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Tomando la igualdad en serio

Publicación: 14 octubre, 2021 |

El capitalismo ha conseguido crear una dinámica terrorífica de explotación en la que los animales son mano de obra y recursos, y donde el beneficio pesa más que cualquier otro razonamiento.

Como especie, nuestra relación con los animales es extraña. Tenemos canales de televisión por cable que les dedican la totalidad de su programación y, al menos en el mundo occidental, la institución de los animales de compañía está fuertemente arraigada en nuestra tradición cultural. Con el surgimiento de tiendas como Petsmart, ir de compras con tu animal de compañía se ha convertido en algo cotidiano en la vida de mucha gente. Puedes entrar en sus establecimientos con tu perro, echar una ojeada por la sección de juguetes o que olfatee descaradamente por la sección de comida para perros.

Nuestros animales de compañía han ocupado un lugar en nuestras vidas muy similar al papel que desempeñan los niños. Los norteamericanos gastamos miles de millones de dólares cada año en nuestros animales de compañía; les compramos golosinas, juguetes, premios y muebles. Muchos perros incluso comparten la cama con nosotros.

Cualquiera que conviva con un animal de compañía sabe que son criaturas con sentimientos, que son inteligentes y que piensan. Cualquier propietario de un perro o gato no necesita participar en interminables debates filosóficos sobre teorías de la mente para saber que poseen una noción de sí mismos. Tienen una comprensión de su entorno, tienen intereses; pueden sentir placer y dolor, y distintos estados de ánimo. Muchos de nosotros nos damos cuenta de que los animales con los que convivimos tienen todas estas cualidades, pero sin embargo, casi nunca se nos ocurre que otros animales también las tienen. ¿Qué hay de las vacas, las gallinas, los cerdos y las ovejas? ¿Podemos estar seguros de que no desean la compañía, la comodidad y el placer que sabemos que los animales domésticos desean? Hemos creado una falsa dicotomía al atribuir unos comportamientos exclusivamente a los animales con los que convivimos en casa mientras se los negamos a los animales de otras especies; esta dualidad nos ciega, impidiéndonos darnos cuenta de que hay deseos y necesidades comunes a todos los animales.

El problema radica en que hemos construido una sociedad en la que pocas veces se nos invita a cuestionarnos de dónde procede lo que consumimos, y esto es aplicable a los animales que se utilizan para muchos de nuestros productos diarios. Mientras mimamos a un tipo de animales, a otros nos los comemos. La principal diferencia es que a los primeros los hemos llegado a conocer, mientras que los otros son criados y sacrificados por otras personas, se envían embalados en envoltorios de plástico y son servidos como cena. Esto representa la profunda contradicción moral que nuestra cultura tiene en relación a los animales. ¿Por qué nuestro perro es un miembro de la familia mientras que el cerdo es nuestra comida? ¿Con qué argumentos justificamos esta diferencia?

Te pido que a lo largo del libro mantengas una mentalidad abierta a estas cuestiones. A pesar de que es más cómodo ridiculizar a quienes se preocupan por los animales, tildándoles de cursis sentimentalistas o de sabelotodo que intentan dar lecciones (lo sé porque yo solía pensar así), en las próximas páginas muestro un análisis basado en una compresión clara de nuestra economía y nuestra sociedad. Al mirar cómo se producen nuestros recursos, sitúo la ganadería y las industrias relacionadas (las cuales obtienen beneficios del uso de animales) dentro de la amplia dinámica de la explotación capitalista. Como sucede con la mayoría de los bienes de consumo, los procesos y métodos implicados para elaborar productos de origen animal se ocultan tras un complejo sistema de producción y consumo. En las próximas páginas, te insto a que te plantees estas condiciones, que pienses si realmente podemos justificar lo que estamos haciendo, día sí y día también, a miles de millones de criaturas con capacidad de sentir.

Para aquellos de vosotros que seáis escépticos: comprendo vuestro recelo, os ruego que seáis pacientes. Lo admito, yo tardé más de una década en aceptar muchas de las ideas que se exponen en este libro, durante esos años luché contra mi propia conciencia; fue un largo camino, cada paso estaba precedido de un lucha interna en mi cerebro. Después de un cumpleaños, hace unos pocos años, recapacité sobre mi vida, me di cuenta de que si quería ser consecuente con mis principios y mi ética, si realmente quería vivir en un mundo que rechazase la dominación y las jerarquías, sólo tenía una opción: dejar de participar en la crueldad hacia los animales todo lo que me fuera posible.

Fue una elección que tomé no sólo por mi deseo de erradicar el sufrimiento del que era testigo, sino también por mi deseo de vivir una vida coherente con el anarquismo social. A pesar de que probablemente haya tantos anarquismos como anarquistas, yo baso mi anarquismo social en el deseo de libertad, de luchar contra las jerarquías, la dominación y la opresión.

Mientras que el anarquismo social confía en la responsabilidad colectiva para lograr una sociedad mejor, más justa y más equitativa, yo además considero que para ser anarquista, lo primero y fundamental es cuestionar la jerarquía: por qué existe, a quién beneficia y por qué está mal. Al analizar distintas formas de dominación normalizadas en nuestra cultura, como el sexismo o el racismo, uno empieza a darse cuenta de que la dominación no es simplemente un elemento intrínseco de la sociedad humana, más bien es un conjunto de formas de relacionarse entre individuos que históricamente han beneficiado a una clase social o a un grupo de personas frente a otras. Cuando comencé a aplicar estos fundamentos a nuestras relaciones con los animales me impactó el darme cuenta de que dichas relaciones se sostienen sobre las mismas jerarquías, las cuales conllevan un enorme sufrimiento, tanto para producir beneficios económicos como para satisfacer deseos y necesidades humanas que podrían ser solventadas de otro modo.

En resumen, cuando pensé profundamente sobre ello y le dediqué el tiempo necesario, cuando decidí ser honesto conmigo mismo, me di cuenta de que mis ideas políticas y mi ética no podían justificar la dominación basada en la categoría de “especie”, de la misma manera que tampoco podía justificar la dominación basada en el género, la raza o la nacionalidad. Cuando veo que los animales son explotados como recursos, veo las similitudes con la explotación de los humanos, a quienes se considera recursos laborales. Cuando me planteé en serio si realmente podía continuar causando sufrimiento simplemente porque me resultaba cómodo, porque me facilitaba la vida, a pesar de que contaba con los medios para hacerlo de otra forma, me di cuenta de que no era justo.

Si realmente deseamos que haya justicia social y económica, si rechazamos una concepción del mundo en la que impera la ley del más fuerte, entonces debemos aplicar nuestra percepción a todos, especialmente a los más débiles. No podemos tener una noción de justicia referente a los débiles y aplicarla a unos pero negársela a otros. En ese caso no habría equidad, viviríamos en un mundo en el que imperaría la ley del más fuerte.

Como anarquista social, que desarrolló sus ideas con el trabajo de pensadores como P. Kropotkin y Emma Goldman, me encontré planteándome estas difíciles cuestiones; criticando mi papel en la opresión, y concluyendo que no podía seguir tomando parte en ella simplemente porque “siempre ha sido así.” A medida que vayas pasando páginas, te animaré a que abras las puertas a dichas cuestiones, a que recapacites sobre tus propios valores éticos, a que decidas si puedes justificar tu participación en una de las formas de dominación más enraizada y cruel de nuestra cultura.

A pesar de que a lo largo de este libro se hacen múltiples referencias a la teoría anarquista, especialmente a la noción de ecologismo social de Murray Bookchin, también menciono las teorías marxistas sobre economía política, con ello pretendo que se comprenda cómo la explotación animal es una ramificación de las dinámicas del capitalismo. Otros antes que yo (especialmente David Nibert, en su libro Animal rights/Human rights) han recurrido al análisis sociológico y marxista para entender la opresión de los animales. [1]

El trabajo de Nibert es vital, porque analiza la larga historia de la explotación animal, y lo hace reescribiendo la historia desde la perspectiva de los oprimidos. Lo que es más interesante, Nibert comienza su trabajo con un análisis sociológico de la opresión, mostrando cómo la subyugación tiene unas causas enraizadas en la economía, la ideología y las costumbres sociales. Las ideas de Nibert muestran cómo los componentes ideológicos de una sociedad necesariamente se reflejan en una dimensión material, o dicho de otro modo, la manera en la que se nos socializa y se nos enseña a entender el mundo influye en cómo nos comportamos en él. Esta socialización es responsable de recrear los procesos sociales y económicos que mantienen a los animales y a las personas sometidas. En resumen, ayuda a entender por qué no nos planteamos estas cuestiones con más asiduidad, y cómo el hecho de que no las cuestionemos contribuye a sustentar el poder establecido.

Nibert aplica este enfoque a la relación que mantenemos con los animales, así pretende que comprendamos cómo la dominación de los animales se produce tanto a nivel ideológico como material. Solucionando una carencia en la que incurren algunos teóricos destacados (incluido el “padre” del movimiento de la liberación animal, Peter Singer), el autor analiza cómo la opresión tiene un componente basado en las relaciones ideológicas y económicas. Nibert recurre al análisis sociológico para crear una teoría sobre la opresión más amplia, refiriéndose a categorías como la raza, la clase social, el género o la especie como sistemas de opresión que interactúan entre sí y dependen los unos de los otros. El autor analiza todos estos ámbitos de opresión, explica su relación y cómo se refuerzan mutuamente. Comenta:

La opresión que padecen los distintos grupos devaluados en las sociedades humanas no es independiente. Por el contrario, los pilares en los que se sostienen las diversas formas de opresión están unidos de tal manera que la explotación de un grupo generalmente conlleva el aumento de la explotación de los otros. [2]

Según Nibert es importante que para que se produzcan cambios en el entramado de la opresión es necesario que se modifique la ideología y la estructura social, y no es suficiente con cambios en el comportamiento individual. La estructura económica y los procesos de una sociedad son el punto crucial de este análisis, independientemente de nuestra intención individual. Mediante el largo proceso de socialización pasamos a asimilar una determinada visión del mundo. Es un patrón que nos lleva a ver, categorizar y entender el mundo (incluidos los grupos de oprimidos) de una manera determinada; no somos conscientes de las pautas que hemos asimilado, pero siempre están presentes.

El que no cuestionemos nuestra manera de concebir el mundo es esencial para que se mantengan las relaciones de poder que forman parte del sistema capitalista. El capitalismo se caracteriza por una división de clases sociales; una de las clases controla los medios de producción y otra clase se ve forzada a vender su trabajo para poder vivir. Mediante el trabajo de los obreros, los propietarios de los medios de producción (los burgueses) obtienen bienes, pagando a los trabajadores un salario menor de los bienes que ellos han producido. Esta división de clases es la esencia del capital; sin el trabajo de los obreros, la clase propietaria sería incapaz de aumentar sus riquezas. En el sistema de producción capitalista la competición es fundamental en dos sentidos: primero, la competición entre los trabajadores para conseguir que los burgueses les den una migaja mayor hace que se debiliten las relaciones de solidaridad entre ellos, resquebrajándose la resistencia contra el poder del capital; segundo, la competición del mercado y la mentalidad de “crece o muere” conllevan que los propietarios de los medios de producción estén permanentemente replanteando la producción de múltiples formas.

Esto no sólo tiene efectos negativos en el trabajo, también desencadena lo que los economistas denominan “externalidades negativas”, es decir, el efecto colateral que conlleva el deseo continuo de crecer de manera ilimitada en un planeta con límites. Mientras el ecosistema se resiente al tener que alimentar un sistema que necesita crecer a toda costa, las consecuencias se hacen patentes: el ecosistema acumula los productos tóxicos que en él vertemos, los océanos se vacían conforme extraemos de él redes y redes repletas de peces [3], y aquellos que no pueden escapar de la contaminación sufren como víctimas del racismo o clasismo ecológico. Los efectos de este sistema sobre los humanos, los animales y el ecosistema son devastadores. No sólo devaluamos a otros humanos y animales a meros instrumentos de trabajo, también se nos ha hecho creer que ésta es la única solución posible para la supervivencia humana y la felicidad. Las consecuencias son horribles.

Karl Marx concebía a los seres humanos como criaturas inherentemente creativas que transforman el mundo, por ello argumentaba que conforme construimos nuestras vidas influimos en otros individuos que propagan este mismo tipo de vida, y que nuestra conciencia del mundo es un producto social basado en esta materialidad [4]. “La vida –escribió Marx– no está determinada por la conciencia, sino la conciencia por la vida”. [5] En este sentido, la forma en que vivimos en el mundo material nos conecta con otros, un proceso tan antiguo como la propia humanidad. Al hacer esta argumentación teórica sobre la humanidad y su vida mental, Marx está enlazando nuestros aspectos materiales de la vida con los aspectos ideológicos.

La ideología (un conjunto de pautas sociales y culturales que empleamos para dar sentido a nuestra existencia) es la herramienta mediante la que reconstruimos el mundo diariamente, a la vez que explica su funcionamiento y el lugar que ocupamos en el mismo. Al vivir según la ideología que se nos ha inculcado, reproducimos las condiciones del mundo, sus instituciones y prácticas. [6] Teniendo esto en cuenta, la ideología nunca es neutra, sino que toma parte en las relaciones de poder que gobiernan nuestra sociedad. Para Marx, la fuerza material que dirigía una sociedad también era su fuerza intelectual. [7] Aquellos que controlaban los medios de producción de una sociedad, al mismo tiempo podían controlar los medios de producción mental, creando ideas en todos nosotros que “simplemente son la expresión ideal de la relación de dominación material” o ideas que justifican la dominación por parte de una clase en concreto. [8]

Teniendo en cuenta que vivimos en una sociedad capitalista basada en una economía capitalista, nuestras cabezas están repletas de una ideología que justifica la dominación inherente en dicho sistema. Para muchos de nosotros esta ideología es completamente familiar, constituye los esquemas cotidianos que nos permiten entender la realidad.

En muchas de mis clases de introducción a la sociología comienzo debatiendo sobre la pobreza, preguntando a los estudiantes por qué la gente es pobre. Siempre alguien dice que la gente pobre es vaga o poco inteligente, que de alguna manera merecen su condición. Sin embargo, si se echa una ojeada a la literatura social sobre la pobreza obtendremos una imagen más compleja. La pobreza y el desempleo son una parte necesaria para que se mantenga nuestro orden económico. Sin ellos, el capitalismo dejaría de funcionar con eficacia. Para poder funcionar, el sistema necesita producir pobreza y un ejército de desempleados o trabajadores en situación de precariedad laboral.

A pesar de ello, los estudiantes (y muchos otros, incluyendo personas inmersas en la miseria) [9] afirmarán que se basa exclusivamente en el comportamiento individual, negando que sea consecuencia de nuestro orden social y económico. Fijándonos en el ejemplo de la pobreza, podemos observar que la ideología puede tener terribles consecuencias si justifica y fomenta las desigualdades sociales. En el caso de las desigualdades económicas, la ideología nos otorga la maquinaria mental para que culpemos a las víctimas y simultáneamente protege a quienes controlan la riqueza y el capital.

Si a todos se nos hace creer que estas diferencias en el patrimonio económico personal son una cuestión de holgazanería, estupidez o cualquier otra justificación similar, entonces no estaremos en una posición que nos permita atacar la raíz del problema. En lugar de luchar por un sistema más equitativo en la distribución de los bienes económicos y sociales, culpamos a las víctimas. Esto es insidioso, porque la ideología es algo que llevamos en nuestras cabezas; nuestro entendimiento cotidiano del mundo se basa en ella. El marxista italiano Antonio Gramsci argumentó que la constelación de fuerzas económicas y sociales desembocaba en un orden hegemónico, dicho orden se perpetuaba continuamente con la lucha entre las pulsiones opresivas del capital y las fuerzas de oposición por la liberación. [10]

Para Gramsci, esta hegemonía constituía nuestro “sentido común” cotidiano, definiendo los límites de lo posible y creíble para nosotros; definiendo la topología de los mapas que empleamos para vivir en el mundo y comprenderlo. Este es el engranaje mental de la dominación y, nos guste o no, todos vivimos en él. Mecanismo que explica la pobreza, pero también el sexismo, el racismo o incluso el especismo. La opresión funciona dentro de este ámbito ideológico, una combinación de fuerzas físicas y mentales que mantienen el statu quo a través de las instituciones sociales. Para entender esta relación, Nibert desarrolló una teoría trifactorial, en la que mostraba cómo la opresión se produce gracias a mecanismos sociales y económicos que se potencian entre sí. El primer factor que mantiene la opresión es la noción de explotación económica o competición, motivado por la diferenciación. La sociedad explotará o discriminará a un grupo percibido como diferente si obtiene beneficios económicos con ello. Para ello es necesario que el grupo dominante tenga poder suficiente sobre los “otros”, lo que nos lleva al segundo factor de la teoría de Nibert: debe haber desigualdad de poder. Uno de los grupos tendrá una fuerte capacidad para controlar el Estado (capitalista). La violencia y el poder propios del Estado permiten al grupo dominante ejercer la explotación citada en el primer factor, reforzando cualquier explotación que esté surgiendo. Tercero, la manipulación ideológica (basada en el orden económico mencionado en los dos factores anteriores de la ecuación) contribuye a crear actitudes, creencias y prejuicios que, a su vez, potencian la explotación.

Teniendo en cuenta estos puntos, la explotación se convierte en un fenómeno que forma parte de nuestro sistema social y económico; no es sólo algo que se pueda atribuir simplemente a los prejuicios individuales. El racismo, por ejemplo, puede ser considerado desde la estructura que Nibert propone. En la historia del capitalismo, el racismo ha constituido una fuerza que creaba beneficios, que permitía manipular y dividir a la clase trabajadora, proporcionando trabajo barato al sistema capitalista burgués. Los límites del racismo pueden ser distintos dependiendo de la sociedad, pero su esencia es la misma, y juega un papel decisivo para mantener las jerarquías sociales y económicas dentro del capitalismo.

El racismo justifica la situación que viven aquellos que se enfrentan a las peores condiciones laborales y quienes reciben un salario menor. El racismo es el pegamento ideológico que mantiene unidas distintas partes de nuestro orden económico. El racismo proporciona la idea de que los no blancos en la sociedad americana deben tener los peores trabajos porque son menos inteligentes, menos eficaces, y por consiguiente, merecen menos.
Al mismo tiempo, el racismo estructura y socializa a las personas de distintas clases para que jueguen lo que Wallerstein llama sus “roles apropiados” dentro de un orden económico explotador [11]. Es decir, el racismo facilita la explotación y la opresión de una clase de gente sin una justificación real que vaya más allá de la pertenencia a una categoría socialmente construida de raza. En lugar de ver una historia de esclavitud, opresión y explotación, sólo vemos una persona de “otra” raza que merece la situación de desventaja que padece.

Una vez comentado el aspecto económico y estructural del racismo, es importante recordar que, incluso si mañana un número importante de personas dejasen de emplear epítetos racistas, las raíces y la estructura económica que alimentan el racismo seguirán funcionando; seguiría existiendo el racismo institucionalizado. Seguiría vigente la injusticia social y económica que padecen los “otros” (de distintas razas), injusticia que, al menos en EEUU, se ha establecido y mantenido durante varios siglos de explotación. De la misma forma, si dejásemos de ser sexistas de forma inmediata, perduraría el sexismo del sistema que devalúa el trabajo de las mujeres y que las presiona para que hagan trabajos (como el mantenimiento del hogar) que sirven como una subvención invisible* al capitalismo.

* Entendemos que Bob Torres usa el término ‘invisible subsidy’ para referirse a ciertas tareas que pasan desapercibidas pero que al capitalismo le benefician. Por ejemplo, en los mercados te informan del producto y te lo entregan, pero en los supermercados son los clientes los que se tienen que informar sobre cada producto e ir por los pasillos cogiéndolos, esto disminuye los costes a las empresas y aumenta los beneficios. En restaurantes de comida rápida, empresas como IKEA, etc. sucede lo mismo. En este caso Torres señala que el capitalismo utiliza a los trabajadores como fuente de trabajo y le beneficia que las mujeres provean a esos trabajadores de un hogar.

A pesar de que mucha gente rechace la idea, el especismo funciona de manera similar. Lejos de ser simples prejuicios hacia los animales sólo por ser animales, el especismo forma parte de nuestra maquinaria económica, social y mental, potenciándose `mediante la interacción de estas partes. El especismo constituye un aspecto estructural del orden político-económico. Si aludimos a la teoría trifactorial de Nibert, incluso un análisis elemental del modo en que los animales son integrados en nuestras vidas, en nuestra cultura y en nuestra economía, muestra que están oprimidos. Tomando el primer factor de la teoría de Nibert (el mantenimiento de la opresión se basa en la explotación económica o la competición), es evidente que explotamos a los animales por nuestros propios intereses y antojos. Directamente consumimos los cuerpos de los animales como alimento, también utilizamos sus cuerpos como fábricas de leche, huevos y otros productos; nos vestimos con su piel y su pelo; utilizamos a los animales para realizar experimentos científicos y les explotamos para entretenernos con ellos o para que nos satisfaga su compañía. Los animales han jugado un papel importante en el desarrollo del capitalismo industrial, funcionando como nuestra propiedad (como esclavos) y a este respecto, deberían ser considerados parte de la clase trabajadora. [12]

Como explicaré en el tercer capítulo, los animales son simplemente propiedad desde un punto de vista legal, este estatus que les imponemos nos permite continuar explotándoles. Es sencillamente tradición, mercancía y beneficio.

El segundo factor de la teoría de Nibert (que el grupo dominante posee un mayor poder y la capacidad para explotar al otro grupo ayudado por su control sobre el Estado) se hace perfectamente evidente en el caso de los animales. Encadenamos a los animales, les confinamos y enjaulamos, al mismo tiempo que les consideramos nuestra propiedad, contando con el beneplácito de la ley. Aunque existen normativas para impedir la crueldad en la mayoría de los países industrializados, éstas raras veces se aplican a los animales encerrados en granjas, ni siquiera se suelen aplicar a otros animales. Este armazón legal que se aplica a la explotación, realmente ayuda a que dicha dominación se fortalezca y se extienda.

Por último, la manipulación ideológica nos hace creer que este orden piramidal es natural, deseable y beneficioso para todos. Esto, a su vez, impulsa los dos factores de explotación de Nibert previamente explicados. Para entender hasta qué punto la opresión de los animales nos resulta normal, uno simplemente tiene que ir a la tienda de comida más próxima. En ellas hay pasillos repletos de cuerpos de animales o de sus excreciones, nuestros abrigos y zapatos están hechos con su piel. A la gran mayoría de nosotros esto nos parece normal. Dedicamos tanto tiempo a reflexionar sobre los animales que consumimos como al oxígeno que respiramos. Los blancos que se benefician de los privilegios que se les otorgan, pocas veces, o ninguna, se molestan en plantearse la naturaleza de los mismos. No necesitan comprender su historia, sus orígenes, o sus implicaciones para beneficiarse de ellos y aceptarlo como algo natural. Ni siquiera necesitan ser conscientes de que existen.

Al igual que los blancos de nuestra sociedad que disfrutan de los beneficios sociales y económicos de ser blancos, los humanos disfrutamos de los beneficios sociales y económicos de pertenecer a la especie humana. De la misma manera, no vemos la necesidad de reflexionar sobre la historia, el origen o las implicaciones para disfrutar de las ventajas que conlleva (como muchos me dicen cuando critican que sea vegano) el estar “en la parte superior de la cadena trófica” [13]. (Volveré a plantear todos estos aspectos en el segundo capítulo).

De la misma forma que vivimos en un orden social y económico cuya estructura está diseñada para explotar personas, vivimos en un orden cuya estructura está planteada para explotar animales. Se nos incita a pensar que ambas cosas son naturales e inevitables, pero no es así. Ambas formas de explotación tienen una larga historia como parte del desarrollo de nuestro moderno orden económico. Entender este orden y sus raíces de dominación, es esencial para comprender cómo todas estas fuerzas opresivas se fundamentan en las dinámicas económicas del capitalismo. Si queremos lograr terminar con la opresión (independientemente de que se base en la raza, clase, especie o identidad sexual) vamos a necesitar atacar el orden económico que potencia esta opresión. Vamos a tener que luchar contra el capitalismo. [14]

Siguiendo los pasos de mis predecesores, criticaré el capitalismo a lo largo de este libro. El capitalismo es el orden económico actual, se caracteriza por ser una fuerza de alienación y de explotación, por situar la obtención de capital por encima de todo lo demás.

Aunque es cierto que la explotación animal podría existir sin que haya capitalismo, la estructura y naturaleza del capitalismo contemporáneo ha propagado y empeorado nuestra dominación sobre los animales y el mundo natural. El estado del bienestar para el que trabajan los animales dentro del capitalismo es particularmente explotador; a lo largo del capítulo 2 profundizaré en ello.

A pesar de que habitualmente nos conviene ignorar a los animales que han sufrido para nuestra cena, merece la pena que seamos conscientes de que en la agricultura intensiva capitalista, tan extendida en los países industrializados, los animales son meros medios para conseguir un fin: obtener capital. En conclusión, los animales pasan a ser simples máquinas vivas; en lugar de ser seres que viven para sí mismos son seres que viven para el capital.

El capital está literalmente impreso en los cuerpos de los animales, no sólo por las señales de pertenencia como los crotales, tatuajes o las cicatrices que les quedan tras ser quemados con acero incandescente; también por el modo en que se han transformado sus cuerpos a través de la selección genética, para convertirles en recursos más eficaces, especialmente en las dos últimas décadas. A lo largo de este libro pretendo analizar este desarrollo, comprender sus causas y cómo encajan en las relaciones políticoeconómicas del capital. También recurriré a la teoría de Murray Bookchin para realizar un enfoque que cuestione tanto las jerarquías que mantenemos con los animales como las que mantenemos entre nosotros.

De comentar cómo el capitalismo arraiga, extiende y perpetúa la explotación de los animales, pasaré a criticar algunas tendencias actuales dentro del activismo por los animales, demostrando que no consiguen entender el funcionamiento del capitalismo. Para concluir el texto explico la historia del anarquismo social con el fin de poder sugerir una nueva hoja de ruta para aquellos que desean un mayor respeto para los animales en nuestra sociedad. Aunque los anarquistas sociales no siempre se han mostrado receptivos a integrar el tema del sufrimiento animal en sus luchas y modo de vida, considero que las herramientas de los anarquismos pueden ser aplicadas a sí mismos para solucionar esta carencia. Lejos de las tradiciones políticas de la izquierda, el anarquismo social es el terreno más fértil en el que sembrar las semillas de una política de igualdad, incluso una igualdad que abarque a los miembros de otras especies.

Por último, incluyo una aclaración final sobre el tema de “derechos”. Dentro del título del libro aparece dicho término, lo cual puede ser sorprendente teniendo en cuenta que el autor es anarquista. Después de todo, los derechos son garantizados por los estados y los anarquistas no suelen considerar que éstos generen libertad o sean una institución positiva. Es más, los estados contemporáneos casi siempre funcionan según la lógica del capitalismo o al menos son dirigidos por una élite capitalista. Por consiguiente, habrá quien afirme que el usar el término “derechos” implica el peligro de estar reclamando la intervención del Estado. Aunque no voy a negar que los derechos legales (incluso los garantizados por un estado capitalista) pudieran tener efectos prácticos y reducir algunas formas de explotación animal, de lo que yo hablo es mucho más importante. Con el término “derechos” me refiero al reconocimiento de que los animales tienen intereses que merecen ser respetados. A lo largo de las siguientes páginas, emplearé ese término en un sentido amplio, refiriéndome con él al reconocimiento de esos intereses.

Teniendo en cuenta todo lo que el Estado ha invertido en perpetuar las relaciones de dominación entre las que se incluye la explotación animal, no creo que vaya a ser ninguna fuerza que pretenda garantizar los derechos de los animales (ni tampoco de los humanos, al menos no de forma significativa). Por el contrario, estos derechos sólo pueden ser garantizados de una manera: mediante un reconocimiento social global de los intereses de los animales, y como consecuencia el reconocimiento de que debe cesar su explotación. Para lograr semejante cambio en la mentalidad humana es necesario un amplio activismo de base propio de un movimiento social, y no la intervención de un aparato estatal ligado a los intereses económicos. Mi deseo es que este libro sea útil, no sólo desde un punto de vista analítico, sino que además se una a las muchas voces que piden justicia.

Bob Torres
Por encima de su cadáver
Capítulo 1

Editorial Cultura Vegana
www.culturavegana.com

FUENTES BIBLIOGRÁFICAS

1– NIBERT, David Allan. 2002. Animal Rights/Human rights. Rowman & Littlfield Pubblishers.

2– Ibid., 4.

3– De acuerdo con un estudio de 2006, resumido por la BBC si continuamos con las cifras de pesca actuales, el stock de las piscifactorías se agotaría en cincuenta años.

4– MARX, Karl. 1978. The german ideology: Part 1, in the Marx Engels Reader, 2nd. Ed., ed. Robert C. Tucker. New York and London: W.W. Norton & Company.

5– Ibid., 155.

6– ALTHUSSER, Louis. 1971. Ideology and ideological state apparatuses, in Lenin and Philosophy and Other Essay. New York & London: Nonthly Review Press.

7– MARX, Karl. The german ideology: Part 1.

8– Ibid., 173.

9– NATIONAL PUBLIC RADIO. 14 de Agosto de 2007. Poverty in America.

10– GRAMSCI, Antonio. 1971. Selections from the prison notebooks. Nework: International Pubblishers.

11– WALLERSTEIN, I; BALIBAR, E. (ed.) 1991. The ideological tensions os capitalism: Universalism versus racism and sexism, in Race, Nation, Class: Ambiguous Identities. London: Verso.

12– HRIBAL, Jason. 2003. Animals are part of the working class: A challenge to labor history. Labor History 44, no. 4.

13– Curiosamente nadie usa este argumento cuando alguien es atacado
por un oso o comido por cocodrilos o tiburones.

14– Esto no pretende sugerir que todos los sistemas explotadores tengan el mismo origen, efectivamente, la opresión de las mujeres tiene diferentes precedentes que la opresión de gente de color, o de los animales. La historia de cada uno es distinta, pero es importante darse cuenta de que todos ellos han sido empleados por el capitalismo.


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