fuerza de la costumbre resulta imposible —sí, por Zeus— renunciar al error, obremos de modo razonable consternados por nuestro error.
Comamos carne por apetito, no por glotonería: sacrificaremos a un ser vivo pero con lástima y dolor, sin recreamos en la tortura. Práctica esta última en la que incurren, por cierto, quienes introducen en la garganta de los cerdos venablos al rojo vivo a fin de que la sangre, con la inserción del hierro, forme una emulsión, se extienda y haga la carne más tierna y suave; o también quienes saltan encima y pisan las ubres de las cerdas, cercanas al parto, con el propósito de mezclar sangre, leche e impurezas de los fetos (que en ese mismo instante mueren entre dolores agudos, ¡por Zeus purificador!), y comer la parte más jugosa del animal; o también esos otros que cosen los ojos de las grullas y de los cisnes y, tras cerrarlos, los engordan en secreto y elaboran la carne de manera apetecible merced a ciertas salsas y a condimentos exóticos. [26]

II

Por cuanto antecede, resulta de todo punto evidente que una práctica ilegítima se ha convertido en placer; y no por alimento, necesidad apremiante o imperativo sino por gula, intemperancia y capricho. Y, del mismo modo que, en las mujeres carentes de freno para el placer —que exploran toda suerte de prácticas y se dan a experiencias disolutas—, la pasión amorosa las arrastra a actitudes nefandas, así la intemperancia en la comida, que sobrepasa el límite de lo natural y necesario, convierte el apetito en crueldad e incluso en delito. En efecto, los sentidos enferman todos y son tentados a vivir de manera disoluta cuando no se rigen por las leyes de mesura que impone la naturaleza [27]. De este modo, un oído, cuando enferma, desvirtúa la música; y ese sentido, enervado y suprimido, muestra deseos de caricias vergonzantes y excitaciones afeminadas. Tales hechos han instruido a la vista para disfrutar no con danzas de guerra, representaciones mímicas, danzas deliciosas, esculturas o pinturas, sino para considerar la sangre, los asesinatos, las heridas, las batallas como espectáculo supremo. De esta manera, a banquetes desmedidos siguen relaciones desordenadas; a placeres indecorosos, audiciones carentes de armonía; a cantos y sones impúdicos, representaciones de barbarie; a espectáculos salvajes, insensibilidad y crueldad hacia los seres humanos. Debido a esta cuestión, el divino Licurgo adoptaba la resolución, en las tres retras, de que las puertas y tejados de las casas fueran construidos con sierra y hacha [28], y de que no se utilizara otro instrumento; y, desde luego, ello no lo hizo por aversión a los taladros, azuelas y cuantos instrumentos existen para trabajar fino, sino en la idea de que, con construcciones de las características señaladas, se renunciaría a introducir y llevar a una casa de modesta condición una litera dorada, una mesa de plata, alfombras de púrpura o piedras preciosas. Pues bien, casa, lecho, mesa y copa de tal índole dan paso a una cena modesta y a un almuerzo sencillo. Sin embargo, al principio de un hábito mezquino le sigue todo lujo y ostentación como un potrillo destetado corre al lado de la yegua. [29]

III

Veamos: ¿cómo no considerar ostentosa una cena en la que muere un ser animado? ¿Consideramos que una vida tiene escaso valor? No voy a apresurarme a decir, como Empédocles [30], que es la vida de tu madre, de tu padre, de cierto amigo o de un hijo. Con todo, es cierto que tiene sensibilidad, vista, oído, imaginación, inteligencia, cualidades que todo ser ha recibido de la naturaleza para adquirir lo propio y rehuir lo ajeno. Juzga cuáles son los filósofos que nos enseñan mejor: quienes nos instan a comer a nuestros amigos, padres y mujeres a su muerte, o quienes —como Pitágoras y Empédocles— nos disciplinan para ser ecuánimes en nuestra relación con otras especies. Tú te burlas de quien no come cordero. Mas ¿no habremos de reír nosotros —dirán los célebres filósofos— cuando vemos que troceas a tu padre o tu madre, una vez muertos, mandas porciones a los amigos que están ausentes e invitas a los que tienes cerca ofreciéndoles carne en abundancia? Sin embargo, acaso estamos ahora en un error al tocar estos libros suyos sin lavamos las manos, los ojos, los pies y los oídos (a menos que, por Zeus, no sea una purificación discutir sobre ellos, como dice Platón [31], «limpiando las orejas de sal con un discurso dulce»). En el caso de que cualquier persona desee cotejar sus libros y preceptos, los primeros enseñan filosofía a los escitas, sogdianos y melanclenos —pueblos de los que Heródoto menciona noticias, en su investigación histórica, sin el menor crédito [32]. Por otra parte, los axiomas de Pitágoras y Empédocles eran, para los griegos antiguos, leyes, y las dietas a base de cereal *** [Porque no hay vínculos de justicia entre nosotros y los animales irracionales]. [33]

IV

En consecuencia, ¿quiénes fueron los que, a continuación, respetaron la citada práctica?

Quienes, por vez primera, forjaron la espada asesina y compañera de camino, comieron, por vez primera, los bueyes que labran la tierra. [34]

De idéntico modo, precisamente, los tiranos comienzan sus delitos de sangre. Por ejemplo, en Atenas, decretaban la muerte del sicofanta [35] más despreciable a la primera ocasión; e igualmente a la segunda y a la tercera. Y, acostumbrados a este modo de operar, permitían la condena a muerte de Nicérato, hijo de Nicias, del estratego Terámenes [36] y del filósofo Polemarco [37]. De la misma manera fue sacrificado, primeramente, un animal salvaje y depredador; luego, fue un pájaro o un pez el descuartizado. Y, una vez que nuestra inclinación criminal se ejercitó en la degustación de la sangre de los mencionados animales, se dirigió al buey que ara la tierra, al manso cordero y, finalmente, al gallo custodio de la casa. Y así, paulatinamente, cediendo a nuestra sed insaciable, hemos llegado a crímenes, guerras y asesinatos. Con todo, incluso si no puede demostrarse que las almas se valen de cuerpos de toda índole en la palingenesia, que un ser hoy racional sea más tarde irracional y que, al contrario, el ser hoy salvaje se tome doméstico (y que, en fin, la naturaleza cambia y traslada todo revistiéndolo de una impropia túnica de carne [38]), eso no quita que quienes siguen la práctica disoluta de comer carne inflijan al cuerpo enfermedades y pesadez, y corrompan el alma que es inducida a una práctica de impudor execrable (acostumbrados como estamos a no a invitar a un huésped, celebrar un matrimonio o departir con los amigos sin consumir carne y sangre).

V

En todo caso, si no existe una demostración fidedigna de la antedicha transmigración de las almas a los cuerpos, persisten, cuando menos, dudas que instan a un respeto y prudencia notables [39]. Un ejemplo: si alguien, durante un combate nocturno, mientras apunta su espada hacia un soldado que ha caído y tiene el cuerpo cubierto por su armamento, oyese a alguien decir que creía o le parecía —aunque sin certeza absoluta— que se trataba de su hijo, su hermano, su padre o su camarada, ¿qué sería mejor: aceptar una sospecha incierta, y tomar al enemigo por amigo, o despreciar una opinión improbable de confirmar y matar al amigo como enemigo? Todos afirmaréis que esto último es terrible. Sí, analiza en la tragedia la actitud de Mérope cuando blande su hacha para matar a su propio hijo y dice [40]: Este golpe que te inflijo es el más costoso, cosa que conmueve en el teatro, unido ello al miedo de que ella se adelante al anciano que se dirige a detenerla y de que hiera al muchacho. Y si otro anciano estuviera presente diciéndole «golpéalo, es tu enemigo», mientras que el anterior le aconsejaba «no lo golpees, se trata de tu hijo», ¿cuál sería el acto más grave: obviar el castigo de un enemigo por mor del hijo, o incurrir en un infanticidio por inquina hacia el enemigo? Cuando no hay odio ni animadversión ni venganza alguna ni miedo por nuestra integridad que puedan inducirnos al asesinato, sino que, por un pequeño gusto, queda tendida una víctima con la cerviz vencida y, a la sazón, dice un filósofo: «mátalo, no es más que un animal irracional», pero otro replica «reprímete. ¿Y si se tratara del alma de un pariente o de un amigo que ha migrado a este cuerpo?», entonces, dioses, a fe que el peligro es prácticamente igual en ambos casos: de no comer carne, si no hago caso al primero, o de matar a un hijo o cualquier otro familiar, si no doy crédito al segundo.

VI

Con todo, la mencionada argumentación no es igual a la de los estoicos en su apología del consumo de carne. [41]

¿Qué es eso de una «gran tensión» entre el vientre y la cocina? ¿Por qué, si consideran el placer como cosa afeminada y le imputan no ser ni un bien ni un «principio de progreso» ni un «principio natural», se hallan familiarizados con esta suerte de placeres? Por cierto que serían coherentes si, ya que desprecian el perfume y los pasteles de los simposios, con mayor motivo rechazaran la sangre y la carne. Pero ahora, como si estuvieran pensando en los libros de cuentas cotidianas, ahorran en productos inútiles y superfluos para la cena y, por contra, no repudian aquello que es inhumano y sanguinario en el lujo. «Por supuesto», dicen, «no hay vínculos de justicia entre nosotros y los animales irracionales». «Ni entre nosotros y el perfume», «ni entre nosotros y las especias exóticas», podría decir cualquier persona. Así es que absteneos de estas prácticas si despreciáis lo que no es útil ni de modo alguno necesario en el placer.

VII

Pero, a continuación, analicemos lo siguiente, a saber, el hecho de que no haya vínculos de justicia entre nosotros y los animales; y no de una manera retórica o sofística sino atendiendo a nuestras propias emociones y dialogando, como hacen las personas, e investigando ***. [42]

Plutarco
Moralia
Sobre comer carne II en amazon
Año 46 dC – 119 dC

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

23— Esta indicación parece confirmar la distinción genuina de ambos tratados Sobre comer carne desde la primera fase de su composición.

24— Homero, Od. X 226.

25— Cf. Heródoto, II 86, quien, con todo lujo de detalles, indica: «primero, con un gancho de hierro, extraen el cerebro por las fosas nasales… Luego, con una afilada piedra de Etiopía sacan, mediante una incisión longitudinal practicada en el costado, todo el intestino, que limpian y enjugan con vino de palma, y que vuelven a enjugar, posteriormente, con sustancias aromáticas molidas» (trad. de C. Schrader, Heródoto, Historia, I-II, Madrid, 1977 [hay reimpresión de 1984]).

26— La descripción de Plutarco cobra unos tintes verdaderamente dramáticos. Sobre algunos aspectos técnicos de los detalles que refiere el
queroneo, cf. Plinio, Hist. nat. X 60, XI 210-211.

27— El relato de Plutarco, con nuevos ejemplos de factura notablemente
retórica, persevera en la idea ya avanzada en el primer opúsculo, ésta es
que el consumo de carne resulta antinatural para los seres humanos. Y, si
bien aquí las posiciones de Plutarco no resultan tan extremas, los efectos
dramáticos son de mayor agudeza.

28— Cf. Plutarco, Licurgo 13. Acepto la lectura de los manuscritos taîs trisí porque se ajusta a cuanto conocemos sobre la figura, en verdad opaca, de Licurgo: se trata de un mítico legislador espartano (considerado divino por los espartiatas), el cual, si hemos de aceptar su realidad histórica, debió de vivir hacia el siglo VIII aC. Se le atribuyen, por transmisión oral, dos leyes no escritas o retras: la primera de ellas, la menor, se subdivide en otras tres más breves entre las cuales se encuentra la citada en nuestro pasaje (de ahí la aceptación de la lección que los códices muestran).

29— Semónides, fr. 5.

30— Fr. B 137 DK. Pese a que Plutarco manifiesta no seguir estrictamente la doctrina de Empédocles, lo cierto es que las indicaciones posteriores son proclives a defender la teoría de la metempsícosis, de índole órfico-pitagórica, por más que D. Tsekourakis («Orphic and Pythagorean views on vegetarianism in Plutarch’s Moralia», en F. E. Brenk, I. Gallo [eds.], Miscellanea Plutarchea, Atti del I Convegno de Studi su Plutarco, Quaderni del Giornale Filologico Ferrarese, 1986, págs. 127-138), considere secundarios los argumentos místico-religiosos.

31— Fedro 243D.

32— Efectivamente, Heródoto cita a estos pueblos (sobre los escitas, cf. IV 59 ss.; sobre los sogdianos o sogdos, III 93; sobre los melanclenos, IV 20). Sin embargo, Plutarco confunde, al menos, a los melanclenos con los isedones, de quienes en IV 26 dice Heródoto: «cuando a un hombre se le muere su padre, todos sus deudos llevan reses en calidad de presentes y, tras inmolarlas y descuartizar sus carnes, descuartizan también el cadáver del padre del anfitrión; luego mezclan toda la carne y se sirven un banquete» (trad. de C. Schrader, Heródoto …, 1II-IV, 1979). Por lo demás, ante el carácter mutilado de estos pasajes, se ha pensado que la opinión negativa sobre la obra de Heródoto que consta debe tratarse de una interpolación. Así puede ser, ya que la tradición antiherodotea resulta notable en la Antigüedad. Sin embargo, tal manifestación no es incompatible —máxime en un tratado de características fuertemente retóricas como el presente— con las opiniones circunstanciales de Plutarco sobre el halicamaseo (cf., por ejemplo, Sobre la malevolencia de Heródoto).

33— Al final de este parágrafo nos encontramos con una laguna y, por
añadidura, con una interpolación que parece derivar de 999A-B.

34— Arato , Fenómenos 131 ss.

35— Término que responde a la figura del delator público en Atenas.
Vid. The Oxford Classical Dictionaiy, Oxford, 19702, 1026.

36— Sobre el apresamiento de Nicérato y la muerte del politico moderado Terámenes a manos de los oligarcas extremistas de Critias, cf., respectivamente, Jenofonte, Helénicas II 3, 39 y 56.

37— Cf. su aparición como importante personaje de la República de
Platón (libro I). Cf. asimismo el discurso de Lisias Contra Eratóstenes
25 (el orador era hermano de Polemarco, el cual sufrió la persecución y
condena del régimen de los Treinta).

38— Empédocles, fr. B 126 DK.

39— Aunque los argumentos de índole religiosa persisten, Plutarco parece defender a partir de aquí la posibilidad de que una persona pueda abstenerse del consumo de carne sin que, necesariamente, deba aceptar la doctrina de la metempsícosis. Sobre esta cuestión, cf. D. Tsekourakis, «Orphic and Pythagorean views…», págs. 137-138.

40— Cf. A. Nauck , Tragicorum Graecomm Fragmenta, 2.a ed., Leipzig, 1889 (fr. 456). La tragedia era Cresofonte y, según consta a partir de Aristóteles (Poética XIV 19), el episodio acaba felizmente dado que Mérope reconoce a su hijo antes de asestar el golpe fatal.

41— A continuación, Plutarco arremete contra la doctrina estoica (actitud que nuestro autor ya había anticipado en el primer opúsculo: cf. supra, 994 E). Consta aquí una serie de téminos técnicos propios de la filosofía estoica (cf. W. C. Helmbold , en su edición, ad. loc.). Para más detalles sobre terminología estoica de importancia sobre el particular, cf. F. Becchi, «Istinto e intelligenza…», págs. 80-82.

42— Desgraciadamente, la tradición no ha legado la parte inmediatamente siguiente del texto. Con probabilidad, Plutarco habría desarrollado su polémica antiestoica que acababa de iniciar. Ello parece abonar la tesis de F. Becchi, «Istinto e intelligenza…», para quien el objetivo fundamental de Plutarco, en la redacción de Sobre comer carne, era objetar a la doctrina estoica y a la permisividad de ésta en el consumo de carne.


Las traducciones, introducciones y notas han sido llevadas a cabo por: Vicente Ramón Palerm (Sobre la malevolencia de HeródotoCuestiones sobre la naturalezaSobre la cara visible de la lunaSobre el principio del fríoSobre si es más útil el agua o el fuego y Sobre comer carne) y Jorge Bergua Cavero (Sobre la inteligencia de los animales y Los animales son racionales o Grilo).


Editorial Cultura Vegana
www.culturavegana.com

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