Generalmente, el vegetarianismo en la Antigüedad se basaba en la idea de unidad entre los seres humanos y los animales.

También en la creencia religiosa que defendía la reencarnación de las almas en cualquier ser vivo. Si las almas pasaran del cuerpo humano al animal y viceversa, ¿no sería tan malo comer animales como el canibalismo? Al menos, eso pensaban, y negando el consumo de carne también evitaban la posibilidad de practicar ese canibalismo con algún ser querido reencarnado sin su conocimiento.
Algunos opinaban que los dioses desprecian el sacrificio de animales, e incluso Pitágoras despreciaba el uso de pieles para vestirse (Textos 15-16). Los peripatéticos y los estoicos (como principales grupos filosóficos opositores al vegetarianismo) atribuían a los animales un alma, cuyo elemento definitorio era el instinto irracional de la naturaleza. Por tanto, al igual que Aristóteles, defendían que su existencia se entendía solo como un recurso para los seres humanos. De ese pensamiento se extraía una máxima que se resume en que si los animales no pueden actuar con justicia hacia nosotros, tampoco hay posibilidad de que nosotros actuemos injustamente con ellos; es decir, que no existe una relación jurídica entre humanos y animales. Es más, algunos de sus miembros incluso defendían que el canibalismo estaba permitido en caso de emergencia.
Existían honrosas excepciones entre los propios estoicos, entre los que destaca Séneca, un conocido vegetariano que según dijo (Cartas, 87.3) cuando describió su tarifa de viaje: «La comida se limita a lo absolutamente necesario, no lleva más de una hora prepararlo. Nunca paso sin higos secos y sin mis tablillas para escribir; estos sirven, si tengo pan, como sustituto de la carne, y si no tengo, entonces como sustituto del pan». Sin embargo, el propio Séneca reconoció que, aun cuando siempre defendería los beneficios de este tipo de dieta, él mismo solo la practicó esporádicamente (Texto 17), retomando el consumo de carne a petición de su padre que, preocupado por su salud, le persuadió de volver a una dieta más saludable. En cualquier caso, parece que su progenitor tuvo que insistir, y en algunos de sus pasajes deja entrever un amor por los animales casi impropio de los estoicos, pero ¿cómo culparle? cuando en su época (reinado de Tiberio) bastante tenía con oponerse a la tan extendida matanza de personas en el anfiteatro.
El propio Epicuro probablemente también fue vegetariano, y no dudó en instar a sus discípulos para que amasen a los animales, aun cuando nunca lo expresa de manera directa (Texto 18). De ese modo, si bien es cierto que el vegetarianismo nunca llegó a ser un movimiento popular en Grecia, al menos podemos apreciar que ya en aquella época se alzaron voces en favor de los animales oponiéndose al consumo de carne.
Arturo Sánchez Sanz
«¿Vegetarianos en la Antigua Grecia?».
En La Antigua Grecia hoy. De la ciudadanía y sus límites al «desarrollo sostenible», editado por Miriam Valdés Guía y Fernando Notario Pacheco, 315-336. Madrid: Ediciones Complutense, 2024.
Texto 15
A quienes le decían: «Eres ya viejo, descansa ya», les contestó: «Si corriera la carrera de fondo, ¿debería descansar al acercarme al final, o más bien apretar más?». Al invitarle a un banquete, dijo que no asistiría; porque la vez anterior no le habían dado las gracias. Caminaba sobre la nieve con los pies
Diógenes Laercio
desnudos y hacía las demás cosas que se han dicho antes. Incluso intentó comer carne cruda, pero no pudo digerirla.
6.3752 (Trad. C. García Gual)
Texto 16
Era Pitágoras un sabio tal que él en persona no probaba la carne y lo consideraba algo impío. Pero dejaba que los demás la comieran. Admiro su saber. Se aseguraba de no pecar él, y dejaba a los otros el pecado.
Diógenes Laercio
8.46 (Trad. C. García Gual)
Texto 17
Recuerdo que tales consejos nos los daba Átalo, cuando asediábamos su escuela siendo los primeros en llegar y los últimos en salir, incitándolo a ciertas disputas incluso mientras paseaba, dispuesto como estaba no solo a responder a los discípulos, sino a anticiparse a sus preguntas. […] En efecto, cuando escuchaba a Átalo hablando contra los vicios, los extravíos, las desgracias de la vida, con frecuencia sentí compasión del género humano, y lo consideré un filósofo sublime, elevado por encima
del nivel superior humano.[…] Cuando pasaba a estigmatizar nuestros placeres, a alabar la castidad del cuerpo, la sobriedad en el comer, la pureza del alma que se aparta no solo de los placeres ilícitos, sino también de los superfluos, me complacía en moderar la gula y la voracidad. De aquella época he conservado ciertos propósitos, Lucilio; es cierto que yo había acudido a todas sus lecciones con gran entusiasmo.
Después, reintegrado en la vida de la ciudad, conservé unos pocos de mis buenos principios. Desde entonces renuncié a las ostras y a las setas para el resto de mi vida; porque no son alimentos sino golosinas que incitan a comer a los ya saciados y que el estómago recibirá fácilmente y fácilmente expulsará —lo cual resulta gratísimo a los glotones que se ceban más de cuanto son capaces—. Desde entonces me abstengo de perfumes para el resto de mi vida, ya que el olor más grato en el cuerpo
es no percibir ninguno. Desde entonces mi estómago prescinde del vino. Desde entonces rehúyo el baño caliente para el resto de mi vida; he pensado que poner el cuerpo a cocer y debilitarlo con sudores es cosa inútil y afeminada. Las demás prácticas que había desechado han vuelto, pero de tal suerte que en aquellas de las que he dejado de abstenerme conservo una moderación ciertamente muy próxima a la abstinencia, que quizá es más difícil todavía, puesto que ciertas tendencias más fácilmente se erradican del alma que se moderan. Puesto que he comenzado a explicarte cómo, siendo joven, me adherí a la filosofía con mayor ímpetu del que ahora, viejo, conservo, no me avergonzaré de confesar qué gran amor despertó en mí Pitágoras. Soción explicaba por qué motivo se había abstenido él de la carne de animales y por qué motivo, más tarde, lo había hecho Sextio. La motivación para uno y otro era diferente, mas para ambos espléndida.
Sextio pensaba que, sin derramar sangre, tenía el hombre suficientes alimentos y que se originaba una costumbre cruel cuando, por causa del placer, se había provocado el desgarramiento de los animales. Añadía que era necesario reducir las ocasiones de la voluptuosidad; y concluía que la variedad de alimentos era contraria a la buena salud e inadecuada para nuestros cuerpos. Pitágoras, por su parte, afirmaba que existen vínculos de parentesco entre todos los seres y relaciones entre las almas que transmigran de unas a otras formas. Si le otorgas crédito, ningún alma perece, ni siquiera está inactiva, a no ser en el breve intervalo en que se traslada a otro cuerpo. Veremos a través de qué vicisitudes y en qué momento, después de recorrer varios domicilios, vuelve al cuerpo humano: entretanto Pitágoras infundió en los hombres el miedo a un delito y, concretamente, a un parricidio, puesto que estos podían sin saberlo lanzarse contra el alma del padre o de la madre y profanarla con un arma o con los dientes, si es que en un animal se hospedaba el espíritu de algún pariente. Soción, después de haber hecho esta exposición y haberla confirmado con sus argumentos, decía: «¿No crees que las almas se distribuyen en estos y aquellos cuerpos y que la realidad que llamamos muerte no es sino una transmigración? ¿No crees que en estos animales domésticos o salvajes o en los que viven en el agua reside el alma que perteneció en otro tiempo a un ser humano? ¿No crees que en este mundo nada perece, sino que todo cambia de lugar? ¿Que no solo los cuerpos celestes giran por determinados circuitos, sino que también los animales se mueven sucesivamente y que las almas recorren sus órbitas? Grandes hombres han creído en esta doctrina. Así pues, suspende tu juicio, pero deja enteramente a tu decisión la respuesta: si esta doctrina es verdadera, haberte abstenido de la carne de animales es virtud; si es falsa, supone frugalidad. ¿Qué detrimento sufre, en este caso, tu credulidad? Te sustraigo los alimentos de los leones y de los buitres.
Empujado por estas razones comencé a abstenerme de la carne de animales y, transcurrido un año, la costumbre no solo me resultaba fácil, sino agradable. Tenía la impresión de que mi espíritu estaba más ágil y hoy no podría asegurarte si lo estuvo realmente. ¿Quieres saber cómo dejé de abstenerme? La época de mi juventud coincidía con los primeros años del principado de Tiberio César: entonces eran llevados en procesión los objetos sagrados de los cultos extranjeros y se consideraba prueba de superstición la abstinencia de carne de ciertos animales. Por ello, a ruegos de mi padre que no temía una falsa acusación, sino que aborrecía la filosofía, volví a mi antigua costumbre; sin dificultad me persuadió a que tomara alimentos más nutritivos.
Séneca
Cartas, 108.14-22. (Trad. I. Roca Meliá)
Texto 18
Un conocimiento firme de estos deseos sabe, en efecto, referir cualquier elección o rechazo a la salud del cuerpo y a la serenidad del alma, porque eso es la conclusión del vivir feliz. Con ese objetivo, pues, actuamos en todo, para no sufrir dolor ni pesar. […] Porque tenemos necesidad del placer en el momento en que, por no estar presente el placer, sentimos dolor. Pero cuando no sentimos dolor, ya no tenemos necesidad del placer. Precisamente por eso decimos que el placer es principio y fin del vivir feliz. Pues lo hemos reconocido como bien primero y connatural y de él tomamos el punto de partida en cualquier elección y rechazo y en él concluimos al juzgar todo bien con la sensación como norma y criterio. Y puesto que es el bien primero y connatural, por eso no elegimos cualquier placer, sino que hay veces que soslayamos muchos placeres, cuando de estos se sigue para nosotros una molestia mayor.
Diógenes Laercio
Muchos dolores consideramos preferibles a placeres, siempre que los acompañe un placer mayor para nosotros tras largo tiempo de soportar tales dolores. Desde luego todo placer, por tener una naturaleza familiar, es un bien, aunque no sea aceptable cualquiera. De igual modo cualquier dolor es un mal, pero no todo dolor ha de ser evitado siempre. Conviene, por tanto, mediante el cálculo y la atención a los beneficios y los inconvenientes, juzgar todas estas cosas, porque en algunas circunstancias nos servimos de algo bueno como un mal y, al contrario, de algo malo como un bien. Así que la autosuficiencia la consideramos un gran bien, no para que en cualquier ocasión nos sirvamos de poco, sino para que, siempre que no tengamos mucho, nos contentemos con ese poco, verdaderamente convencidos de que más gozosamente disfrutan de la abundancia quienes menos necesidad tienen de ella, y de que todo lo natural es fácil de conseguir y lo superfluo difícil de obtener. Y los alimentos sencillos procuran igual placer que una comida costosa y refinada una vez que se elimina todo el dolor de la necesidad. Y el pan y el agua dan el más elevado placer cuando se los procura uno que los necesita.
En efecto, habituarse a un régimen de comidas sencillas y sin lujos es provechoso a la salud, hace al hombre desenvuelto frente a las urgencias inmediatas de la vida cotidiana, nos pone en mejor disposición de ánimo cuando a intervalos accedemos a los refinamientos y nos equipa intrépidos ante la fortuna. Por tanto, cuando decimos que el placer es el objetivo final, no nos referimos a los placeres de los viciosos o a los que residen en la disipación, como creen algunos que ignoran o que no están de acuerdo o interpretan mal nuestra doctrina, sino al no sufrir dolor en el cuerpo ni estar perturbados en el alma. Porque ni banquetes ni juergas constantes ni los goces con mujeres y adolescentes, ni pescados y las demás cosas que una mesa suntuosa ofrece, engendran una vida feliz, sino el sobrio cálculo que investiga las causas de toda elección y rechazo, y extirpa las falsas opiniones de las que procede la más grande perturbación que se apodera del alma.
10.128-133 (Trad. C. García Gual) (Sobre Epicuro)
Editorial Cultura Vegana
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