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Comer carne

Publicación: 4 marzo, 2022 |

«En muchas zonas del mundo, tierras antaño productivas ahora son yermos. Pero proclamar que la presión demográfica y el sobrepastoreo causan desiertos en expansión no es más útil que decir que una persona degollada murió por falta de riego sanguíneo. Eso puede describir qué ocurrió, pero apenas ayuda a entender por qué

Frances Moore Lappé, Joseph Collins y Peter Rosset [1]

Aristóteles quizá fue el primero en indicar que en ética, la decisión depende de la percepción. Para transformar la realidad, el primer paso suele ser aprender a verla con una mirada nueva (y ser capaces de mostrarla a los demás bajo esa luz). Así, por ejemplo, superar el esclavismo es imposible sin cuestionar la definición –también aristotélica, ¡ay!– del esclavo como “herramienta que habla”. Reconocer a un igual en la mirada del esclavo es el primer paso de la conciencia abolicionista y emancipadora.

«La gallina ponedora de hoy en día sólo es, después de todo, una máquina de conversión muy eficiente, que transforma la materia prima –sustancias alimenticias– en un producto acabado –el huevo– descontando, por supuesto, los gastos de mantenimiento

De la revista agropecuaria Farmer and Stockbreeder [2]
30 de enero de 1962

También cuando hablamos de ecología, o de relación con los animales, nuestro primer problema es muchas veces hacer visibles los problemas morales a los ojos de nuestros ciudadanos y conciudadanos. Cuando la mayoría de la gente, al ver una ternera estabulada a perpetuidad en un cubículo donde no puede moverse, en lugar de pensar “qué rico solomillo” pensemos “qué animal torturado, qué forma ecológicamente insostenible y socialmente insolidaria de alimentarnos”, habremos avanzado hacia una ética ecológica.

«Para la mayoría de las personas pertenecientes a sociedades modernas y urbanizadas, la principal forma de contacto con los animales se da a la hora de las comidas. El uso de animales en la alimentación es probablemente la más antigua y la más difundida de las maneras de usar a los animales. Es también, en cierto sentido, la forma más básica de uso de los animales, la piedra fundamental sobre la cual descansa la creencia en que los animales existen para nuestro placer y conveniencia

Peter Singer [3]

Resulta muy llamativo cómo, en el debate sobre los recursos alimentarios en un mundo donde millones de personas padecen hambre y desnutrición, no se mencionan –como una variable trascendental para la posible solución del problema– los hábitos de consumo de la poblaciones más ricas del planeta. Es como si la dieta cárnica fuese un tabú político imposible de abordar: como si en la práctica aceptáramos la famosa –y terrible– frase que el presidente de EEUU, George Bush, pronunció al pie del avión que le iba a llevar a la “cumbre” ambiental de Río de Janeiro en 1992, según la cual “nuestro modo de vida no puede ser objeto de negociaciones”.

Al atardecer
el Redentor se da una vuelta por los corrales de ganado,
por los establos, pocilgas, cuadras y gallineros,
quiere echar una mirada a su lugar de nacimiento,
saludar a los animales
entre los que una vez durmió
en pañales su primer sueño.
Todo ha cambiado.
Los animales lo contemplan a través de rejas,
humillados en su cautiverio,
con angustia y desesperación en los ojos.
Lo reconocen, le gritan:
Vuelve a nacer, Redentor,
nace para nosotros.
Se te llevaron los hombres.
¿Te cuidaron bien?

Eeva Kilpi
Animalia (1987)

Se discute y se actúa como si el hambre fuese sólo un problema de cantidades absolutas de alimentos y población, pero en realidad se trata en alto grado de un problema de cualidades: la composición de nuestra dieta y el impacto ambiental diferencial que tiene la producción de diferentes alimentos. La filosofía moral ¿no tendrá alguna cosa que decir sobre el pan, las verduras y las hamburguesas? Intentemos afrontar una valoración moral de nuestros sistemas agropecuarios.

1- Ecología, ética y dieta [4]

La agricultura y ganadería que practicamos masivamente en los países industrializados es ecológicamente insostenible, y topa con dificultades crecientes para alimentar al mundo. En efecto:

  • Nuestros agroecosistemas actuales producen graves y crecientes impactos ecológicos, entre los cuales cabe contar: desforestación, desertificación de extensos territorios, destrucción del suelo fértil, difusión de tóxicos biocidas en el ambiente (insecticidas, herbicidas, funguicidas…), contaminación de los acuíferos, despilfarro de agua (captada a menudo con gran impacto ambiental), pérdida de biodiversidad… Aunque raras veces seamos conscientes de ello, en muchos países el impacto ambiental de la agricultura probablemente sea mayor que el de cualquier otro sector de actividad humana (incluyendo la industria) [5].
  • Durante milenios, agricultura y ganadería fueron eficientes sistemas de captación de energía solar; pero hoy se basan esencialmente en los recursos del subsuelo. Cuando consumimos productos agrícolas o carne, la mayoría de la energía bioquímica que ingerimos no procede del sol, sino del petróleo (que es un recurso escaso y no renovable). Esto plantea graves interrogantes sobre la eficiencia y la viabilidad de nuestros actuales sistemas agropecuarios industriales. Podemos permitirnos un contrasentido semejante durante unas pocas generaciones, pero no más. Comer del sol puede ser ecológicamente sustentable; comer del petróleo no lo es en ningún caso. Mientras que la agricultura intensiva tradicional china llegaba a alcanzar rendimientos de 50 a 1 (vale decir, con una caloría de energía externa distinta a la solar se llegaban a obtener 50 calorías de alimento) y la tradicional agricultura cerealista castellana de 20 a 1, la agricultura industrial española actual sólo alcanza en promedio 0,8 a 1: es decir, su balance energético es negativo [6]. El sistema agroalimentario estadounidense funciona con rendimiento 1:10 en promedio (para poner una caloría sobre la mesa se invierten diez calorías petrolíferas) [7], y en el cultivo de verduras de invernadero durante el invierno llegan a alcanzarse valores tan disparatados 1:575 [8].

En México, según la información facilitada por la Fundación Xochicalli, hay que utilizar 19.000 kilocalorías para poner 2.200 sobre la mesa. Desde otro punto de vista, el total de energía consumida en transportar alimentos a México es casi igual a la energía total requerida por el sector primario para la producción de alimentos. El hecho de que tales situaciones hayan sido consideradas positivas constituye, indudablemente, una aberración conceptual [9].

  • En el umbral del siglo XXI, la seguridad alimentaria del planeta peligra. Los indicadores básicos (producción de cereales per cápita, capturas marinas per cápita, reservas de grano) muestran un comportamiento muy preocupante en los noventa [10]:

Las capturas marinas se hallan estancadas desde 1988 entorno a 90 millones de toneladas al año (un nivel insostenible, por otra parte, que está agotando las pesquerías sobreexplotadas). Al continuar el crecimiento demográfico (con unos 90 millones de personas adicionales al año), las capturas per cápita han descendido el 10% en 1988-1998.

La cosecha mundial de cereales creció el 182% en 1950-1990; sólo el 3% en 1990-1996. La cosecha per cápita cayó el 6% en 1984-1998. La superficie cerealista por persona cayó a la mitad en 1950-1998 (pasando de 0’23 a 0’12 hectáreas).

Las reservas de grano han descendido en los noventa al nivel más bajo de la historia (sólo 53 días de consumo, es decir, 255 millones de toneladas de cereal, en 1996). El nivel mínimo de seguridad alimentaria son 70 días; por debajo de 60 los precios se deslizan hacia una gran inestabilidad.

Los incrementos de productividad de la tierra se han frenado bruscamente desde 1990: la producción de cereales por hectárea creció al 2’3 anual en 1950-1990 (pasando de 1’06 toneladas a 2’54), pero en 1990-96 sólo creció al 0’5 anual (mientras la población mundial crecía al 1’6%).

Aumenta el número de países con déficit de alimentos; se pasó de 15 países en 1994 a 29 en 1997, más de la mitad de ellos en África.

En una situación así, cuando los ecosistemas ecológicamente productivos para asegurar la alimentación humana se convierten en un bien escaso, no se debe tolerar que se siga perdiendo tierra fértil para construir autopistas, hipermercados o campos de golf; o que se dañen las pesquerías por sobrepesca, contaminación de las aguas, destrucción de los estuarios y los manglares, etc.

2- Implicaciones del comer carne

Las dietas típicas de los países “desarrollados” son muy ricas en carne; y a medida que un país “subdesarrollado” ingresa en el estadio del desarrollo”, sus habitantes ascienden típicamente por la cadena trófica y consumen cada vez más carne. Pero cuando comemos carne de animales criados con productos agrícolas –como soja o maíz– que podríamos consumir directamente perdemos entre el 70 y el 95% de la energía bioquímica de las plantas (éste no es el caso de los rumiantes criados extensivamente en pastizales, que no compiten por el alimento con los seres humanos: nuestros estómagos no pueden digerir hierba o paja). Se trata de una especie de “ley de hierro” de la alimentación: cada vez que se sube un escalón en la cadena trófica, se pierden aproximadamente las nueve décimas partes de la biomasa. Por ello, un aprovechamiento eficiente de los recursos alimentarios exige permanecer en la parte baja de la cadena trófica. Hoy, más del 40% de los cereales del mundo y más de la tercera parte de las capturas pesqueras se emplea para alimentar la excesiva cabaña ganadera de los países del Norte.

Para transformar la realidad, el primer paso suele ser aprender a verla con una mirada nueva

Otra manera de decir lo mismo es señalar que los animales criados en ganadería intensiva son convertidores de energía bioquímica por eficientes: para obtener un kilo de proteína de origen animal, en las sociedades industriales, empleamos entre tres y veinte kilos de proteína de origen vegetal (según las especies y los métodos de cría intensa utilizados) que podrían consumir directamente los seres humanos. En 1990, el ganado consumía el 70% del grano en EEUU, el 57% en la Comunidad Europea o el 55% en Brasil [11]. En países como China, que están experimentando un rápido crecimiento económico, el nivel creciente de ingreso se traduce en un desplazamiento hacia lo alto de la cadena trófica: el ganado chino consumía el 17% del grano en 1985, pero el 23% en 1995 [12].

A nivel global, casi la mitad de la producción mundial de grano se destina a alimentar ganado, en un mundo donde la quinta parte de la población humana no tiene alimento suficiente [13]. El consejo para la Alimentación Mundial de las NNUU ha calculado que dedicar a la alimentación humana entre el 10 y el 15% del grano que se destina al ganado bastaría para llevar las raciones al nivel calórico adecuado, erradicando el hambre [14].

Las vacas europeas se alimentan con el pescado del Perú y la soja de Brasil, mientras en aquellos países latinoamericanos pescadores y campesinos padecen hambre y desnutrición, y nosotros no sabemos qué hacer con los excedentes lácteos. La escuela del mundo al revés, que diría Eduardo Galeano. Como se ve, existe un nexo poderoso –aunque no lineal– entre el hambre y la desnutrición humanas en el planeta y la alimentación excesivamente carnívora de las poblaciones ricas del Norte; y entre ésta última y el deterioro ecológico galopante.

La producción de carne está detrás de una parte importante de las tensiones ambientales producidas por el actual sistema agrícola mundial, desde la erosión del suelo al bombeado excesivo de aguas subterráneas. En el caso extremo del ganado vacuno norteamericano, la producción de un kilo de bistec requiere 5 kilos de grano y el equivalente energético de 9 litros de gasolina, y eso sin tener en cuenta la consiguiente erosión del suelo, el consumo de agua, la difusión de plaguicidas y fertilizantes, el agotamiento de las aguas subterráneas y las emisiones de metano, un gas de efecto invernadero. [15]

3- Un abanico de opciones con impactos ambientales diferentes

Por ello, no debe sorprender que pasar de una dieta carnívora a una vegetariana suponga reducir fuertemente el impacto ambiental relacionado con las actividades de alimentación. En EEUU se ha calculado el terreno fértil que se necesita para la agricultura convencional mecanizada, con una dieta fuertemente carnívora, y la que se necesita para un forma de vida básicamente vegetariana: son más de 4.000 m2 en el primer caso, frente a menos de 1.000 m2 en el segundo. Es decir, la quinta parte de superficie agrícola. Si se trata de miniagricultura intensiva (métodos de Johns Jevosn y Ecology Action en California), bastan entre 180 y 360 m2 [16]. Como se ve, el impacto ambiental se reduce a 1/5 en el primer caso, y nada menos que a 1/40 en el segundo.

Cuando consumimos productos agrícolas o carne, la mayoría de la energía bioquímica que ingerimos no procede del sol, sino del petróleo

Vale la pena detenernos un instante en este punto. Muchas veces, en las controversias sobre la moderna agricultura industrializada, sus defensores apuntan que las actividades agroganaderas siempre han alterado el medio ambiente: “la agricultura ha sido una actividad adversa al medio ambiente desde que se inventó hace unos diez mil años” [17]. Ello es en cierto sentido indudable [18]: pero ¿qué consecuencias extraer de esa verdad de Perogrullo? Si se pretende insinuar que, una vez ya se ha destruido tanto, da igual destruir aún más, nos hallamos ante un ejemplo de argumentos de perdidos, al río (que también podemos bautizar como el consuelo del exterminador). Pero lo realmente relevante en este punto es darse cuenta de que los inevitables impactos ambientales de la agricultura, la ganadería (o la actividad industrial, o cualquier otra actividad humana) pueden ser muy grandes o muy pequeños, y en esto los números importan. Se mueven en un rango de opciones humanas cuyos resultados para la biosfera son muy diferentes: tan diferentes como cuarenta veces más impacto si elegimos la opción fuertemente carnívora, en el ejemplo que veíamos antes.

La producción de un kilo de proteína animal, en las condiciones de la ganadería industrializada moderna, también requiere cuarenta veces más agua que un kilo de proteína de cereales [19]. En un mundo finito donde la escasez de agua dulce se ha convertido en un factor limitante esencial, ¿da igual consumo uno que consumo cuarenta? La misma cantidad de tierra puede producir hasta 26 veces más proteínas para el consumo humano si en ella se plantan espinacas que si se dedica a piensos para las vacas. Si no hay más tierras disponibles para la agricultura, ¿da igual alimentar a una persona que alimentar a 26?

4- Pautas de consumo universalizables

Ninguna pauta de consumo puede considerarse moralmente aceptable si es intrínsecamente imposible de universalizar; si sólo pueden disfrutar de ella una minoría, en tanto la mayoría quede excluida de ella. Sólo los productos que todos los humanos pudiesen consumir de manera sustentable, sin dañar al resto de la sociedad ni al medio ambiente, son aceptables para seres humanos preocupados por un “consumo justo”. Pues bien: de acuerdo con esta norma mínima, la dieta altamente cárnica no es moralmente aceptable.

En efecto: la dieta corriente en los países del Norte, además de poco saludable, no es generalizable al conjunto del planeta. En 1990, para alimentar a los más de 5.300 millones de habitantes del planeta, se contó con una cosecha de 1.780 millones de toneladas de cereales. Supuesta una distribución igualitaria, con esta cantidad hubiesen podido alimentarse suficientemente 5.900 millones de personas; pero con el nivel de consumo per cápita de Europa Occidental (especialmente el consumo de carne), sólo 2.900 millones. En el mundo real, sin distribución igualitaria (y con pérdidas del 40% aproximadamente entre la cosecha y el consumo), aproximadamente la quinta parte de la humanidad padece desnutrición y hambre. A mediados de los noventa, 82 estados son incapaces de producir o comprar los alimentos que sus poblaciones necesitan. Y la brecha Norte/Sur se refleja fielmente en el destino que damos a los cereales: en el Norte, sólo el 30% se consume directamente, mientras que el 70% se emplea en criar animales; en el Sur, el 85% de los cereales se consumen directamente [20].

5- Dieta mediterránea y justicia en un mundo finito

Supongamos que la cosecha mundial de cereales aumenta hasta totalizar 2.000 millones de toneladas (fueron 1.845 millones en 1998). Con esto podrían alimentarse sólo 2.500 millones de personas con dieta estadounidense (800 kg. de cereales al año, la mayoría consumidos indirectamente en forma de carne, huevos, leche, helados…). O bien 10.000 millones de personas con dieta hindú (200 kg. de cereales, consumidos directamente casi en su totalidad). Ninguna de estas dos dietas es muy saludable, la primera por exceso, la segunda por defecto. En el término medio se encuentra una dieta que nutricionalmente resulta mucho más adecuada, la dieta mediterránea: con los 400 kg. de cereal por persona que consumen anualmente los italianos podrían alimentarse 5.000 millones de personas [21]. Sólo que hoy –en 2000– ya somos más de 6.000, y la población mundial sigue aumentando rápidamente… Todo parece indicar que una dieta básicamente mediterránea, pero menos cárnica que la actual, sería al mismo tiempo: (I) ecológicamente sustentable, (II) generalizable a toda la población mundial (y por ello, en potencia, moralmente aceptable) y (III) más saludable que la actual.

6- Ganadería intensiva y sufrimiento animal

El criterio de universalidad que antes enunciamos, ¿es el único principio que hemos de tomar en cuenta a la hora de enjuiciar moralmente nuestros sistemas agropecuarios? Parece obvio que no. Una dieta universalizable pero que cause intenso padecimiento a muchos seres sintientes será también objetable. Aunque hasta aquí hemos razonado en términos exclusivamente antropocéntricos, desde una perspectiva más amplia existe otra razón de mucho peso para rechazar la ganadería intensiva: los animales criados en tales condiciones padecen una vida lamentable y llena de sufrimientos.

Casi la mitad de la producción mundial de grano se destina alimentar ganado, en un mundo donde la quinta parte de la población no tiene alimento suficiente

Los movimientos de defensa de los animales, a mi entender, han contribuido en los últimos decenios a dar forma a la conciencia moral emancipatoria hasta tal punto que, sin su aportación, ésta se vería irremediablemente mutilada. “El gran error de toda la ética”, escribió hace años el médico y filósofo alemán Albert Schweitzer, “ha sido, hasta ahora, el de creer que debe ocuparse sólo de la relación del ser humano con el ser humano”. En la estela de autores anglosajones como Jeremy Bentham o Henry S. Salt, filósofos contemporáneos como Peter Singer han sentado con rigor las bases para un verdadera “revolución copernicana” en la filosofía moral: el ser humano debe dejar de ser el único animal merecedor de consideración moral. No hay buenas razones para que la comunidad moral acabe allí donde acaba la especie humana [22]. Los animales son lo suficientemente parecidos a nosotros, en aspectos moralmente relevantes, como para que resulte inaceptable el trato que les dispensamos actualmente. Vale la pena, en este punto, evocar el sintético razonamiento de Singer.

No comemos animales por razones de salud ni para incrementar nuestra provisión alimentaria. La carne es un lujo, y la gente la consume porque su sabor le gusta.
Al considerar el aspecto ético del uso de la carne para la alimentación humana, estamos considerando una situación en la cual se debe sopesar un interés humano relativamente secundario y compararlo con la vida y el bienestar de los animales afectados. El principio de igual consideración de los intereses no consiente que se sacrifiquen los intereses principales a los secundarios.
El conjunto de razones que se oponen al uso de animales para la alimentación cobra más fuerza cuando se hace que los animales lleven una vida llena de sufrimiento para que su carne pueda ser accesible al consumo humano al menor coste posible. Las formas modernas de crianza intensiva ponen los adelantos científicos y tecnológicos al servicio de la idea de que los animales son objetos y están destinados a que los usemos. Con el fin de tener la carne en la mesa a un precio que la gente pueda pagar, nuestra sociedad tolera métodos de producción que recluyen a seres dotados de sensibilidad, en condiciones inadecuadas e incómodas, durante todo el curso de su vida. Se trata a los animales como si fueran máquinas de convertir forraje en carne, y cualquier innovación que resulte en una ‘relación de conversión’ más alta será probablemente aceptada. Tal como ha dicho una autoridad sobre el tema, ‘sólo se reconoce que la crueldad es tal cuando deja de ser lucrativa’. Para evitar el prejuicio de especie, debemos poner término a estas prácticas
[23].

Las modernas factorías pecuarias son campos de exterminio y cámaras de tortura para animales [24]. No pueden describirse cabalmente de otra forma. No son en realidad “granjas” sino por abuso del lenguaje: se trata de fábricas para producir carne, con los mismos imperativos de reducción de costes, productividad y eficiencia de las demás industrias capitalistas. La diferencia es que en este caso la materia prima son seres sintientes. Es inmoral someter a las vacas, los cerdos o las gallinas a los terribles sufrimientos de la crianza intensiva.

¿En qué condiciones una posición moral como la desarrollada en este libro permitiría el consumo de carne? Sólo en el caso de animales que hubiesen sido sacrificados de forma indolora, después de haber vivido una vida digna y rica en experiencias agradables. De manera aproximada, la ganadería extensiva tradicional se ajusta a estas pautas (excepto en lo que atañe a los métodos indoloros de sacrificio, donde aún hay que mejorar mucho las cosas): la vida de los pollos de corral, de cerdos de dehesa o el ganado vacuno de montaña es envidiable si la comparamos con sus congéneres sometidos a estabulación industrial.

7- Cuatro razones para renunciar a la ganadería intensiva

Recapitulemos: hay cuatro conjuntos independientes de razones que aconsejan fuertemente dejar de criar y matar animales para comer sus cadáveres, o al menos reducir drásticamente el consumo de productos de origen animal y renunciar a la ganadería intensiva. Los objetivos de protección ecológica, solidaridad humana y evitación de sufrimiento animal coinciden felizmente:

  1. En primer lugar están las cuestiones morales que plantea el bienestar animal, la consideración de los intereses de los propios animales.
  2. Pero hay un segundo y muy poderoso conjunto de razones de solidaridad humana: en un mundo donde millones de humanos están subalimentados o mueren de hambre, y en cuyo horizonte oteamos problemas cada vez más graves para alimentar adecuadamente a una población creciente, no podemos desperdiciar tanta comida criando animales como hacemos hoy.
  3. Los sistemas agropecuarios actuales producen ya hoy impactos ecológicos inaceptables, y –si pensamos en el futuro– son ecológicamente insostenibles.
  4. Pueden aducirse en último lugar consideraciones de puro egoísmo personal: la dieta occidental típica es demasiado rica en carne y grasas de origen animal como para resultar saludable (y no digamos cuando se trata de los cadáveres animales producidos industrialmente, rebosantes de hormonas, antibióticos, etc.) Está científicamente establecido que las dietas demasiado carnívoras acarrean problemas cardiacos, hipertensión, obesidad, diabetes y varios tipos de cáncer.

Creo que hay que interpretar el precepto ecologista de “caminar más ligeramente sobre la tierra” de forma que incluya “no avanzar hollando los cadáveres de los animales con quienes compartimos la biosfera”. Es cierto que no podemos vivir sin aniquilar otras vidas, al menos vegetales (y por ello nuestra existencia se perfila irremediablemente sobre un fondo trágico), pero hay múltiples vías para minimizar el daño y la devastación que hoy causamos. Una de las más inmediatas y evidentes es dejar de comer animales, o por lo menos carne y huevos procedente de esos dolorosos campos de exterminio que llamamos granjas-factoría [25]. Vale la pena atender a la sugerencia de Humberto Eco:

Todos estos frutos de tierrra (las legumbres: judías, lentejas, guisantes…) son ricos en proteínas vegetales, como sabrá todo el que emprenda un régimen bajo en carnes, porque los especialistas en nutrición insistirán sin duda en que un buen plato de lentejas o de guisantes tiene el mismo valor nutritivo que un grueso y jugoso filete (…) Por eso, cuando en el siglo X se empezó a extender el cultivo de legumbres, tuvo un efecto profundo en toda Europa. Los trabajadores pudieron comer más proteínas; como resultado, se hicieron más robustos, vivieron más años, criaron más hijos y pudieron repoblar el continente (…) Me parece que esta historia de las judías (en la Edad Media europea) actualmente tiene algún significado para nosotros. En primer lugar, nos indica qué problemas ecológicos hay que tomarse en serio. En segundo lugar, hace mucho que sabemos que si Occidente comiera arroz tostado sin moler, con su cáscara y todo (que, por otra parte, está delicioso), podríamos consumir menor comida, y mejor. [26]

8- Una propuesta ético-política: menos carne, mejor carne, vida para el campo

En 1998 se sacrificaron en España más de seis millones de aves, más de un millón de conejos, veinte millones de corderos, ovejas y cabras, casi 32 millones de lechones y cerdos, casi 2,5 millones de terneras y vacas; en suma, más de 62 millones de seres vivos con una vida –mejor o peor– por vivir. Hemos visto que los actuales sistemas agropecuarios industriales, y la dieta en carne típica de los países más ricos, plantean importantes problemas morales: no son ecológicamente sustentables ni generalizables al conjunto de la humanidad, además de generar un ingente sufrimiento animal.

Dado que una de las principales raíces de los problemas de alimentación presentes y –sobre todo– futuros es la dieta excesivamente carnívora de las poblaciones más ricas del planeta, y que por otro lado tal dieta se basa en un indecible grado de sufrimiento animal (en las condiciones de ganadería intensiva), el tratamiento de esta cuestión permite vincular tres líneas de reflexión importantes en ética ecológica: los debates sobre los “límites del crecimiento” y la sustentabilidad ecológica, los problemas de equidad y justicia internacional e intergeneracional en lo que se refiere a la satisfacción de las necesidades básicas, y la relación moral con los animales. Se trata, por tanto, de una verdadera piedra de toque para la reflexión moral. Cómo alimentarse, en las sociedades industriales, resulta ser una cuestión de alto contenido político y moral.

Cuando comemos carne de animales criados con productos agrícolas que podríamos consumir directamente, perdemos entre el 70 y el 95% de la energía bioquímica de las plantas

La mejor manera de aumentar la eficiencia de la producción agroalimentaria, a escala mundial, sería reducir el excesivo consumo de carne en los países del Norte. Necesitamos impulsar la transición desde los actuales sistemas de agricultura industrial hacia una agricultura y ganadería sustentables, mucho menos intensivas en energías no renovables y agroquímicos, que aseguren la producción de alimentos, respeten la biodiversidad, minimicen el sufrimiento animal, revaloricen el trabajo agrícola y ganadero y creen nuevas relaciones entre el campo y la ciudad.

Mi conclusión es que deberíamos cambiar nuestras pautas de alimentación hacia una dieta básicamente vegetariana –la “dieta mediterránea” que antes evocábamos–, mucho menos rica en carne que la actual, y renunciar a la ganadería intensiva [27]. En un mundo que se acerca a sus límites ecológicos, la composición de la dieta resulta ser un factor esencial; urge poner en práctica fuertes políticas públicas de gestión de la demanda, para ajustar el consumo de carne a los recursos disponibles. Sólo resulta moralmente aceptable la ganadería extensiva: crianza de aves en corrales abiertos, ganado vacuno y ovino que pasta libremente en praderas, etc. (A condición, claro está, de que se minimice el sufrimiento producido a los animales en el transporte y se los sacrifique con métodos indoloros). En torno a estos objetivos debería poder articularse una amplia coalición social que uniese a ecologistas, defensores de los animales, ganaderos de montaña (y pequeños ganaderos en general), preservadores de las razas autóctonas, agricultores biológicos, activistas de la alimentación natural y consumidores conscientes. El lema de una coalición así podría ser “menos carne, mejor carne, vida para el campo”.

Una dieta universalizable pero que cause intenso padecimiento a muchos seres sintientes será también objetable

En un planeta cuyos límites hemos alcanzado, acoger a otros cuatro o cinco mil millones de seres humanos pasa por una de las dos vías siguientes: o intensificar aún más la producción de alimentos en los industrializados agroecosistemas existentes (con riesgo grave de dañar irreparablemente la biosfera), o “liberar espacio ecológico” variando nuestra dieta. Por las razones expuestas, creo que la segunda de estas vías es la preferible. Ambas vías no son del todo incompatibles; pero mientras que la primera no es una condición necesaria de la solución a nuestro problema, la segunda –en un horizonte de sustentabilidad ecológica– sí lo es.

Jorge Riechmann
Un mundo vulnerable

Jorge Riechmann Fernández es poeta, traductor, ensayista, matemático, filósofo, ecologista y Doctor en Ciencias Políticas español. Como autor de una extensa obra poética, está vinculado con el grupo de poetas de la poesía de la conciencia y de la generación de los ochenta o postnovísimos. Riechmann es una de las voces más relevantes del ecologismo y del pensamiento político de izquierda en España desde hace años. Se ha convertido en una especie de voz de la conciencia colectiva. En su último libro, Otro fin del mundo es posible, decían los compañeros, muestra descarnadamente su pesimismo ante la emergencia climática y la crisis energética. De hecho, cree que el colapso total es ya totalmente seguro. Pero que debemos luchar por, al menos, “colapsar mejor”.

Editorial Cultura Vegana
www.culturavegana.com

FUENTES BIBLIOGRÁFICAS

  • Este artículo forma parte del libro de Jorge Riechmann Un mundo vulnerable. Ensayos sobre ecología, ética y tecnociencia. Editorial Los Libros de la Catarata, Madrid, 2000.

1- Frances Moore Lappé, Joseph Collins y Peter Rosset, World Hunger – Twelve Myths. Grove Press. Nueva York, 1998, p.42.

2- Citado en Ruth Harrison, Animal Machines. Vincent Stuart, Londres, 1964, p. 50.

3- Peter Singer, Ética práctica. Ariel, Barcelona, 1991, p. 75. La edición original inglesa es de 1979.

4- La primera mitad de este capítulo se basa en mi artículo “Menos carne, mejor carne, vida para el campo”, publicado en el número 17 de la revista El Ecologista, Madrid, 1999

5- Robert Goodland, “Environmental sustainability in agriculture: diet matters”. Ecological Economics 23, 1997, p. 190.

6- Jesús Alonso Millán, Una tierra abierta. Materiales para un historia ecológica de España. Compañía Literaria, Madrid, 1995, p. 240-242.

7- Informe Global 2000 de Gerald Barney y otros, citado en Ernst Ulrich von Weizsacker, L. Hunter Lovins y Amory Lovins, Factor 4: duplicar el bienestar con la mitad de los recursos naturales (Informe al Club de Roma). Galaxia Gutenberg – Círculo de Lectores, Barcelona, 1997, p. 103.

8- Immo Lünzer, Energiefragen im Umwelt und Landbau (1979) citado en Ernst Ulrich von Weizsacker, L. Hunter Lovins y Amory Lovins, Factor 4,
op. cit., p. 101.

9- Manfred Max Neef citado por Alexander King y Bertrand Schneider en La primera revolución global – Informe del Consejo al Club de Roma. Plaza y Janés, Barcelona, 1991, p. 74.

10- Los datos siguientes proceden de Lester R. Brown y otros, La situación del mundo 1997, capítulo 2; Lester R. Brown y otros, La situación del mundo 1999, capítulo 7; Signos vitales 1998-99, GAIA – Proyecto 2050 / Bakeaz,
Madrid 1998; así como de Lester B. Brown y otros, Signos vitales 2000, GAIA – Proyecto 2050 / Bakeaz, Madrid, 2000

11- Alan T. Durning y Holly B. Brough, “La reforma de la economía ganadera”, en Lester R. Brown y otros, La situación en el mundo 1992. Apóstrofe – CIP, Barcelona, 1992, p. 120.

12- Goodland, “Environmental sustainability in agriculture: diet matters”, op. cit., p. 194.

13- Son cifras de la FAO en 1995. Si se incluyen en el concepto de “malnutrición” carencias vitamínicas y de oligoelementos como el hierro, entonces el número de malnutridos supera los 2.000 millones de personas según la FAO (Goodland, “Environmental sustainability in agriculture: diet matters”, op. cit., p. 191).

14- Robert Goodland y otros, Environmental Management in Tropical Agriculture. Westview Press, Boulder (Colorado), 1984, p. 237.

15- Alan T. Durning, ¿Cuánto es suficiente?, en Lester R. Brown y
otros, La situación en el mundo CIP – Eds. Horizonte, Madrid, 1991, p. 252.

16- Ernst Ulrich von Wiezsacker, L. Hunter Lovins y Amory B. Lovins, Factor 4: duplicar el bienestar con la mitad de los recursos naturales (informe al Club de Roma). Galaxia Gutenberg – Círculo de Lectores, Barcelona, 1997, p. 158-161.

17- Alonso Rodríguez Navarro, José María Sumpsi Viñas y Francisco García Olmedo, “En defensa de Norman Borlaug”. El País, 25.11.99, p. 36.

18- Aunque una actividad que altera el medio ambiente no tiene por qué ser necesariamente adversa a él. Conocemos ejemplos de culturas agrarias que, en un sentido importante, mejoraron las tierras y paisajes de los que
dependían para su subsistencia. Pero no quiero abordar ahora este asunto.

19- Bob Sutcliffe (coord.), El incendio frío. Hambre, alimentación y desarrollo. Icaria, Barcelona, 1996, p. 269

20- Serge Herberg y Pilar Galán, “Modelos de consumo alimentario en el mundo y cobertura de las necesidades nutricionales”, en Serge Herberg, Henri Dupin, Laure Papoz y Pilar Galán (coords.), Nutrición y salud pública. Eds. CEA, Madrid, 1988.

21- Lester R. Brown, La situación en el mundo 1997, p. 77.

22- Liberación animal de Peter Singer (Trotta, Madrid, 1999) está por fin disponible en castellano. Ha pasado casi un cuarto de siglo desde su primera edición en inglés (en 1975), que se tradujo y publicó en una esquiva edición pirata en Méjico, prácticamente inaccesible desde España; y casi
diez años desde la segunda edición revisada y actualizada (en 1990), que es la que ahora se ha vertido al castellano.

23- Peter Singer, Ética práctica. Ariel, Barcelona, 1991, p. 76-77.

24- Ello está bien documentado en el capítulo 3 de Liberación animal de Singer, op. cit. Puede verse también, para un planteamiento general del problema, Jesús Mosterín y Jorge Riechmann, Animales y ciudadanos, Talasa, Madrid, 1995.

25- Al discutir sobre estas cuestiones resulta frecuente oír que comer animales es “natural” o “lógico”, o incluso un asunto de “defensa propia”: puesto que los animales se comen entre sí, ¿por qué no vamos a comerlos nosotros? Quien así razona incurre, como es obvio, en una crasa falacia naturalista: el que un felino devore a un antílope es acto desprovisto de significación moral, ya que ninguno de los dos actores del drama es un agente moral. Pero los seres humanos sí que lo somos; y para saber lo que es moralmente correcto no basta con echar una ojeada a las cadenas tróficas dentro de la biosfera. Dentro de muchas culturas humanas se ha practicado el canibalismo, pero no puede apelarse a esta cuestión de hecho como premisa para una defensa moral del consumo de carne humana.

26- Humberto Eco, “Guisantes y otras vainas –el mejor alimento”, El País Semanal (coleccionable “Lo mejor del milenio”, 2), 14.11.99, p. 67-68.

27- Los instrumentos con los cuales cabría articular políticamente esta renuncia son variados. Una posibilidad, por ejemplo, sería fijar por ley las superficies mínimas de que deberían disfrutar los animales en explotaciones ganaderas, y prohibir determinadas prácticas de estabulación crueles y degradantes.


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