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Caníbales, vegetarianos y pueblos míticos desde la Antigüedad

Publicación: 27 septiembre, 2025 |

Desde los albores de la cultura occidental, los relatos de los pueblos antiguos han oscilado entre dos polos aparentemente opuestos:

Enemigos siendo asesinados y asados ​​en Sudamérica – grabado de Theodor de Bry (1592)

Por un lado, comunidades descritas como bárbaras y sanguinarias, entregadas al canibalismo; por otro, pueblos pacíficos y frugales que rechazaban la carne y basaban su dieta en alimentos vegetales. Estos relatos, recogidos por Homero, Herodoto, Estrabón o Diodoro Sículo, no solo hablan de la alimentación, sino que reflejan la visión que los griegos y romanos tenían de sí mismos frente a los “otros”.

Los pueblos caníbales en la literatura griega

Homero, en la Odisea, menciona a pueblos caracterizados por su canibalismo. Uno de los ejemplos más célebres aparece en el libro IX (9.39-61), donde Ulises y sus compañeros se enfrentan a los Cíclopes, gigantes que devoran carne humana sin remordimiento [1]. La figura del caníbal funciona aquí como la antítesis de la polis civilizada: seres irracionales, ajenos a la hospitalidad (xenia) y al orden social.

Herodoto, considerado “el padre de la Historia”, también describe a los andrófagos (literalmente, “comedores de hombres”), situados al norte de los escitas (Historias, 4.106). Este pueblo, según su testimonio, no respetaba ni leyes ni costumbres, reforzando la asociación entre canibalismo y barbarie [2]. De manera semejante, otras fuentes aluden a pueblos remotos, en India o Etiopía, vinculados con la antropofagia. El recurso literario era claro: situar la alteridad y el salvajismo “más allá del mundo conocido”.

Nombres asociados a dietas específicas

Algunos relatos antiguos otorgaban a ciertos pueblos nombres derivados de su dieta particular. Es el caso de los elefantófagos, mencionados por Agatárquides (fr. 55), quienes supuestamente habitaban junto al mar Rojo y se alimentaban exclusivamente de carne de elefante [3]. Estas denominaciones reforzaban la idea de que ciertos pueblos estaban marcados por hábitos alimentarios extremos, lo que los distinguía radicalmente de la “normalidad” mediterránea.

Los pueblos vegetarianos y la idealización del “buen salvaje”

Frente a la imagen oscura del caníbal, también se narraban historias de pueblos pacíficos cuya dieta se basaba en productos vegetales. Homero describe en la Odisea (9.82-105) a los lotófagos, que solo consumían flores de loto y vivían en paz, ajenos a la violencia [4]. El mito los asocia con la pérdida de memoria y la desconexión del mundo, un contrapunto a la dureza de la vida guerrera.

Diodoro Sículo (5.21.5) habla de los pictos a través de Timero, elogiando su sencillez y frugalidad basada en cereales [5]. Sin embargo, César, en su De Bello Gallico (5.14.2), presenta un relato distinto, describiendo a los pueblos britanos como guerreros que incluso podían practicar formas de canibalismo. La contradicción entre ambas visiones muestra cómo la dieta de los pueblos antiguos podía ser idealizada o demonizada según la perspectiva del observador.

Ejemplos reales de vegetarianismo en la Antigüedad

No todo eran relatos míticos. Algunos autores mencionan pueblos históricos que practicaban cierto tipo de vegetarianismo. Estrabón (7.297) se refiere a los getas tracios, quienes habrían mantenido una dieta sin carne. La tradición cuenta que Salmoxis, sirviente tracia de Pitágoras, pudo haber influido en las enseñanzas de su maestro, introduciéndolo en la abstinencia de carne [6].

Estas conexiones muestran cómo las ideas sobre el vegetarianismo no fueron únicamente invenciones literarias, sino que pudieron estar vinculadas con prácticas culturales reales, transmitidas y transformadas en los círculos filosóficos griegos.

Caníbales y vegetarianos como proyecciones culturales

El contraste entre pueblos caníbales y vegetarianos revela más sobre los griegos y romanos que sobre los pueblos descritos. El caníbal representaba el límite de la barbarie, aquel que no respetaba la vida humana ni las leyes. El vegetariano, por el contrario, encarnaba el ideal del “buen salvaje”, sencillo, pacífico y frugal. Ambas figuras funcionaban como espejos en los que las civilizaciones clásicas proyectaban sus miedos y aspiraciones.

Los relatos de la Antigüedad sobre la dieta de los pueblos “otros” no deben leerse como descripciones etnográficas fidedignas, sino como construcciones simbólicas. La ingesta de carne —y su ausencia— se convirtió en un marcador de civilización o barbarie, de violencia o pureza. A través de estas narraciones, los autores clásicos dieron forma a una geografía moral en la que la alimentación era un signo cultural tan poderoso como la lengua, la religión o las leyes.

Caníbales hoy en día

Lejos de ser un vestigio exclusivamente asociado a sociedades antiguas, el canibalismo persiste en determinados grupos humanos actuales, integrado en sus sistemas de creencias y estructuras culturales. Aunque en el imaginario occidental suele vincularse a prácticas bárbaras o primitivas, para algunas comunidades el consumo ritual de carne humana mantiene un valor simbólico y espiritual de gran relevancia.

En Nueva Guinea, los Korowai constituyen probablemente el ejemplo más conocido. Para esta comunidad, la muerte provocada por enfermedad se interpreta como la acción de un espíritu maligno que devora los órganos internos del difunto. El acto de ingerir el cuerpo del fallecido se entiende, por tanto, como un medio para liberar a la víctima de esa entidad demoníaca, conservando además un vínculo entre los vivos y el muerto.

En África Occidental se documenta la llamada Sociedad del Leopardo, célebre tanto por su iconografía —sus miembros se cubren con pieles de leopardo— como por los ataques a forasteros. Según diversos testimonios, tras dar muerte al extranjero, descuartizan su cuerpo y lo consumen con la convicción de que ello refuerza el poder colectivo de la agrupación.

Los Aghori, una secta ascética localizada en el norte de la India, representan otro caso significativo. Estos monjes, asociados a prácticas rituales extremas, incorporan el consumo de carne y sangre humanas como parte de su camino espiritual. La ingestión de restos mortales, junto con la meditación sobre cadáveres, busca trascender los límites convencionales entre lo puro y lo impuro, lo sagrado y lo profano.

En América del Sur, los Amahuacas de la Amazonía peruana, un grupo que ha permanecido en gran medida aislado, practican el canibalismo con un sentido diferente: consumir los cuerpos de sus difuntos constituye un mecanismo de preservación espiritual. Creen que, de este modo, las almas de los muertos continúan habitando en el seno de la comunidad.

Estos ejemplos evidencian que el canibalismo, lejos de haber desaparecido, se mantiene en ciertas sociedades como un fenómeno cultural complejo. Más allá del horror que despierta en contextos externos, su vigencia invita a reflexionar sobre las múltiples formas en que los pueblos han concebido históricamente la muerte, el cuerpo y la relación entre los vivos y los muertos.

Vegetarianos hoy en día

Si bien el vegetarianismo suele asociarse a opciones individuales propias de las sociedades modernas, todavía existen comunidades que lo practican de manera colectiva, transmitiéndolo como parte de su identidad cultural y espiritual. Estos casos, aunque minoritarios en comparación con el predominio de dietas carnívoras a escala global, muestran la vigencia de tradiciones milenarias que rechazan el consumo de carne e incluso de todo producto animal.

En India, cuna histórica del vegetarianismo, encontramos a los jainistas, una comunidad religiosa que practica la no violencia (ahimsa) en su grado más estricto. Su dieta es totalmente vegetariana, excluye huevos y, en muchos casos, incluso raíces como la cebolla o el ajo, para evitar dañar formas de vida microscópicas. Algunos ascetas llegan a aproximarse a una alimentación vegana, al evitar también la leche y sus derivados.

En el ámbito del hinduismo, amplios sectores de la sociedad india —especialmente en estados como Gujarat o regiones del sur— mantienen dietas estrictamente vegetarianas, enraizadas en códigos religiosos y culturales transmitidos durante siglos. Estos grupos, además de rechazar la carne, configuran una cocina rica en legumbres, cereales, hortalizas y especias, que ha demostrado ser altamente nutritiva.

En el contexto budista, diversas comunidades monásticas de Sri Lanka, Birmania, Tailandia, China o Japón han mantenido prácticas alimentarias vegetarianas como parte de la disciplina espiritual. En la tradición Mahayana, por ejemplo, la compasión hacia todos los seres vivos se traduce en la exclusión de carne y pescado, dando lugar a variantes de cocina que en muchos casos rozan lo vegano.

También en África Oriental se conserva la tradición de los rastafaris de Etiopía y Jamaica (con su origen espiritual en Etiopía), quienes siguen la dieta ital, basada en alimentos naturales, vegetales y sin procesar. Aunque no todos son estrictamente veganos, la corriente más cercana a la pureza espiritual rechaza por completo los productos animales.

Estos ejemplos demuestran que, en pleno siglo XXI, el vegetarianismo no se limita a elecciones dietéticas individuales en sociedades industrializadas. En distintos lugares del planeta, persiste como una forma de vida colectiva y culturalmente organizada, vinculada a valores espirituales, éticos y de respeto hacia el mundo natural.

Editorial Cultura Vegana
www.culturavegana.com

FUENTES BIBLIOGRÁFICAS

1— Homero (s. VIII a.C.). Odisea. Edición de R. Lattimore (1967). Harper & Row.
https://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus:text:1999.01.0136

2— Heródoto (s. V a.C.). Historias. Edición de A. D. Godley (1920). Harvard University Press.
https://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus:text:1999.01.0126

3— Agatárquides (s. II a.C.). Fragmentos. En: Burstein, S. M. (1989). Agatharchides of Cnidus: On the Erythraean Sea. Hakluyt Society.
https://archive.org/details/agatharchideserythraeansea

4— Homero (s. VIII a.C.). Odisea. Libro IX (versos 82-105).
https://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Hom.+Od.+9

5— Diodoro Sículo (s. I a.C.). Biblioteca Histórica. Libro V, 21.5.
https://penelope.uchicago.edu/Thayer/E/Roman/Texts/Diodorus_Siculus/5B*.html

6— Estrabón (s. I a.C.–s. I d.C.). Geografía. Libro VII, 297.
https://penelope.uchicago.edu/Thayer/E/Roman/Texts/Strabo/home.html


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