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Los animales son racionales

Última edición: 12 agosto, 2022 | Publicación: 9 agosto, 2022 |

Una de las obras más singulares de Plutarco es «Los animales son racionales», también cono­cida como «Grilo».

Grilo es el cerdo que argumenta ante Ulises que la vida animal es mucho más preferible a la humana, y que las bestias aventajan al hom­bre en toda clase de virtudes, específicamente el valor, la templanza y la inteligencia.

I

Ulises.— Eso, Circe, creo que lo he comprendido, y que lo recordaré; pero me gustaría que me informaras de si hay algún griego entre esos hombres que tienes en tu poder, convertidos en lobos y leones.

Circe.— Ya lo creo: muchos, mi adorado Ulises. Pero, ¿por qué me lo preguntas?

Ulises.— Porque, por Zeus, me parece que me granjea­ría una hermosa gloria entre los griegos si, con tu venia, pu­diera devolverlos a su forma humana y llevármelos, y no contemplar con indiferencia cómo de forma antinatural envejecen convertidos en fieras, llevando un género de vida tan lamentable y deshonroso.

Circe.— Este hombre piensa, estúpido de él, que su afán de gloria ha de ser la ruina no sólo para sí mismo y para sus compañeros, sino incluso para los que ninguna relación tie­nen con él.

Ulises.— Otro nuevo brebaje de palabras, Circe, es este que estás revolviendo y mezclando; y desde luego me estás considerando, sin más, una fiera, si crees que me vas a con­vencer de que sea una desgracia dejar de ser un animal para convertirse en un ser humano.

Circe.— Pues ¿no has hecho ya, en detrimento propio,cosas más absurdas que eso, tú que has rechazado una vida inmortal y sin vejez en mi compañía para, pasando aún in­numerables penalidades, ir en pos de una mujer mortal y además, como te digo, vieja ya? Y todo con el objeto de ser por ello aún más admirado y renombrado que ahora, persi­guiendo algo vacío, un simulacro, en vez de lo verdadera­mente valioso.

Ulises.— Sea como dices, Circe; pues ¿qué necesidad hay de estar continuamente peleándonos por lo mismo? An­da, hazme el favor: libera a estos hombres y déjalos en mis manos.

Circe.— No es tan sencillo, no, por Hécate, que no son unos cualquiera. En todo caso pregúntales primero si lo de­sean, y si te dicen que no, discute con ellos, mi héroe, y convéncelos. Pero si no lo consigues y te derrotan con sus argumentos, deberás conformarte con haber tomado una ne­cia decisión con respecto a ti mismo y a tus amigos.

Ulises.— ¿Por qué te burlas de mí, querida? Pues ¿cómo podrían ellos explicarse o comprender mis argumentos mien­tras siguen siendo asnos, cerdos y leones?

Circe.— No te preocupes, hombre ambicioso como nin­guno: yo los pondré a tu disposición de forma que puedan comprender y discutir; o mejor aún, será suficiente con que uno solo argumente por todos ellos y atienda a tus razones. Aquí lo tienes, puedes discutir con él.

Ulises.— Y ¿cómo he de llamarlo? Quiero decir, ¿quién era él entre los hombres?

Circe.— ¿Qué tiene eso que ver con la cuestión? Llá­malo Grilo, si quieres. Pero yo me voy a retirar, no vaya a dar la impresión de que, por querer halagarme, habla contra sus propias convicciones.

II

Grilo.— Salud, Ulises.

Ulises.— Por Zeus, Grilo, lo mismo digo.

Grilo.— ¿Qué quieres preguntar?

Ulises.— Sabiendo como sé que vosotros fuisteis seres humanos, me compadezco de veros a todos en este estado, pero, como es lógico, ante todo me importáis aquellos que, siendo griegos, habéis ido a caer en semejante desgracia. Así que acabo de rogarle a Circe que, a aquel de vosotros que lo desee, lo ponga en libertad, le restituya su antiguo aspecto y lo deje marchar conmigo.

Grilo.— Alto ahí, Ulises, ni una palabra más; pues has de saber que todos nosotros te despreciamos porque, evi­dentemente, era falso lo que se contaba sobre tu astucia y falsa la fama de que tu inteligencia supera con creces la de los demás hombres. Pues por no haber examinado la cuestión, te atemorizas nada menos que de cambiar de un estado peor a otro mejor.
En efecto, de la misma manera que los niños temen los jarabes de los médicos y rehúyen las lecciones, cosas todas ellas que los hacen más sanos e inteligentes en vez de en­fermos e ignorantes, así tú has descartado la posibilidad de convertirte en un ser distinto del que eres. Y ahora, mientras convives con Circe, tú mismo tiemblas de miedo ante la po­sibilidad de que, sin darte cuenta, te convierta en cerdo o en lobo; y a nosotros, que vivimos en abundancia de bienes, tratas de convencemos de que, abandonando junto con di­cha abundancia a la mujer que nos la dispensa, nos embarquemos contigo, convertidos de nuevo en seres humanos, la más fatigosa y desdichada de todas las criaturas.

Ulises.— Me parece, Grilo, que el brebaje ese no sólo ha arruinado tu aspecto exterior, sino también tu espíritu, y que tienes la cabeza llena de opiniones absurdas y absolu­tamente corruptas. ¿O es, por el contrario, cierta inclina­ción al trato con los cerdos la que te tiene hechizado en ese cuerpo?

Grilo.— Nada de eso, rey de los cefalenios. Pero si en vez de lanzar injurias prefieres dialogar, rápidamente te haré comprender que, tras haber experimentado ambos géneros de vida, con razón preferimos ésta en lugar de aquélla.

Ulises.— Venga pues, estoy dispuesto a escuchar.

III

Grilo.— Y yo, entonces, a hablar. Empecemos pri­mero por las virtudes, de las que vemos que estáis muy or­gullosos, en la suposición de que superáis con mucho a los animales en justicia, inteligencia, valor y en las demás virtudes. Ahora contéstame, hombre sapientísimo. Oí cómo en cierta ocasión le contabas a Circe, acerca de la tierra de los Ciclopes, que es por naturaleza tan generosa y fértil que, sin que se la cultive en absoluto y sin que nadie siembre nada en ella, produce por sí misma todo tipo de frutos. Entonces, ¿la tienes acaso en mayor estima que a la áspera Ítaca, pasto para las cabras, que con mucho trabajo y grandes esfuerzos a duras penas produce a los agricultores unos frutos escasos, mezquinos y sin ningún valor?. Y procura no llevarlo a mal ni darme, por amor a tu patria, una respuesta que no sea sin­cera.

Ulises.— No hace falta mentir: pues amo y siento más cariño por mi propia patria y tierra, pero alabo y admiro la de los Ciclopes.

Grilo.— Así pues, diremos que la situación es como si­gue: el más inteligente entre los hombres piensa que hay que alabar y estimar unas cosas pero elegir y querer otras. Y creo que tu respuesta se puede aplicar también al alma, pues es lo mismo que con la tierra: es mejor aquella que sin esfuerzo produce la virtud como fruto espontáneo.

Ulises.— Sea como tú dices.

Grilo.— Así que estás reconociendo ya que el alma de los animales está naturalmente mejor dotada y más perfec­cionada para generar la virtud; en efecto, sin recibir órdenes y sin aprendizaje, como la tierra que no se siembra ni labra, de forma natural produce y desarrolla la virtud propia de cada animal.

Ulises.— Y ¿de qué virtud, Grilo, participan los anima­les?

IV

Grilo.— Di más bien de qué virtud no participan en mayor medida que el más sabio de los hombres. Considera en primer lugar, si quieres, la valentía, de la que tan orgullo­so estás; pues no te avergüenzas de que te llamen «audaz» y «destructor de ciudades», tú, taimadísimo, que después de engañar con ardides y tretas a hombres que practican un tipo de combate simple y noble y que desconocen el engaño y las mentiras, le das a tu trapacería el nombre de virtud, a pe­sar de que nada tiene que ver con ella.
Sin embargo, puedes ver cómo los animales son limpios y sencillos en sus combates, tanto entre ellos como contra vosotros los hombres, y gracias a un verdadero vigor se de­fienden con transparente y desnuda valentía. Y no es que la ley les obligue ni que teman ser acusados de deserción, sino que rehuyendo de manera instintiva verse sometidos, resis­ten y se mantienen indomables hasta el final. Pues aunque estén derrotados, su cuerpo no se rinde ni su alma se da por vencida, sino que prefieren perecer en el combate. Y mu­chas veces, en el trance de la muerte, su vigor, replegándose de algún modo junto con su coraje y concentrándose en una sola parte del cuerpo, se opone a su verdugo, y se convul­siona y se agita enfurecido hasta que, como un fuego, se ex­tingue por completo y perece.
Los animales no ruegan, ni suplican compasión, ni reco­nocen su derrota; un león no es esclavo de otro león por causa de su cobardía ni un caballo de otro caballo, como sí lo es un hombre de otro hombre, aceptando de buena gana la denominación de cobarde. Por el contrario, de cuantos animales han sometido los hombres por medio de trampas y tretas, los que son ya adultos, rechazando la comida y ha­ciéndose fuertes contra la sed, provocan su propia muerte, pues la prefieren a la esclavitud. En cambio a sus polluelos y cachorros, que debido a su edad son más dóciles y delica­dos, a base de hechizarlos ofreciéndoles gran cantidad de atracciones y de tentaciones engañosas, y haciéndoles sabo­rear un género de vida y unos placeres antinaturales, con el tiempo acaban por hacer de ellos seres debilitados, hasta el punto de aceptar y someterse a la llamada «domesticación», que viene a ser como un afeminamiento del coraje. Y esto demuestra muy a las claras que los animales están por naturaleza bien dotados en lo que al valor se refiere.
En cambio, en los hombres el espíritu de resistencia hasta va contra su naturaleza. Y esto, magnífico Ulises, lo podrás comprender ante todo por lo siguiente: en los ani­males, en efecto, se da un equilibrio natural en lo referente al vigor, y así la hembra no es en absoluto inferior al macho, sino que se esfuerza en satisfacer las necesidades vitales y lucha en defensa de sus crías. Y habrás oído hablar también de cierta cerda de Cromión que, aun siendo una hembra, le ocasionó muchos problemas a Teseo; y a la famosa Esfinge, que se sentaba por las alturas del monte Ficio tejiendo enigmas y acertijos, de nada le hubiera servido su sabiduría si no hubiera seguido siendo muy superior a los cadmeos en fuer­za y en valor. Y más o menos por esa zona se cuenta que vivía también la zorra de Teumeso, «terrible espectáculo», y cerca de allí la serpiente que, en combate singular, disputó a Apolo el oráculo de Delfos. Y vuestro rey recibió del de Sición a Eta, como pago por eximirle de ir a la guerra, y fue una inmejorable decisión, pues prefirió una buena yegua y con brío antes que un hombre cobarde.
Y tú mismo has visto en muchas ocasiones cómo, entre las panteras y leonas, las hembras en absoluto ceden en coraje o en vigor ante los machos; en cambio, mientras tú es­tás en la guerra, tu mujer, sentada en casa junto al fuego del hogar, se toma menos molestias que las golondrinas en re­chazar a los que van contra ella y contra su casa, y eso que es una lacedemonia. Así que ¿qué te voy a contar ya de las mujeres carias o meonias?.
Pero por todo lo dicho resulta evidente que los varones no están por naturaleza dotados de valentía, pues paralela­mente también las mujeres estarían en la misma medida dotadas de vigor. Por lo tanto, vosotros ponéis en práctica la valentía por necesidad legal, una valentía involuntaria y no deseada, esclava de la costumbre y del reproche, de prejuicios extraños y de argumentos descarriados. Y soportáis las fatigas y los peligros no porque tengáis una actitud valerosa ante ellos, sino porque tenéis más miedo a otras cosas.
Así, de la misma manera que aquel de tus compañeros que sube el primero al barco y se apresura a colocarse en el remo ligero no lo hace porque lo tenga por algo insignifi­cante, sino porque le da miedo y quiere evitar el remo más pesado, del mismo modo el que aguanta los golpes por no recibir heridas, o el que se defiende del enemigo para evitar la tortura o la muerte, no es audaz ante lo uno sino cobarde ante lo otro. Y de esta forma queda claro que vuestra valen­tía es una prudente cobardía, y vuestra audacia un temor que tiene la habilidad de evitar unas cosas por medio de otras.
Y, por decirlo en una palabra, si creéis que sois mejores que los animales en lo tocante a la valentía, ¿por qué entonces vuestros poetas llaman a los que combaten a los enemi­gos con más arrojo «de espíritu de lobo», «de corazón leonino» o «a jabalí en su brío parejo», pero ninguno de ellos llama a un león «de corazón humano» ni «parecido a un va­rón por su vigor»? Pero claro, me imagino que igual que llaman a los que son veloces «de pies rápidos como el viento» y a los que son hermosos «parecidos a los dioses», exagerando las imágenes, de la misma manera a los guerre­ros extraordinarios los comparan con seres que son más fuertes que ellos.
Y la razón es que vuestro ánimo es, por así decir, el re­sultado de cierta inmersión y temple de la valentía; los ani­males se sirven en sus combates de un coraje sin mezcla de ninguna otra cosa, pero en vosotros los hombres, mezclado con la reflexión como el vino con el agua, se retira ante el peligro y desaparece en el momento clave. Y hay entre vo­sotros quien dice que el coraje no debe en absoluto tomar parte en las batallas, sino que hay que dejarlo a un lado y valerse de un sobrio cálculo; consideraciones estas que son correctas por lo que se refiere a la seguridad y a salvar la vi­da, pero absolutamente infames desde el punto de vista de una defensa valerosa. Así pues, ¿cómo no va a ser absurdo que le hagáis reproches a la naturaleza por no haber dotado vuestros cuerpos de aguijones ni de colmillos defensivos ni de corvas uñas, si vosotros mismos suprimís o rebajáis el poder ofensivo que es congénito a vuestra alma?

V

Ulises.— Caramba, Grilo, me imagino que tú debiste de ser un consumado sofista; tal es, al menos, la fogosidad con la que has acometido el asunto, incluso ahora, a pesar de estar hablando en tu puerca condición. Pero ¿por qué no has continuado tu disertación hablando de la templanza?

Grilo.— Porque pensaba que primero querrías hacer al­guna objeción a lo que he dicho. Pero tú tienes prisa por es­cuchar lo referente a la templanza, pues estás casado con una mujer castísima y crees haber dado tú mismo una prue­ba de tu templanza al desdeñar los encantos físicos de Cir­ce. Pero en esto tu continencia en nada supera la de cual­quier animal, pues tampoco ellos sienten deseos de unirse con seres superiores, sino que buscan el placer y el amor con individuos de su misma especie.
Así que, igual que el chivo de Mendes en Egipto, según se cuenta, encerrado en compañía de muchas mujeres her­mosas no se sentía inclinado a unirse con ellas sino que le excitaban más las cabras, nada tiene de extraño que también a ti te gusten las relaciones sexuales habituales y no quieras siendo un hombre dormir en compañía de una diosa. Y respecto a la castidad de Penélope, un millar de cornejas graznantes se reirán de ella y la despreciarán, pues cada una de ellas, si muere el macho, permanece viuda no durante una breve temporada, sino durante nueve generaciones humanas; de manera que a tu hermosa Penélope cualquier corneja la supera nueve veces en castidad.

VI

Pero puesto que no te ha pasado desapercibida mi condición de sofista, permite que me valga de cierto orden en mi discurso, definiendo la templanza y dividiendo los de­seos según su clase.
Pues bien, la templanza consiste en cierto recortamiento y ordenación de los deseos, eliminando los que son extraños y superfluos y disponiendo con oportunidad y medida de los que son necesarios. Y ves, supongo, que hay una enorme diversidad entre los deseos: en efecto, los relacionados con la comida y la bebida, además de ser naturales, tienen también el carácter de necesarios, mientras que los de tipo sexual, cuyo origen viene dado por la naturaleza, de alguna forma es posible, si uno los descarta y no se sirve de ellos, soportarlo sin demasiados problemas, de ahí que se los lla­me deseos naturales pero no necesarios.
Y por lo que hace a los deseos de la otra clase, los que no son necesarios ni naturales sino que viniendo de fuera se han desbordado gracias a vuestra vanidad y rusticidad, esos deseos, tantos como son, han ocultado prácticamente todos vuestros deseos naturales, de forma que la situación es co­mo la de una tropa enemiga y extranjera que comete violen­cias contra los ciudadanos nativos del país. Pero los anima­les, que mantienen sus almas por completo inaccesibles y ajenas a la mezcla de afecciones extrañas, y que llevan una vida alejada de toda vana opinión, como si se hubieran establecido lejos del mar, se quedan atrás en lo referente a lle­var un género de vida delicado y superfluo; en cambio con­servan enérgicamente su moderación y un mejor gobierno de los deseos, pues los que en ellos habitan no son numero­sos ni extraños.
Por lo demás, también a mí mismo, no menos que a ti ahora, me fascinaba el oro, en la idea de que era un bien no comparable a ningún otro, y me seducían la plata y el mar­fil; y aquel que tenía más posesiones de este tipo me parecía que era un hombre feliz y amado por los dioses, ya se tratara de un frigio o de un cario, alguien más vil que Dolón o más desdichado que Príamo. Pero en esa época, siempre de­pendiendo de mis deseos, no cosechaba ni alegrías ni placer de las demás cosas, a pesar de que tenía suficientes y abun­dantes, sino que me reprochaba a mí mismo mi modo de vi­da, pues falto y desprovisto de lo más importante me en­contraba privado de bienes.
Por esta razón, recuerdo que cuando te vi en Creta ata­viado con un vestido de fiesta, no envidiaba tu inteligencia ni tu virtud, sino que admiraba encandilado la finura de tu túnica, magníficamente tejida, y la belleza de tu lanosa clá­mide, teñida de púrpura (y el broche, que era de oro, tenía, creo, un gracioso adorno maravillosamente cincelado), y te seguía hechizado, como las mujeres.
Pero ahora, liberado y purificado de aquellas vanidades, prescindo del oro y de la plata lo mismo que de las demás piedras, pues me son indiferentes, y por lo que se refiere a tus cobertores y alfombras, por Zeus que, cuando estoy sa­ciado, nada puede resultarme más agradable para echarme a dormir que el barro blando y profundo. Ninguno de tales deseos extraños tiene cabida en nuestras almas, sino que la mayor parte del tiempo los deseos y placeres necesarios administran nuestra vida, y con respecto a los que no son necesarios, sino solamente naturales, no nos comportamos de forma desordenada ni insaciable.

VII

Y vamos, pues, a describir primero estos placeres. Así, el placer por las cosas aromáticas, que con sus efluvios naturales excitan el olfato, además de suponer un beneficio sencillo y gratuito, conlleva a la vez cierta utilidad con vis­tas a reconocer los alimentos. Pues la lengua sabe distinguir, y así se dice, lo dulce, lo picante y lo agrio, cuando los ju­gos se mezclan y se funden de alguna forma con el órgano gustativo; pero nuestro olfato, antes de probar los alimentos, sabe distinguir las propiedades de cada uno, percibiéndolas con mucha más meticulosidad que cualquier catador real. Y deja entrar lo que es apropiado, pero lo que es extraño lo re­chaza y no permite que entre en contacto ni que afecte al sentido del gusto, sino que acusa y denuncia su carácter maligno antes de que pueda hacer daño.
Y por lo demás, nuestro olfato no es motivo de moles­tias como el vuestro, que con la ayuda de un extraño arte de tintorería y brujería, cuyo nombre es «perfumería», os obliga a reunir y consumir perfumes de incienso, cinamomo, nardos, hojas y tallos arábigos, pagando mucho dinero por una molicie afeminada, pueril y absolutamente inútil. Además, a pesar de ser tal su naturaleza, no sólo ha echado a perder a todas las mujeres, sino ahora ya incluso a la ma­yor parte de los hombres, hasta el punto de no querer tener relaciones con sus propias mujeres si no se presentan despi­diendo olor a perfumes y a ungüentos.
En cambio, las jabalinas y las cabras atraen a los jabalíes y a los chivos con los olores que les son propios, y lo mismo las demás hembras a sus machos respectivos, oliendo a puro rocío, a pradera y a hierba fresca; y es el común afecto lo que les lleva a la unión nupcial. Las hembras no se hacen de rogar ni disimulan sus deseos con engaños, trucos y negati­vas, ni los machos, aguijoneados por el desenfreno y la lo­cura, compran el acto de la procreación con dinero, esfuerzo o servidumbre; no, sino que en el momento adecuado ambos van en pos de una Afrodita sin engaños y gratuita, un amor que en la primavera despierta, como el retoñar de las plan­tas, el deseo de los animales, y en seguida lo extingue. Y la hembra no se deja poseer después de la concepción, ni lo intenta ya el macho. Tan débil y escasa es la consideración que tiene el placer entre nosotros, mientras que la ley natu­ral lo es todo.
De ahí que los deseos de los animales no hayan provo­cado, al menos hasta ahora, ninguna unión sexual de un ma­cho con otro macho o de una hembra con otra hembra, mientras que mucho de ese jaez hay entre vuestros majes­tuosos y nobles personajes (pues voy a prescindir de la chusma).
Así Agamenón llegó a Beocia tratando de dar caza al esquivo Argino, calumniando al mar y a los vientos; des­pués dio a su cuerpo magnífico un magnífico baño en la la­guna Copaide, para extinguir en ella su pasión amorosa y liberarse del deseo. Y asimismo Heracles, por ir en busca de su imberbe compañero, quedó rezagado de los demás ca­pitanes y abandonó la expedición; y en la rotonda de Apolo Ptoo alguno de vosotros grabó a escondidas la frase «Aquiles es hermoso», cuando Aquiles tenía ya un hijo, y he oído decir que la inscripción todavía se conserva. Pero si un gallo monta a otro al no haber una gallina disponible, se lo quema vivo, pues algún adivino o experto en prodigios declara que lo sucedido es algo grave y ominoso. De esta forma incluso los mismos hombres reconocen que es más propio de los animales el ser mesurados y no violentar la naturaleza con sus deseos.
En cambio, vuestros irrefrenables instintos ni siquiera la naturaleza, con la ley como aliada, puede contenerlos dentro de unos límites, sino que arrastrados sin rumbo por los de­seos, como llevados por un torrente, perturbando y confun­diendo el orden de la naturaleza con vuestras prácticas se­xuales cometéis un terrible ultraje contra ella. Y de hecho hay hombres que han tratado de unirse con cabras, cerdas y yeguas, y mujeres que han enloquecido de deseo por animales de sexo masculino. En efecto, de tales uniones surgen vuestros Minotauros y Egipanes, y, según creo, también las Esfinges y Centauros. Y es verdad que alguna vez, forzados por el hambre, un perro ha devorado a una persona o un pájaro ha probado su carne; pero jamás un animal ha tratado de valerse de una persona para la unión sexual. Los hom­bres, por el contrario, maltratan y violentan para sus place­res a los animales mencionados y a muchos otros.

VIII

Pero, aun siendo así de ruines y de incontinentes con respecto a los deseos mencionados, es en los deseos necesa­rios donde se demuestra aun mejor que sois muy inferiores a los animales en templanza. Estos deseos son los relacionados con el alimento y la bebida. Nosotros siempre buscamos en ellos lo que nos es grato acompañado de cierta utilidad, mientras que vosotros, persiguiendo más el placer que una alimentación natural, os veis castigados por muchas y serias enfermedades, que manando de una sola fuente —a saber, el hartazgo físico—, os llenan de gases de toda clase y difíciles de purgar.
Pues, en primer lugar, cada tipo de animal tiene un solo alimento que le es connatural, unos la hierba, otros alguna raíz o fruto; y los que son carnívoros no se inclinan por nin­gún otro tipo de comida ni privan del alimento a los que son más débiles que ellos, antes bien, el león permite al ciervo y el lobo a la oveja que pasten donde les es natural hacerlo. Al hombre, en cambio, su glotonería le arrastra a buscar el placer en todo lo que sea comestible, y lo intenta y lo prueba todo, como si todavía no hubiera llegado a conocer lo que es apropiado y conveniente para él, siendo así el único animal omnívoro que hay.
Y en primer lugar, no se alimenta de carne por falta de recursos o por incapacidad alguna (ya que siempre le es po­sible en la primavera segar, recolectar y recoger gran cantidad de plantas y cereales, hasta casi cansarse de su abundancia), sino que llevado de su molicie y harto de lo estrictamente necesario, va en busca de alimentos inapropiados e impuros —debido a la matanza de seres vivos—, comportándose de forma mucho más cruel que los animales más salvajes. Pues la sangre y la carne son el sustento propio del milano, del lobo y de la serpiente, mientras que para el hombre son una golosina. Por ello consumen todo tipo de alimentos, no como los animales, que se abstienen de la mayor parte y en su necesaria búsqueda del sustento luchan contra unas pocas especies; pero, por así decirlo, ninguna criatura voladora, nadadora o terrestre ha escapado de vuestras mesas, que en­cima calificáis de civilizadas y hospitalarias.

IX

Bien, así que os servís de los animales como de una golosina para endulzar la comida. ¿Por qué entonces [***]? En cambio la inteligencia animal no deja sitio alguno para artes inútiles y vanas, y aquéllas que son necesarias no son otros los que nos las introducen, ni las aprendemos a cambio de un sueldo, ni tampoco dejamos a cada uno pegado a una ocupación, fijándole de forma mezquina en un solo campo de estudio; antes bien, nuestra inteligencia, sobre la marcha y por sí misma, hace surgir dichas artes como legítimas y connaturales. Pues he oído decir que los egipcios son todos médicos, pero es que cada uno de los animales se basta con sus propias habilidades no sólo para curarse, sino tam­bién para buscarse el sustento, para luchar y cazar, para de­fenderse y para la música, en la medida en que la naturaleza ha dotado a cada uno para ella.
Pues ¿de quién hemos aprendido los cerdos, cuando es­tamos enfermos, a ir a los ríos a por cangrejos? Y ¿quién ha enseñado a las tortugas a comer orégano después de devorar una víbora? ¿Quién ha enseñado a las cabras cretenses, cuando son alcanzadas por las flechas, a buscar el díctamo, con cuya ingestión expulsan las puntas?. Pues si dices la verdad, a saber, que su maestra es la naturaleza, estás ele­vando la inteligencia de los animales a la categoría del más poderoso y sabio principio. Y si creéis que no hay que llamarlo «razón» ni «inteligencia», mira a ver si le buscas un nombre más hermoso y honorable, ya que, no te quepa duda, proporciona una capacidad mejor de actuación y más admirable.
No es ignorante ni carente de instrucción, sino más bien autodidacta y autosuficiente, y no es por debilidad sino por el vigor y la perfección de su virtud natural por lo que manda a paseo cualquier contribución a su capacidad que provenga de enseñanzas ajenas. Es más, cuando los hombres, por capricho o por diversión, obligan a los animales a apren­der y a entrenarse, su mente, dada su capacidad superior de comprensión, asume las enseñanzas incluso cuando van con­tra su constitución física.
Y paso por alto el hecho de que los cachorros de perro sigan los rastros o que los potros entrenados caminen a un paso determinado, así como que los cuervos aprendan a conversar y que los perros salten a través de aros en movi­miento. Y en los anfiteatros los caballos y los bueyes aprenden con una gran precisión a tumbarse, a bailar, a adoptar posturas arriesgadas o a ejecutar movimientos nada senci­llos, ni siquiera para un hombre; y lo conservan en la me­moria, dando así una prueba de docilidad que no tiene ab­solutamente ninguna otra utilidad. Y si desconfías de que podamos aprender habilidades, te diré que también las enseñamos.
Así las perdices, cuando huyen, acostumbran a sus polluelos a ocultarse dejándose caer boca arriba y sosteniendo con sus patas un terrón ante sí; y puedes ver cómo sobre los tejados las cigüeñas adultas asisten y dirigen a las jóvenes en sus ensayos de vuelo. Y los ruiseñores enseñan ya a sus crías a cantar, pero los que son capturados siendo aún pe­queños y son criados en manos del hombre cantan peor, por haberse separado antes de tiempo de su maestro [***]. Desde que he penetrado en este cuerpo que ves, me asombro de aquellos argumentos con los que los sofistas hicieron que considerara irracionales y estúpidos a todos los seres a ex­cepción del hombre.

Ulises.— Así que ahora, Grilo, has cambiado de opi­nión. Y ¿afirmas también que la oveja y el asno tienen uso de razón?

Grilo.— Precisamente de ellos, noble Ulises, se puede muy bien deducir que la naturaleza animal no está despro­vista de razón ni de capacidad de comprensión. Pues igual que no hay un árbol más o menos inanimado que otro, sino que todos ellos son igualmente insensibles (ya que ninguno de ellos posee alma), del mismo modo no podría dar la im­presión de que un animal tiene una inteligencia menos des­pierta o es menos apto para aprender que otro, a no ser que todos ellos estuvieran dotados de razón y de capacidad de comprensión, por más que unos lo estén en mayor medida que otros.
Y date cuenta de que, cuando comparas a un asno o a una oveja con una zorra, un lobo o una abeja, las habilida­des y sutilezas de unos ponen en evidencia las necedades y la desidia de los otros [***]. Es como si se compara a Polifemo contigo o al famoso Homero de Corinto con tu abuelo Autólico. Y no creo que entre dos animales haya tanta diferencia como la que hay entre dos humanos en cuestión de inteligencia, capacidad de razonamiento y memoria.

Ulises.— Pero Grilo, mira que es algo muy duro y terri­ble conceder el uso de razón a seres que no pueden concebir a Dios.

Grilo.— Entonces, Ulises, ¿tendremos que negar que al­guien tan sabio y notable como tú descienda de Sísifo?

Plutarco
Moralia
Los animales son racionales ó Grilo
Año 46 dC – 119 dC

Editorial Cultura Vegana
www.culturavegana.com

FUENTES BIBLIOGRÁFICAS

1— amazon.es, «Obras morales y de costumbres (Moralia) IX», Plutarco, Editorial‎ Gredos, Edición Nº9, 5 de agosto de 2016. Componen el grueso de este volumen varios escritos dedicados a las ciencias naturales y «Sobre comer carne», una de las más destacadas defensas del vegetarianismo de toda la Antigüedad.


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