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De abstinentia ab esum animalum

Última edición: 7 agosto, 2022 | Publicación: 4 agosto, 2022 |

De la abstinencia de comida de origen animal. Esta obra de Porfirio es una temprana exposición de la filosofía del vegetarianismo y data del S. III dC.

LIBRO I

1. Firmo, habiéndome enterado por los que a mí llegaban, de que habías desechado la alimentación sin carne y que de nuevo habías vuelto a un régimen de comidas a base de ella, no me lo creía en un principio, al reparar en tu sensatez y en el respeto que hemos profesado a unos hombres venerables por su vejez, y a la vez temerosos de los dioses, que marcaron una línea de conducta. Pero, puesto que también otros, sumándose a los primeros en sus denuncias, me confirmaban la noticia, reprenderte, por no haber encontrado lo mejor, alejándote del mal, según el proverbio, y por no añorar, de acuerdo con Empédocles, tu vida anterior, volviendo a otra mejor, me parecía tosco y en desacuerdo con una persuasión fundada en el razonamiento. Por el contrario, el poner en claro la refutación de tus errores, mediante el raciocinio, y mostrar hasta qué punto habías descendido, lo juzgaba digno de nuestra mutua amistad y en consonancia con las personas que han acompasado sus vidas a la verdad.

2. Porque también, al reflexionar conmigo mismo sobre el motivo de tu cambio, no podría asegurar que ello obedezca a un intento de conseguir salud y fortaleza, como diría la muchedumbre ignorante. Al contrario, tú mismo, de acuerdo conmigo, reconocías que un régimen de comidas sin carne era lo adecuado para la salud y para la correcta tolerancia de los esfuerzos que lleva consigo la consagración a la filosofía. Y por experiencia se puede reconocer que estabas en lo cierto cuando decías esto. Por consiguiente, daba la impresión de que habías vuelto a las transgresiones de antes, ya a causa de algún engaño, ya por estimar que no importaba para el buen juicio un régimen u otro de comidas o bien, por último, quizás por algún otro motivo que desconozco, y que suscita un pánico mayor que la impiedad que supone la trasgresión. Desde luego no podría asegurar que has despreciado las normas tradicionales de una filosofía, que has admirado con agrado, por intemperancia o por el ansia de saciar una voraz glotonería, ni tampoco que tu índole natural sea inferior a la de esas personas corrientes que en algunos pueblos, después de haber aceptado unas normas contrarias a las que regían su vida pasada, soportan la mutilación de los órganos genitales. Y llegan a abstenerse de ciertos animales, que antes comían, con mayor empeño que si de carne humana se tratara.

3. Pero, dado que algunos de los que llegaron hacían también referencia a los argumentos que tu esgrimías contra los que practican la abstinencia, no sólo había lugar a la lamentación, sino a la cólera, si es que realmente, dóciles a unos razonamientos fríos y en extremo trasnochados, habéis aceptado vuestro propio engaño y la subversión de un dogma antiguo y grato a los dioses. Por ello, me parecía conveniente no ya mostrar mi punto de vista en esta cuestión, sino agrupar y refutar los argumentos de nuestros adversarios, que son mucho más poderosos que los aducidos por vosotros, tanto por su número como por su fuerza y demás artificios, para demostrar que la verdad no puede ser derrotada por opiniones, sólidas en apariencia, que no son otra cosa que sofismas trasnochados y superficiales. Porque quizás ignoras que se han pronunciado bastantes contra la abstinencia de los animales y que, entre los filósofos peripatéticos, estoicos y epicúreos, se han consagrado la mayor parte de sus esfuerzos a la refutación de la filosofía de Pitágoras y Empédocles, que tú has practicado como discípulo apasionado; entre los escritores, por otra parte, un tal Clodio, de Nápoles, ha publicado un libro contra los que observan la abstinencia de la carne. De todos estos expondré las cuestiones utilitarias y generales contra nuestro dogma, desechando las argumentaciones particulares elaboradas contra la doctrina de Empédocles.

4. Nuestros adversarios se apresuran a decir que la justicia se altera y que lo inmutable se tambalea, si aplicamos el derecho por igual al género racional y al irracional. Porque consideramos no sólo a los hombres y a los dioses estrechamente vinculados a nosotros, sino que, además, mantenemos una relación de familiaridad con los animales salvajes, a los que ningún lazo natural nos liga, al utilizarlos, según los casos, para el trabajo y para nuestro alimento, no teniéndolos por extraños a nuestro linaje, ni incapacitados para gozar de los beneficios de nuestra comunidad, así como del derecho a su integración ciudadana. Porque, al tratarlos como seres humanos, a los que se respeta sin causarles daño, cuando se deja a la justicia lo que no puede realizar, se le anula a ésta su capacidad y se pierde lo que es propio en beneficio de lo extraño. «Pues, o bien nos vemos en la necesidad de faltar a la justicia, al no respetarlos, o bien se nos hace imposible e impracticable la vida, al no utilizarlos, y, en cierto modo, llevaremos una vida de animales, si renunciamos a servirnos de ellos.

5. Dejo a un lado la incalculable multitud de nómadas y trogloditas que no conocen otro alimento que la carne. Pero incluso a nosotros, que damos la impresión de llevar una vida sosegada y humanizada, ¿qué obra nos queda por hacer en la tierra, o en el mar, qué laboriosa actividad artesanal y qué ordenado régimen de vida, si consideramos a los animales como a seres de nuestra sangre y los tratamos con suavidad y miramientos? Digámoslo, pues: nada queda por hacer. No tenemos un remedio, ni una solución al problema que suprime la vida y justicia, salvo la observancia de la antigua ley y la regla por la que, según Hesíodo, Zeus, delimitando las especies y cada una de las clases de animales por separado, a los peces, a las fieras y a las aladas aves devorarse entre si concedió, porque la justicia no existe entre ellos; a los hombres, en cambio, ésta les dio para sus relaciones mutuas.

6. Éstos no pueden ejercer la justicia respecto a nosotros; nosotros no podemos delinquir respecto a ellos. «De este modo los que desechan este argumento no dejan a la justicia ningún camino —ni ancho ni estrecho—  para que pueda pasar.» Porque ya hemos dicho que la naturaleza no es autosuficiente, sino indigente, y podemos añadir que, privada de la ayuda de los animales, sucumbe totalmente y se encierra en una existencia sin recursos, desvalida y carente de lo más necesario. Por otra parte, aseguran que los primeros hombres llevaron una vida desdichada. Pues la superstición no se detiene en los animales, sino que ejerce incluso su violento influjo sobre las plantas. Porque ¿en qué delinque más el que sacrifica un buey o una oveja que el que tala un abeto o una encina, si también en éstos alienta un alma, según la teoría de la metamorfosis? Éstos son, pues, los argumentos esenciales de la filosofía estoica y peripatética.

7. En cambio, los discípulos de Epicuro, exponiendo como una especie de extensa genealogía, aducen que los antiguos legisladores, al considerar la vida comunitaria de los hombres y sus relaciones mutuas, tacharon de sacrílego el asesinato de un hombre y fijaron a sus autores unas sanciones extraordinarias. Y aún existiendo un cierto vínculo natural de parentesco entre los hombres merced a la similitud de su aspecto externo y de su alma, que impide la destrucción sin más de un ser vivo de su especie, tal como se admite la de otros seres, sin embargo, supusieron que la principal causa de la indignación que producía este hecho y de su calificación de sacrílego era la falta de interés con toda la estructura de la vida. En efecto, los que, en base a este principio, se ajustaron a la utilidad de esta norma no tuvieron necesidad de otra justificación que los apartara de este delito, pero los que eran incapaces de captar suficientemente el sentido del hecho, por temor a la magnitud de la sanción, renunciaron a matarse entre si de un modo indiscriminado. Parece que cada uno de estos hechos se da todavía en el día de hoy. Porque incluso los que perciben la utilidad de esta prescripción legal, se atienen a ella con buena disposición, pero los que no la aceptan la respetan por temor a las amenazas que encierran las leyes. Amenazas que se fijaron en base a la incapacidad de las personas para razonar sobre la utilidad y aceptaron la mayoría de los hombres.

8. En efecto, desde un principio, ninguna norma se estableció a la fuerza [ni escrita ni no escrita], entre las que persisten todavía y que por su índole son las apropiadas para transmitirlas, sino por haberla aceptado los que la habían observado. Pues los que introdujeron estos conceptos en el común de las gentes se distinguían de la muchedumbre por la prudencia de su espíritu y no por su fuerza física o por su despótico avasallamiento. Y con ello indujeron a reflexionar sobre lo útil a quienes con anterioridad lo percibieron sin razonarlo y les pasó muchas veces inadvertido, y, por otra parte, atemorizaron a otros por la magnitud de los castigos. Porque no es posible usar otro remedio contra la ignorancia de la utilidad que el temor a un castigo impuesto por la ley. Pues éste es el único que contiene a las gentes normales y les impide cometer alguna tropelía en el ámbito público o privado. Si todos fueran capaces por igual de ver y acordarse de la utilidad, ninguna necesidad habría de las leyes, sino que, por propia iniciativa, respetarían las prohibiciones y cumplirían las prescripciones. Pues la consideración de lo útil y de lo perjudicial sería suficiente para lograr la renuncia a unos actos y la aceptación de otros. La suspensión amenazadora del castigo tiene su sentido para aquellos que no prevén lo que es ventajoso. Porque, al amenazarlos, los obliga a dominar los impulsos que inducen a cometer actos perjudiciales, y por la fuerza los obliga, igualmente, a cumplir su deber.

9. Pues tampoco los legisladores dejaron impune el crimen involuntario, para no proporcionar pretexto alguno a los que decidían, voluntariamente, imitar los actos de los que obraban en contra de su voluntad, pero también para que no faltase la vigilancia y la atención ante el hecho de que se perpetraran muchos crímenes realmente involuntarios. Porque no convenía tampoco que ello se produjera, y por los mismos motivos por los que también era contrario al interés que se cometieran asesinatos entre las gentes de un modo voluntario. De manera que, al producirse los actos involuntarios, unos con arreglo a un motivo incierto e imprevisible para la naturaleza humana, otros como consecuencia de nuestra negligencia y desconocimiento de nuestro interés, cuando quisieron poner coto a esa imprudencia perniciosa para sus semejantes, los legisladores no dejaron impune el crimen involuntario, pero, merced al temor que inspiraban los castigos, eliminaron la mayor parte de esta clase de delitos. Por mi parte, creo también que los asesinatos admitidos por la ley conseguían las habituales expiaciones por medio de purificaciones, que acertadamente propusieron unos primeros hombres con el único motivo de querer apartar a las gentes, en la mayor medida posible, de un acto voluntario. Porque las personas ordinarias de todos modos necesitan que se les impida hacer a la ligera lo que no conviene. Por ello los primeros que comprendieron esto no fijaron solamente unos castigos, sino también infundieron otro temor irracional, al proclamar que los que, del modo que fuera, quitaban la vida a un ser humano, no expiaban su crimen hasta que se sometieran a purificaciones. Pues la parte irreflexiva del alma, tras recibir una educación variada, llegó a una situación de docilidad, al consagrarse al apaciguamiento de la tendencia irracional del deseo los que desde un principio organizaron las comunidades humanas; a éstos se debe también la prohibición de matarse entre sí indiscriminadamente.

10. De los demás seres vivos no prohibieron, naturalmente, matar a ninguno aquellos primeros hombres que determinaron lo que debíamos y no debíamos hacer. Pues, respecto a ellos, la utilidad se producía por un hecho opuesto. En efecto, no era posible sobrevivir, si no se intentaba defenderse de ellos agrupándose en comunidades. Entre las personas distinguidas de la época, algunos recordaban que se habían apartado del crimen por la utilidad que ello reportaba a su salvación, y mantenían a los demás el recuerdo de lo que sucedía en las sociedades humanas, a fin de que respetaran a sus congéneres y conservasen la comunidad, que colaboraba a la salvación particular de cada uno. La separación en comunidades ubicadas en un mismo lugar y la renuncia a maltratar a ninguno de sus miembros no sólo era útil para mantener alejado de sus límites a los seres de otras especies, sino también para hacer frente a las personas que se presentaran con la intención de causar daño. Pues bien, durante un tiempo por esta causa se abstuvieron de atacar a uno de la misma especie, en tanto se integraba en una misma comunidad para cubrir las necesidades primarias y ofrecía así algunos servicios útiles con relación a cada uno de los dos aspectos mencionados. Pero con el paso del tiempo y el aumento masivo de la especie, como consecuencia de las relaciones entre sus miembros, tras la expulsión de los seres de otras especies y el fin de su convivencia entre los hombres, algunos reflexionaron sobre el interés dentro de las comunidades, renunciando a un recuerdo falto de razonamiento.

11. Por consiguiente, intentaron reprimir con una mayor eficacia a los que con facilidad causaban la muerte de miembros de la comunidad y debilitaban sensiblemente los recursos defensivos de ésta como resultado del olvido de su pasado. En este su intento, instituyeron unas legislaciones que todavía hoy subsisten en las ciudades y pueblos, al darles la multitud su aprobación de buen grado por tomar ya mayor conciencia de la utilidad que se obtiene dentro de la agrupación de seres de la misma especie. En efecto, a la eliminación del miedo en la comunidad contribuían por igual la supresión, sin miramientos, de todo elemento pernicioso y la conservación del que resultara útil para aniquilar a aquél. Por tanto, lógicamente, se prohibió eliminar a éste, pero no se pusieron obstáculos a la supresión de aquél. Y no se puede aducir el hecho de que a ciertos animales; aunque no sean perjudiciales a la naturaleza humana ni dañen la existencia en ningún otro aspecto, la ley nos permite sacrificarlos. Porque, por así decirlo, no hay ningún animal, entre los que la ley permite matar, que no nos sea perjudicial, al tolerarse que el número de su especie tome un incremento excesivo; conservados en su número actual, proporcionan a nuestra existencia ciertas ventajas. Pues la oveja, el buey y todos los animales de este tipo subvienen a las necesidades de nuestra existencia, pero si llegan a una proliferación excesiva y sobrepasan el número establecido, podrían perjudicar nuestra vida, al hacer uso, por una parte, de la fuerza, porque para ello están dotados de una naturaleza muy apropiada y, por otra, al consumir tan sólo un alimento de la tierra destinado a nosotros. Por ello también, de acuerdo con esta causa, tampoco se prohibió dar muerte a tales animales, para que se mantuviese una cantidad adecuada a nuestro uso y que pudiera ser dominada fácilmente. Porque, así como a propósito de leones, lobos y animales llamados salvajes sin más, tanto pequeños como grandes, no es posible determinar un número cuyo mantenimiento podría aliviar las necesidades de nuestra vida, no ocurre otro tanto con los bueyes, caballos, ovejas y los, sencillamente, denominados domésticos. Por eso eliminamos a los primeros totalmente y, de los segundos, suprimimos los que superan el justo límite.

12. Por motivos semejantes a los mencionados hay que pensar que, los que se ocuparon de estos hechos desde un principio con ayuda de la legislación, se aplicaron a la tarea de reglamentar el consumo de los seres animados; en cuanto a los no comestibles se justificó la reglamentación en su utilidad e inutilidad. De modo que para asegurar que lo bello y lo justo en su integridad se sustentan en las particulares opiniones de cada uno sobre las reglamentaciones legales, hay que estar lleno de una enorme ingenuidad. Pues el hecho no es así, sino de acuerdo con las utilidades que se desprenden en otras cuestiones, cual sucede en los temas de salud y en otros innumerables aspectos se equivocan, empero, en estas cuestiones de interés, tanto públicas como privadas, puesto que algunos no distinguen las disposiciones legales que de un modo parecido se adaptan a todos, sino que unos las omiten por pensar que se trata de cuestiones indiferentes, otros mantienen una opinión distinta sobre esas mismas cuestiones y creen que las normas legales, que no tienen un interés general, son útiles en todas partes. Y es por esto por lo que se dedican a las que no se adaptan a todos, aunque en cierto aspecto lleguen a averiguar lo que les favorecen y lo que reporta una utilidad pública. Y entre estas últimas se encuentran las que, en la mayoría de los pueblos y en atención a la índole particular de la región, fueron promulgadas sobre el consumo y sacrificio de los seres animados; no estamos obligados a su observancia, porque no residimos en el mismo lugar. Pues bien, si se hubiera podido concluir un pacto con los animales, tal como ocurre entre los hombres, en el sentido de que ellos no nos causaran la muerte, ni nosotros a ellos de un modo indiscriminado, buena cosa hubiera sido prolongar la acción del derecho hasta ese punto; esa extensión redundaría en la seguridad. Pero, puesto que era difícil hacer participes de la ley a unos seres no dotados de razón, no había posibilidad de procurarse, a causa de su condición especial, una utilidad para lograr la seguridad que infundían otros seres animados, de un modo más cómodo que ante unos seres inanimados; sólo la facilidad que disfrutamos ahora para matarlos nos permite gozar de una posible seguridad. Tales son las argumentaciones de los epicúreos.

13. Queda por exponer lo que la mayoría de la gente del pueblo suele aducir al respecto. Aseguran que los antiguos se abstuvieron de los seres animados no por respeto sino porque todavía no conocían el uso del fuego. Cuando lo aprendieron, lo estimaron más digno del aprecio y más sagrado y le dieron por nombre Hestía; por su parte, ellos se convirtieron en synestioi [partícipes de un mismo hogar], y en lo sucesivo hicieron uso de los animales. Porque el hombre por naturaleza propende a comer la carne aderezada, en cambio, repugna a su naturaleza el comerla cruda. Así, pues, con el hallazgo del fuego, siguieron los hombres la línea que les marcaba su naturaleza, degustando la carne, gracias a la cocción. De ahí que se dijera «chacales devoradores de carne cruda» y, en tono de reproche, «te podrías comer crudo a Príamo», y «cortando la carne cruda en trozos, comértela», como si se pensara que el comer la carne cruda se relacionaba con los impíos… «Alzó las fuentes repletas de carnes de toda clase y las sirvió». Por tanto, al principio no se comieron a los animales porque el hombre no era un ser comedor de carne cruda. Pero cuando se descubrió el uso del fuego, comieron no sólo carne preparada en él, sino también casi todos los demás alimentos. Que el hombre no coma carne cruda lo ponen de manifiesto algunos pueblos ictiófagos, pues asan los peces, unas veces sobre las piedras que se calientan en exceso por el sol; otras, sobre la arena. Pero que el hombre sea carnívoro, lo demuestra igualmente el que ningún pueblo se abstiene de los seres vivos; y no admitieron los griegos esta práctica por perversión, puesto que también existe entre los bárbaros.

14. El que prohíbe comer la carne de los animales por considerarlo, además, injusto, tampoco dirá que es legal darles muerte y privarles de su alma. Pero, realmente, la lucha contra los animales salvajes es algo connatural a nosotros y a la vez justo. Porque unos atacan a los hombres deliberadamente, como los lobos y los leones; otros, sin proponérselo, como las víboras, que muerden a veces al ser pisadas. Unos, pues, atacan a los hombres; otros destruyen sus cosechas. Por todas estas razones los perseguimos y les damos muerte, tanto si toman, como si no, la iniciativa de atacarnos, para no sufrir nada de su parte. Pues cualquiera que vea una serpiente le da muerte, si puede, para no ser víctima de su mordedura, él mismo ni ninguna otra persona. Por un lado, se da el odio contra los animales que reciben la muerte de nosotros y, por otro, el afecto del hombre para el hombre. Sin embargo, siendo legal la guerra que sostenemos contra los animales, respetamos a muchos de ellos que conviven con el hombre. Por ello los griegos no se comen los perros, ni los caballos, ni los asnos, sin embargo comen cerdo, animal doméstico del mismo género que la especie salvaje. Y lo mismo ocurre con; las aves. Porque el cerdo no tiene otra utilidad que servir de alimento. Los fenicios y los judíos se abstuvieron de él, porque no se criaba esta especie en aquellos lugares; aseguran que tampoco en Etiopía se ve ahora esta especie animal. De igual modo que ningún griego ha sacrificado a los dioses un camello o un elefante, por cuanto que en el suelo de Grecia no se daban estos animales; tampoco en Chipre o Fenicia se ha ofrecido a los dioses aquel tipo de animal por la sencilla razón de que no existía en aquellas zonas. Por la misma razón tampoco sacrifican los egipcios un cerdo a los dioses. El que algunos se abstengan totalmente de este animal viene a ser lo mismo que si nosotros rehusáramos comer camellos.

15. Pero ¿por qué motivo se puede abstener uno de comer seres animados? ¿Es que ello causa mayor perjuicio al alma que al cuerpo? Evidentemente, no ocurre ni una cosa ni otra, pues los animales carnívoros son más inteligentes que los demás. Al menos son cazadores y dominan la técnica de la caza, gracias a la cual sobreviven, y adquieren fuerza y vigor, como los leones y los lobos. De manera que la alimentación a base de carne no daña al alma ni al cuerpo. El consumo de carne vigoriza, evidentemente, los cuerpos de los atletas, y también los médicos, con sus prescripciones alimenticias a base de carne, hacen que los cuerpos se recobren de su debilidad. No es insignificante, en consecuencia, la prueba de que Pitágoras erró en sus opiniones: entre los sabios varones ninguno se dejó convencer de sus teorías, ni entre los siete ni entre los físicos posteriores; ni siquiera el sapientísimo Sócrates ni, por supuesto, sus discípulos.

16. Mas suponte que incluso todo el mundo sigue esta teoría. ¿Qué destino tendrá, entonces, la perpetuación del género animal? Todo el mundo sabe lo prolífico que es el cerdo y la liebre; añade simplemente, también todos los demás animales. ¿De dónde les vendrá el sustento? y ¿qué les pasará a los agricultores?, Porque, si se destruyen las cosechas y no dan muerte a los que lo hacen, la tierra no podrá soportar tal cantidad de animales, y, por otra parte, los que mueran provocarán la ruina, como consecuencia de la putrefacción de sus cuerpos y no habrá modo de escapar a la epidemia que se extienda. El mar, los ríos y los lagos se llenarán de peces, el aire de pájaros y la tierra se verá repleta de animales de todas clases.

17. ¿Cuántos se ven con dificultades para su curación, si se abstienen de los animales? Desde luego se puede ver a los enfermos de la vista que conservan la visión comiendo carne de víbora, Un criado del médico Cratero se vio afectado de una extraña enfermedad: las carnes se le separaban de los huesos y no encontraba remedio alguno con las medicinas y se salvó con la ingestión de una víbora que se le aderezó como si fuera un pescado. Sus carnes recobraron la adherencia a sus huesos. Muchos otros animales también curan enfermedades, si se degusta su carne, y también cada una de las partes de otros. Todo esto es lo que se pierde el que renuncia a comer seres animados.

18. Pero si, como dicen, también las plantas tienen alma, ¡cuál sería la vida si no suprimimos animal alguno ni planta! Pero si no es impío el que corta las plantas, tampoco lo es el que mata animales.

19. Pero se dirá que no es necesario matar a un semejante, si realmente las almas de los animales son de la misma naturaleza que las nuestras. Mas si se admite que las almas se reencarnan por propia iniciativa, se podría afirmar que ello se debe a su apetencia de juventud, porque en ésta se da el goce de todas las cosas. ¿Por qué motivo, pues, no se encarnan de nuevo en una naturaleza humana? Pero, si hay que admitir que lo hacen por propia voluntad y por su deseo de juventud, y que, además, deben pasar por toda clase de animales, puede que les sea grata la muerte de éstos, pues su regreso a la forma humana será más rápido, y el hecho de que los cuerpos sean comidos no suscitará en ellas ningún pesar cuando se vean privadas de éstos, sino que por el contrario les surgirá el deseo de encarnarse en una naturaleza humana, de modo que se afligirán cuando abandonen el cuerpo humano e, igualmente, se alegrarán cuando dejen los demás cuerpos. Con mayor rapidez, pues, volverán a integrarse en un ser humano, que está por encima de todos los seres irracionales, como la divinidad lo está por encima de los humanos. Motivo suficiente, por lo demás, para suprimir a los animales en general, nos lo proporciona el hecho de que causen un mal por matar a los humanos. Mas si las almas de los hombres son inmortales y las de los seres irracionales mortales, no delinquimos los hombres al dar muerte a éstos, dado que con ello, si son inmortales, prestamos un servicio: cooperamos a su regreso a la naturaleza humana.

20. Y si nos defendemos, no cometemos injusticia alguna; perseguimos al agresor. Resumiendo: si las almas son inmortales, prestamos un servicio al dar muerte a los animales; si son mortales las de los seres irracionales, al suprimirlos no cometemos ningún acto impío. Pero si nos defendemos ¿cómo no va a estar justificada nuestra actitud? Damos muerte a una serpiente y a un escorpión, aunque no nos ataquen, para que ningún otro sufra algo de su parte, cooperando así a la defensa del linaje común de la humanidad. Pero cuando atacan a los hombres, a los que con ellos conviven o a sus cosechas, ¿cómo no va a estar justificado que les demos muerte ?

21. Y una vez que esto se considera una injusticia, que no se haga uso de la leche, de la lana, de los huevos, ni de la miel. Porque del mismo modo que se delinque quitándole el vestido a una persona, otro tanto ocurre al esquilar una oveja, pues la lana es su vestido. Tampoco la leche va destinada a nosotros, sino a los retoños recién nacidos y la abeja recolecta la miel como alimento especifico suyo que se lo quitamos para deleite nuestro. He omitido el argumento de los egipcios, según el cual, cometemos un delito, si tocamos las plantas. Más si esto de que hablamos ha surgido para nosotros, la abeja, a nuestro servicio, nos fabrica la miel, y la lana se produce en las ovejas para adorno y abrigo nuestro.

22. A los propios dioses les sacrificamos animales para cumplir con nuestra obligación de piedad. Entre ellos, por lo demás, Apolo es el «matador de lobos» y Artemis la «matadora de fieras». Porque todos los semidioses y héroes, que nos superan por su linaje y virtud, aprobaron el consumo de seres animados, hasta el punto de ofrecer a los dioses sacrificios de doce y cien víctimas. Y Heracles, es celebrado, entre otras cosas, como comedor de bueyes.

23. Por otra parte, aducir que Pitágoras desde sus comienzos intentó crear un clima de seguridad a los hombres apartándolos de la antropofagia, es una tontería. Porque si todos los hombres de la época de Pitágoras se comían entre sí, tonto sería el que intentara apartarlos de los demás seres vivos, a fin de alejarlos de la antropofagia. Pues precisamente por esto se podían inclinar más a ello, al descubrir que era lo mismo comerse entre ellos que degustar la carne de cerdo o buey. Pero si entonces no se daba la antropofagia, ¿qué necesidad había de este precepto? Y si promulgó esta ley para él y sus discípulos, hay que calificarlo de hipótesis infamante, porque tacha a los que convivían con Pitágoras de antropófagos.

24. Podía resultar lo contrario de lo que él buscaba. Porque, si nos abstenemos de los seres animados, no solo nos veremos privados con ello de una riqueza y de un placer, sino también perderemos nuestras tierras de labor al ser devastadas por los animales. Toda la tierra se verá ocupada por serpientes y pájaros, de tal modo que las labores de cultivo resultarán difíciles, las semillas esparcidas en las sementeras serán inmediatamente arrebatadas por las aves y las cosechas que alcancen su punto de sazón serán consumidas por los cuadrúpedos. Y, al producirse tal escasez de alimentos, una amarga necesidad impulsará a las gentes a atacarse mutuamente.

25. Y, realmente, también los dioses han prescrito a muchos la consumición de animales para su curación y la historia está llena de ejemplos en los que los dioses ordenaron a algunas personas realizar sacrificios en su honor y comerse las víctimas. En el regreso de los Heráclidas, las tropas que marchaban contra Lacedemonia al mando de Eurístenes y Procles, ante la escasez de víveres, comieron serpientes, que la tierra proporcionó entonces al ejército como alimento. A otro ejército, que pasaba hambre en Libia, le cayó encima una nube de langostas. En Cádiz también ocurrió lo siguiente: Bogo, el que fue ejecutado por Agripa en Metona, era el rey de Mauritania. Había atacado el Heraclión, que es un templo riquísimo; una ley prescribe a los sacerdotes de este santuario impregnar con sangre el altar todos los días. Que esto no se producía por una decisión de los hombres, sino de acuerdo con la voluntad divina, lo demostró un suceso que entonces tuvo lugar. En efecto, al prolongarse el asedio, faltaron las víctimas y el sacerdote, que se hallaba en esta situación de penuria, tuvo la siguiente visión: le parecía encontrarse en medio de las columnas del Heraclión y ver, a continuación, a un pájaro posado frente al altar, que intentaba alzar el vuelo y venia a sus manos, una vez que lo conseguía; con él lograba impregnar de sangre el altar. Después de este sueño, se levantó al amanecer y se dirigió al altar, y situándose en lo alto del edificio, como en la visión, dirige desde allí su mirada y contempla al pájaro aquel del sueño, y se quedó quieto esperando que sucediera lo mismo que en la visión. El pájaro alzó el vuelo, se posó sobre el altar y se confió a las manos del sumo sacerdote y de este modo se efectuó el sacrificio y el altar se impregnó de sangre. Más conocido que el precedente es el hecho acaecido en Cícico. Durante el asedio de Mitrídates a esta plaza tuvo lugar la fiesta de Perséfone, en la que era preciso sacrificar una vaca. Los rebaños sagrados, de entre los que debía sacarse la víctima, pastaban frente a la ciudad, y ya había sido marcado el animal con la señal. En el momento requerido la vaca mugió y pasó a nado el estrecho y, cuando los guardianes abrieron la puerta, se lanzó a la carrera y se detuvo en el altar; el sacrificio o a la diosa se consumó. Con toda lógica consideran que es muy piadoso hacer el mayor número posible de sacrificios a los dioses, porque parece serles grato.

26. ¿Qué estado sería aquél en el que todos los ciudadanos tuvieran ese modo de pensar? ¿Cómo se defenderían de los enemigos que les atacaran si consideraban el no dar muerte a ninguno de ellos como su más poderosa defensa? Resultarían aniquilados al momento. Larga empresa sería referir todos los inconvenientes que forzosamente surgirían. Que no es impío el matar y comer animales lo demuestra el hecho de que el propio Pitágoras, cuando antiguamente daban a los que realizaban ejercicios gimnásticos, para beber, leche y queso empapado en agua, para comer, al desecharse más tarde este régimen alimenticio y asignárseles a los atletas, como comida, higos secos, fue el primero en suprimir el antiguo régimen de comidas y dar carne a los gimnastas, con lo que encontró un elemento energético de primer orden para el logro del vigor físico. Cuentan también algunos que los propios pitagóricos tocaban los seres animados, cuando hacían sacrificios a los dioses. Tales hechos se recogen en Clodio y Heraclides Póntico, en Hermarco el epicúreo, en los estoicos y en los peripatéticos, entre los que también se encuentran todas las teorías vuestras que se me han anunciado. Pero teniendo la intención de refutar estos puntos de vista y los del común de las gentes, podemos, lógicamente, exponer unas observaciones previas.

27. En primer lugar, es preciso saber que mi exposición no proporcionará una recomendación para cualquier existencia humana, pues no va destinada a los que ejercen oficios manuales, ni a los atletas, ni a los soldados, ni a los marineros, ni a los oradores, ni tampoco a los que se dedican a actividades lucrativas, sino a la persona que ha reflexionado quién es, de dónde ha venido y a dónde debe encaminar sus pasos, y que ha asumido, en lo que respecta a su alimentación y en otros aspectos concretos, unas alternativas que contrastan con los demás sistemas de vida. A otras personas que no sean como ésta, ni un susurro dirigiríamos; pues ni siquiera en este tipo de vida que llamamos corriente se puede dar el mismo consejo a la persona adormilada, cuya única preocupación en su vida consiste en procurarse, de donde sea, ocasiones para su sueño, que a aquella otra que está decidida a rechazar el sueño y a disponer todo su entorno para mantenerse despierto. Al uno es necesario recomendarle bebidas alcohólicas, borracheras y comilonas, y aconsejarle que escoja una mansión sombría y un lecho «suave, ancho y pingüe», como dicen los poetas, así como el consumir todo tipo de somníferos que le produzcan pereza y olvido, ya por inhalación, ya por unción, ya por ingestión líquida o sólida. Al otro, en cambio, hay que recomendarle una bebida ligera y ausencia de vino, una comida suave tendente casi al ayuno, una vivienda luminosa, a la que le llegue un aire suave y el viento, y hay que aconsejarle, igualmente, que genere una vigorosa excitación de preocupaciones y de inquietudes y que se consiga un lecho sencillo y seco. Si por naturaleza somos aptos para esto, para sintetizarlo en una palabra, para mantenernos despiertos, digo, haciendo una ligera concesión al sueño en cuanto que no somos del país en que siempre se encuentran despiertos, o bien no lo somos, y estamos constituidos para dormir, sería ello otra cuestión que necesitaría largas demostraciones.

28. A este hombre, que de una sola vez ha intuido la insulsez de nuestro devenir en este mundo y de la morada que habitamos; que ha percibido su condición natural dc vigilia y ha averiguado la somnolencia del lugar en que reside; a este hombre, pues, dirigimos nuestras palabras y le transmitimos un sistema de alimentación en consonancia con la desconfianza que le inspira su región y el conocimiento que de sí mismo tiene. Le invitamos a que permita a los dormilones que se queden echados en sus camas, teniendo, por nuestra parte, la precaución de no contagiarnos de los sopores y el sueño, del mismo modo que se contagian de ceguera los que miran a los ciegos y acaban bostezando los que están con quienes se encuentran bostezando. Y ello puede ocurrirnos por ser el lugar en que residimos propicio a los enfriamientos, pudiendo por ello fácilmente provocar la inflamación de la vista, dado que también es zona pantanosa, y las exhalaciones que en ella se producen causan pesadez de cabeza y olvido en todas las personas. Pues bien, si los legisladores fijaron a las ciudades los aspectos legales, intentando llevar a los hombres a una vida contemplativa y a una existencia racional, era necesario sin duda que éstos les hicieran caso y aceptasen las concesiones sobre los temas de alimentación. Mas si aquéllos, ateniéndose a la llamada por naturaleza vida media, establecen unas normas que incluso aceptaría el vulgo, para el que los hechos externos y corporales merecen el calificativo por igual de bienes o de males, ¿por qué razón, invocando la norma, se suprimía t una vida que es mejor que cualquier norma escrita, establecida para la mayoría, porque especialmente aspira a una ley no escrita y divina?

29. La cuestión es así: la contemplación que nos hace felices no consiste en un cúmulo de razonamientos ni en un conjunto de conocimientos, como se podría creer, ni tampoco en base a la cantidad de razonamientos consigue su desarrollo, porque en ese caso nada impediría que los que abarcaran todas las disciplinas fueran felices. Mas en la práctica falta mucho para que toda disciplina logre su contemplación; ni siquiera lo logra el entorno de su realidad existencial, si con él no coopera una transformación de la naturaleza y la propia vida. Porque, dado que en cada objetivo tres son los fines, según dicen, para nosotros el fin es la consecución de la contemplación del ser, que al producirse logra nuestra conjunción, en la medida de nuestras posibilidades, con lo contemplativo y lo contemplado. Pues no se produce un regreso a un ente extraño, sino a la propia esencia de uno; y la unión natural sólo se verifica con su propia entidad. Y la propia esencia es el intelecto, de tal forma que el fin es vivir según el intelecto. Apuntando a esto, actúan los razonamientos y las disciplinas que versan sobre aspectos externos, ejercen una acción purificadora sobre nuestro ámbito, pero no colman nuestra felicidad. Pues si la felicidad se basara en la adquisición de razonamientos, sería posible alcanzar el fin sin prestarle atención a los alimentos ni a ciertos hechos. Pero puesto que es necesario cambiar nuestra vida actual por otra, purificándonos a través de razonamientos y actividades, examinemos, pues, qué razonamientos y qué actos nos sitúan en ella.

30. ¿Es que lo que nos separa de las percepciones sensibles y de las pasiones que con ello se relacionan y que, en la medida de lo posible, nos lleva a una vida intelectual, sin imaginación ni pasión, no sería de esa índole y, en cambio, lo opuesto hay que considerarlo extraño y rechazable tanto más cuanto que en la medida en que nos separa de la vida intelectual nos arrastra a la sensible? Creo que es una consecuencia lógica admitirlo. Porque nos parecemos a los que se han ido a un pueblo extraño, de buen o mal grado: no sólo se ven privados de sus ambientes familiares, sino también, al quedar inmersos en experiencias, hábitos y normas ajenas de la tierra extraña que pisan acaban teniendo una adaptación a ellas. Por consiguiente, de este modo quien piensa regresar a su país de origen no sólo desea ponerse en camino, sino también, para ser aceptado, procura desprenderse de todos los rasgos típicos, que ha adquirido, del país que deja, y se esfuerza por traer a su memoria lo que dominaba de su tierra y ha olvidado, condición ésta indispensable para ser aceptado por los suyos. Del mismo modo también es necesario que nosotros, si tenemos la intención de regresar a nuestra propia esencia, abandonemos todo lo que hemos adquirido de nuestra naturaleza mortal juntamente con la atracción que sobre nosotros ejerce, y por la que se ha originado nuestra caída, y que nos acordemos de nuestra feliz y eterna esencia, apresurándonos a regresar a una identidad sin color ni cualidad. Para ello usaremos de dos recursos: el uno consistirá en rechazar todo lo material y mortal; el otro, en esforzarnos por regresar y superarnos haciendo nuestro trayecto de vuelta de un modo distinto al descenso de entonces. Éramos esencias intelectuales, y todavía lo somos, si nos mantenemos limpios de toda sensación e irracionalidad. Estábamos unidos a lo sensible a causa, por una parte, de nuestra incapacidad para consolidar una unión perenne con nuestro intelecto y, por otra, por el poder, por así decirlo, que nos arrastra a las cosas terrenales. Todas las potencias que actúan con lo sensible y el cuerpo, al no permanecer el alma en lo inteligible, germinan, tal como ocurre por la mala calidad de una tierra que, por muchas veces que reciba la simiente del trigo, produce cizaña. Así sucede también por una especie de mala condición del alma, que no destruye su propia esencia , pero, al generar irracionalidad, queda unida a lo mortal y desviada de lo suyo propio y orientada a lo que le es extraño.

31. De modo que, si hemos deseado regresar a nuestra situación original, debemos esforzarnos, en la medida de lo posible, por apartarnos de la sensación, de la imaginación y de la irracionalidad inherente a éstas y de las pasiones que en esta última se dan, en la medida en que nos lo permita la necesidad del género humano. En el orden intelectual debe organizarse bien la situación, procurando la paz y la tranquilidad, como consecuencia de la guerra declarada a la irracionalidad, para oír hablar no sólo del intelecto y de los inteligibles, sino también para gozar, en la medida en que nos sea posible, de su contemplación, situándonos en una incorporeidad, y viviendo con la verdad gracias a aquél, y sin la falsedad que acompaña a todos los aspectos que son connaturales a los cuerpos. Hay que desnudarse de los muchos vestidos que nos cubren: del visible y carnal y de los que nos ponemos por dentro ajustados a la piel. Desnudos y sin túnica, ascendamos al estadio para tomar parte en los juegos olímpicos del alma. El punto de partida es el desnudarse y sin este requisito no se puede luchar. Pero puesto que nuestra ropa es visible e interior, nos la quitamos también a la vista y en privado. Porque, por ejemplo, el no comer o el no recibir un dinero que se nos dé es algo que puede darse visible y públicamente, pero el no desear algo forma parte de una actitud que no se trasluce. De manera que, aparte de los hechos, hay que separarse también de la atracción que ejercen sobre nosotros y de la pasión que a ellos nos empuja. Porque, ¿qué se gana, con mantenerse alejados de los hechos, si quedamos fijados a las causas que los motivan?

32. La separación puede producirse con la violencia y puede producirse también por la persuasión y de acuerdo con la razón, merced a la consunción y, se podría decir, olvido y muerte de aquellas causas. Realmente, la mejor separación resulta ser aquella que no mantiene contacto con aquello de que se desprendió uno. Por supuesto que lo que se ha separado por la violencia, en el ámbito de lo sensible, lleva en sí una parte o una huella de la separación. Se presenta la separación en un ambiente de continua inactividad. Y esta inactividad la proporciona, juntamente con la reflexión constante sobre lo inteligible, la abstención de las sensaciones que despiertan pasiones, entre las que se cuentan las que nacen de la comida.

33. Hay que abstenerse, pues, no menos de otros motivos perturbadores que de ciertos alimentos, que por su propia índole pueden despertar las pasiones de nuestra alma. Pero incluso debe considerarse la cuestión desde el siguiente punto de vista. Dos fuentes manan aquí para atadura del alma y por ellas, como repleta de pócimas letales, se ve envuelta en el olvido de sus contemplaciones familiares; son esas fuentes el placer y el dolor. De éstos es motivador, por igual, la sensación, la percepción sensible que a ella corresponde y los acompañantes de las sensaciones, a saber, imaginaciones, opiniones y recuerdos; provocadas por todos ellos surgen las pasiones y la irracionalidad que, acrecentada en su conjunto, empuja al alma hacia abajo y la aleja de su habitual deseo por la realidad existencial. Hay que alejarse por consiguiente, con todas nuestras fuerzas de las sensaciones. Y estas separaciones se darán gracias a nuestras renuncias a las pasiones que se producen en el ámbito de lo sensible y de lo irracional. Las sensaciones se dan a través de lo que vemos, oímos, gustamos, olemos y tocamos. En efecto, la sensación es una especie de metrópolis de la extraña colonia de pasiones que hay en nosotros. Mira, pues, en cada una de las sensaciones qué gran estímulo de pasiones penetra en nosotros: por un lado, con el espectáculo de la competición de caballos y atletas o de danzas lascivas y, por otro, la contemplación de mujeres. Ambas cosas son pábulo del elemento irracional y lo subyugan con las redes que de todo tipo le tienden.

34. En todos estos casos, el alma, fuera de sí por la irracionalidad, hace saltar a los hombres, gritar y vociferar, al inflamarse, por influjo de la turbación interna, la turbación externa, que le prendió la sensación. Las emociones que se provocan por el sentido del oído, como consecuencia de determinados ruidos, rumores, palabras indecorosas e injurias logran que la mayoría de los hombres, eliminada totalmente su facultad de raciocinio, se lancen como enfurecidos por el aguijón y que otros, en cambio, en actitudes de afeminados se muevan adoptando variadas posturas. El empleo de sahumerios perfumados o aromas olorosos, que trafican con los propios deseos amorosos de los enamorados, ¿a quién se le escapa la carga de irracionalidad del alma que aumentan? Porque de las pasiones que se provocan a través del gusto ¿qué se podría decir?, al haberse entrelazado en este aspecto, en especial, una doble atadura. Una es aquella que las pasiones provocadas por el sentido del gusto engordan; la otra es la que hacemos pesada y vigorosa por la ingestión de cuerpos extraños. Porque drogas, como dijo un médico en algún lugar, son no son sólo los preparados por la medicina, sino también las comidas y bebidas que se toman cada día para nuestra manutención, pues el elemento letal que de éstas se transfiere al alma es mucho más peligroso que el que se desprende de los venenos para la destrucción del cuerpo. Las sensaciones por el tacto, casi le dan forma corpórea al alma y la provocan muchas veces hasta el punto de emitir sonidos inarticulados, como si de un cuerpo se tratase. De todas estas sensaciones surgen agrupados recuerdos, imaginaciones y opiniones que, despertando un enjambre de pasiones, dejan al alma llena de temores, deseos, cóleras, ansias amorosas, seducciones, dolores, envidias, inquietudes, enfermedades y pasiones de este tipo.

35. Es, por tanto, intenso el combate para mantenerse uno incontaminado de estas pasiones y grande es el esfuerzo para verse libre de su práctica, sobre todo teniendo presente, noche y día, la presión que ejerce la necesidad de la sensación. Por ello, en la medida en que podamos, hay que alejarse de tales lugares en los que, aún sin querer, es posible verse inmerso en la multitud. Hay que precaverse del combate en el que se ponga de manifiesto la experiencia de las pasiones y, si se quiere también, de la victoria; igualmente, de la falta de entrenamiento, síntoma de inexperiencia.

36. Esto es lo que oímos decir de «las hazañas de los varones de antaño», pitagóricos y sabios. Los unos habitaban los lugares más desérticos; los otros, los templos y recintos sagrados de las ciudades, de los que estaba ausente todo tipo de agitación. Platón eligió la academia para vivir, que era no sólo un lugar aislado y alejado de la ciudad, sino también, según dicen, «malsano». Otros, en fin, no escatimaron sus ojos por el deseo de una contemplación interior continua. Pero si alguien cree que, al mismo tiempo que convive con los hombres y sacia sus sentidos de las pasiones que estos le piden, va a permanecer impasible, olvida que se engaña a sí mismo y a los que en él confían, e ignora también de las pasiones, en gran medida, que su dependencia de ellas guarda una relación directa con su independencia de la multitud. Pues no habló en vano ni mintió sobre la naturaleza de los filósofos el que dijo: «Éstos quizá, desde su juventud, no saben el camino que lleva al ágora, ni donde se encuentra el tribunal ni el edificio que alberga al consejo o alguna otra junta pública de la ciudad. En cuanto a las leyes y acuerdos (de palabra o por escrito) ni los ven ni oyen hablar de ellos». Los afanes de los grupos de amigos por conseguir los cargos públicos, reuniones, comidas y festines con tocadoras de flauta, ni siquiera en sueños se les ocurre tomar parte en ellos. Los orígenes nobles o indignos de una persona en la ciudad, la tara de nacimiento que tenga uno por sus antepasados, bien sean varones o mujeres, a uno de estos filósofos le pasa más desapercibido que el número de barrilillos que pueda llenar el mar, según se dice. «Y todas estas cosas ignora que no las sabe, pues no se aparta de ellas para gozar de buena opinión, sino que, simplemente, su cuerpo tan sólo se halla en la ciudad y allí reside, y su pensamiento, teniendo por insignificantes y en nada a todas estas cosas, pasa por todas partes menospreciándolas y, como dice Píndaro, sin rebajarse a ninguna cosa de las que le son próximas

37. Dice Platón, a propósito de esto, que al descender a los objetos mencionados no se queda uno impasible por su influencia, sino por el hecho de no vincularse a ninguno de ellos. Y es por esto por lo que el filósofo no sabe el camino que lleva al tribunal ni al edificio del Consejo ni a ningún otro lugar de los enumerados. No conoce los lugares y los frecuenta, pero al frecuentarlos y llenar sus sentidos de ellos es evidente que ninguno de ellos ignora, pero por el contrario, al no mantener contacto con ellos -lo asegura Platón- e ignorarlos, el filósofo ni siquiera sabe que los ignora. Y en cuanto a acudir a los festines ni siquiera en sueños, afirma, se le ocurre. Mucho menos se irritaría si se viera privado de salsas y trozos de carne aderezados. ¿Es que enteramente se alimentará con este tipo de comidas? En absoluto, cuando haya considerado que todo ello es insignificante y nulo, si observa la abstinencia; en cambio es importante y perjudicial, si los consume. «Dos pruebas se ofrecen en la realidad: la una, divina y felicísima; la otra, sin relación con la divinidad y muy desdichada». El filósofo intentará asemejarse a la primera y diferenciarse de la segunda. Llevando una vida parecida al ejemplo que quiere imitar, esto es, sencilla, autosuficiente y lo menos posible relacionada con los temas mortales.

38. Mientras se discuta sobre el tema de los alimentos y se plantee la cuestión de qué determinado alimento deba consumirse, pero no se tenga en consideración, si ello fuera posible, que hay que abstenerse de todo alimento, se defiende a las pasiones y aspira uno a la gloria popular, por estimar que no le ofrece interés alguno la discusión. Sin duda el filósofo no se alejará a la fuerza, porque, al verse obligado, se queda con mayor empeño en el lugar de donde se le obliga a salir. Por otra parte, no estimará hacer algo indiferente, si consolida su atadura. De modo que, concediendo tan sólo a la naturaleza lo estrictamente necesario, y ello, liviano y dentro de un régimen alimenticio todavía más liviano, alejará de sí todo lo que, en contra de esto, contribuya a su placer. Porque, está convencido, según lo han dicho, de que la sensación viene a ser un clavo que fija el alma al cuerpo, y que, por la misma herida que le hace la pasión, la asegura y clava al goce corporal. Pues si las sensaciones no obstaculizaran la pura actividad del alma, ¿qué peligro había de quedarse uno en el cuerpo, impasible ante las conmociones corporales?

39. ¿Cómo se podría enjuiciar y expresar una pasión que no se ha experimentado ni se ha presenciado? Pues la mente se concentra en si misma, aunque nosotros no estemos con ella. Pero el que se desvía de la mente se queda en el punto en que se extravió y, al correr de allá para acá con la atención puesta en la percepción sensible, se mantiene allí donde se consigue esta percepción. Una cosa es no prestar atención a los hechos sensibles por estar implicado en otros temas y otra distinta es pensar que uno no se encuentra presente cuando se fija en ellos. Por supuesto, no se demostrará que Platón admite esto, a no ser que se quiera argumentar que éste se engaña a sí mismo. El que consiente en admitir alimentos y en asistir, voluntariamente, a espectáculos en los que se ejercita la vista, en participar en reuniones y en unirse a las risas, por su propia aceptación se encuentra ya donde está la pasión. Pero el que se concentra en otros temas y se aparta de lo sensible, es precisamente la persona «que se ofrece como objeto de irrisión no sólo a las siervas tracias, sino también al resto de la multitud», y cuando desciende a los hechos «se ve envuelto en una total confusión», pero sin quedar por completo insensible, ni tampoco captarlos plenamente, sino que actúa tan sólo de un modo irracional. «Platón no se atrevió a decir esto, pero afirma que «tratándose de injurias, el filósofo no tiene como cosa suya el injuriar a nadie, porque ignora los defectos de las gentes, por no haberse preocupado de ello. Al no saberlo, pues, resulta ridículo, y en los elogios y en las manifestaciones jactanciosas de los demás procede sin disimulos y se ríe abiertamente, dando la impresión de ser un atolondrado».

40. De modo que a causa de su inexperiencia e inhibición no conoce la realidad de los hechos, porque, si se desciende a su comprobación y si se obra con una actitud irracional, no es uno capaz de contemplar en su integridad la realidad del mundo según el intelecto. Porque ni siquiera los que dicen que tenemos dos almas nos han concedido dos capacidades de atención, pues de ese modo habrían logrado la unión de dos seres vivos que, dentro de lo posible, cuando el uno estuviera entregado a otros temas, el otro no podría asumir las actuaciones del otro.

41. Mas ¿por qué era necesario extinguir las pasiones y, a consecuencia de ellas, nosotros mismos sucumbir, y preocuparnos cada día, si ello era posible, de actuar de acuerdo con el intelecto estrechamente relacionados con los hechos mortales pero sin la vigilancia de aquél, como algunos pretenden demostrar? «Pues la mente ve y la mente escucha». Y si, comiendo deliciosos manjares y bebiendo un vino exquisito, eres capaz de ligarte a hechos inmateriales, ¿por qué razón no lo vas a ser de relacionarte con cortesanas y de realizar actos que es indecoroso mencionar? Éstas son totalmente las pasiones del niño que hay en nosotros y en cuanto que son vergonzosas, te negarás a ser arrastrado hacia ellas. Porque ¿cuál es la distinción que establece la suerte, según la cual es posible experimentar unas sin quedar implicado en ellas y, en cambio, otras permiten satisfacerlas manteniéndose uno en los inteligibles? No hay motivos, pues, para que entre el común de las gentes, unas se consideren vergonzosas y otras no, ya que vergonzosas son todas, al menos en relación con una vida acompasada al intelecto, y hay que alejarse de todas ellas como de los placeres eróticos. Pero hay que conceder un poco de alimento a la naturaleza por la necesidad del género humano. Allí donde hay sensación y percepción sensible, hay separación de lo inteligible. Y cuanto mayor es la excitación de la irracionalidad, tanto mayor es la separación de lo intelectual, pues no es posible, al andar zarandeando de aquí allá, estar en todos sitios. Porque no aplicamos nuestra atención con una parte de nosotros, sino con todo nuestro ser.

42. El creer que una persona, apasionada por la sensación, puede, ejercer su actividad en contacto con los inteligibles ha precipitado a la ruina también a muchos bárbaros, que por desprecio se han entregado a toda clase de placeres. Afirmaban éstos, que, relacionándose con otros objetos, se puede permitir a la irracionalidad utilizar los elementos sensibles. Porque he oído a algunos que, en defensa de su desgracia, decían de este modo: «no nos ensucian los alimentos, del mismo modo que la suciedad de las olas no mancha el mar. Porque dominamos todos los alimentos, al igual que el mar todas las olas. Y si el mar cerrara su boca, de modo que no recibiera corrientes de agua, resultaría grande con relación a sí mismo, pero pequeño con relación al universo, al no poder eliminar todas sus suciedades. Pero, si tuviera la precaución de no mancharse, no las recibiría. Más, precisamente por esto, lo recibe todo, porque conoce su dimensión y no desvía de su curso lo que le llega». Y nosotros, añaden, «si tomamos precauciones ante los alimentos, quedamos sujetos a un sentimiento de temor. Pero es necesario que todo lo tengamos sometido. Porque, si una pequeña cantidad de agua recibe alguna impureza, inmediatamente se mancha y se enturbia por la suciedad, pero el abismo no se ensucia. Así también los alimentos dominan a los débiles, pero donde hay un abismo de posibilidad, todo se acepta y no se sufren los efectos de la suciedad». Con tales consideraciones se engañaban a sí mismos, y sus actos estaban en consonancia con sus propios errores y, echándose desde un abismo de libertad a uno de miseria, se ahogaron. Esto hizo también que algunos de los cínicos lo ambicionaran todo tras implicarse en el motivo de los errores que suelen llamar lo indiferente.

43. Pero el hombre precavido y que está al acecho de los encantos de la naturaleza, que examina la naturaleza del cuerpo y, conoce que éste se encuentra ensamblado, como un instrumento musical, a las potencias del alma, sabe que la pasión está presta a hacer oír su voz, lo queramos o no, al ser golpeado el cuerpo por elementos de fuera y llegar la percusión a la percepción sensible. Resulta ser, en efecto, la percepción sensible la resonancia, pero no es posible que resuene el alma sin volverse toda ella hacia el sonido y sin orientar hacia él su ojo supervisor. No pudiendo la irracionalidad dilucidar por completo hasta qué punto ejerce su influencia, cómo actúa, de dónde se origina y a quiénes afecta, ni teniendo en sí la capacidad de examen, cuando ejerce su acción, de un modo parecido a los caballos sin auriga, es difícil, por un lado, organizar un plan de acción de un modo conveniente cara a los aspectos externos y, por otro, conocer la oportunidad y la moderación de un régimen alimenticio, si no está encima el ojo del auriga, que acompasa los movimientos y lleva las riendas de la irracionalidad, que en sí es ciega. El que elimina de la irracionalidad la supervisión del razonamiento y le permite actuar según su propia naturaleza, sería capaz de acceder a su deseo y a su irascibilidad en la misma medida y de ponerse en movimiento por su propio impulso hasta donde le plazca. Nos ofrecerá, al menos, un bello ejemplo de seriedad y unos actos razonados, si se mueve en unas actividades del ámbito irracional al margen de la supervisión que debe suponer el razonamiento.

44. Sin embargo, la diferencia entre el hombre virtuoso y el malvado parece consistir en que el uno tiene en todo lugar razonamiento a su lado como dominador y regulador del elemento irracional y el otro realiza la mayoría de sus actos omitiendo en todos ellos el reconocimiento y la cooperación de la razón. Por ello el uno se denomina irracional y llevado por la irracionalidad y el otro razonador y dominador de todo elemento irracional. Y, por supuesto, para la mayoría las faltas se cometen de palabra, de obra, con los apetitos y con las actitudes coléricas; por el contrario, los buenos actos son inherentes a los virtuosos, porque aquéllos permitieron al niño hacer lo que quisiera y éstos encomiendan esta facultad al pedagogo y con su ayuda rigen sus actos. Así también, en los alimentos y en otras actividades o goces corporales, el auriga con su presencia impone moderación y oportunidad, pero, si está ausente y, como dicen algunos, se encuentra ocupado en sus propios asuntos, o bien mantiene fija nuestra atención en él, y no permite a la irracionalidad apasionarse ni realizar enteramente actividad alguna, y, además, consiente que esta atención nuestra se centre en el niño sin su colaboración, en estas circunstancias aniquila al hombre, arrastrado por la locura de lo irracional.

45. Por ello a los varones virtuosos la abstención de alimentos, goces y actos corporales les es más conveniente que su contacto con ellos, por el hecho de que, si se establece el contacto corpóreo, es necesario descender de nuestros propios hábitos para someternos al influjo del elemento irracional que hay en nosotros. Y esto se da todavía más en la consumición de alimentos, porque lo irracional no establece un cálculo de lo que vaya a resultar de ellos y por naturaleza no puede conocer lo que está ausente. Y si fuera posible alejarse de los alimentos, del mismo modo que lo hacemos de las cosas sensibles, al quedar fuera del alcance visual (pues es posible aplicarse a otros objetos, tras haber adormecido las imágenes que de aquéllos se desprenden), sería sensato, tras una mínima concesión a la necesidad de una mortal naturaleza, el retirarse de inmediato. Pero surge la necesidad de un tiempo prolongado por motivo de la cocción y digestión; de la consecución de una ayuda que proporciona el sueño, la tranquilidad y todo tipo de relajación. Además de eso, como consecuencia de la digestión, se produce una subida de temperatura y la deposición de excrementos. Así, necesario es que esté presente el pedagogo, que, eligiendo alimentos ligeros que faciliten su labor, cumplirá con la función encomendada a la naturaleza, previendo el futuro y la magnitud del impedimento que se nos vendría encima, si consentimos a los deseos echarnos un peso difícil de sostener por un mínimo placer, que reciben al tomar el alimento para deglutir.

46. No inadecuadamente pues, la razón, desechando la abundancia y el exceso, limita lo necesario a lo mínimo, si tiene la intención de evitar las dificultades, al procurarse los alimentos, por su necesidad de mayores suministros, si desea no tener necesidad, mientras los dispone, de mayores servidores, ni piensa conseguir mayores placeres con la comida, si proyecta, al saciarse, no adquirir una mayor pereza, ni caer en la somnolencia por la pesadez de su saciedad, ni, finalmente, si llena su cuerpo de alimentos grasos, tiene la intención de forjarse una atadura muy sólida y a sí misma convertirse en perezosa y endeble en exceso para acometer sus funciones propias. Que nos demuestre, pues, un hombre cualquiera, que desee, en la mayor medida posible, vivir de acuerdo con el intelecto y quedar libre de los ajetreos de las pasiones corporales, que nos demuestre, digo, que la consumición de carne es más fácil de conseguir que los alimentos a base de frutas y verduras, y que su preparación sea más barata que la de los platos sin carne y que en absoluto requieren el concurso de cocineros. Que nos demuestre, también que, comparada con la alimentación de productos de seres no animados, la comida a base de carne no produce placer alguno y es más ligera en la digestión que la otra, y que en las absorciones por el cuerpo es más rápida la de la carne que la correspondiente a las verduras y, por último, que, con relación a los apetitos, los excita menos y contribuye también menos al grosor y fuerza física que un régimen de comidas sin carne.

47. Y si no se atrevió a decir esto ni un médico, ni un filósofo, ni un gimnasta, ni un particular, ¿por qué razón no rehuimos de buen grado la carga corporal?¿Por qué no nos liberamos a nosotros mismos, con nuestra renuncia, a un tiempo de otras muchas cosas? Pues cuando uno está acostumbrado a conformarse con lo más insignificante, es posible liberarse, no ya de una servidumbre, sino de innumerables, como pueden ser la superabundancia de riquezas, el servicio que presta un número importante de criados, un abundante ajuar, una situación somnolienta, enfermedades rigurosas y abundantes, la necesidad de médicos, las incitaciones al erotismo, las exhalaciones muy intensas, la abundancia de excrementos, el espesor de una cadena, la fuerza que nos incita a la acción, una Ilíada de males, en fin. El alimento sin carne y sencillo, y que para todos es muy fácil de conseguir, nos libra de todos estos males, proporcionando una paz al razonamiento, que nos suministra los medios de salvación. Porque, según asevera Diógenes, no salen de los comedores de pan ladrones y enemigos, pero sí, en cambio, salen sicofantas y tiranos de los comedores de carne. Mas cuando se ha suprimido la causa de múltiples necesidades, se ha eliminado una cantidad de elementos introducidos en el cuerpo y se ha aliviado la carga de los alimentos absorbidos, el ojo queda libre y lejos del «humo y de la ola» corporal, una vez que ha atracado en el puerto.

48. Y no necesita esto de comprobación, ni demostración a causa de la evidencia que del propio hecho dimana. Por consiguiente, no ya los que se esfuerzan por vivir, según el intelecto y, habiendo acomodado su vida a éste como fin, ven como necesaria, para esta finalidad, la abstinencia de estos alimentos, sino también, casi todo filósofo, supongo, preferiría la simplicidad al lujo y aceptaría mejor al que se conforma con un mínimo de necesidades que al que necesita satisfacer un número considerable de ellas. Además, cosa que podría parecer extraña a muchos, encontramos personas que aseguran y aprueban este hecho, y me refiero en concreto a los que, bajo la influencia del placer, creen que en él debe buscarse el fin de los que se han consagrado a la filosofía. Porque la mayoría de los epicúreos, empezando por su jefe de fila, parecen conformes con su torta de cebada y sus frutos secos y han compuesto tratados en los que desarrollan la escasa necesidad que impone la naturaleza y demuestran que sus exigencias se solucionan suficientemente con comidas sencillas y fáciles de adquirir.

49. Pues, según dice Epicuro, la riqueza que ofrece la naturaleza es limitada y fácil de conseguir; en cambio, la que proviene de vanas opiniones, es ilimitada y de difícil adquisición. Porque el hecho de que la carne sufra por indigencia lo elimina bien y suficientemente la alimentación a base de productos fáciles de adquirir, porque éstos tienen una naturaleza sencilla propia de los seres húmedos y secos. Pero, por lo demás, en la medida en que se cae en el lujo, afirman que no se tiene de él un deseo necesario, ni nacido, forzosamente, de alguna aflicción, sino que tiene lugar, bien por un malestar, bien sin más por el choque que se produce en la ausencia del placer; también por una alegría y por unas vanas y falsas opiniones, igualmente, en cuyo caso este deseo no nos lleva a ninguna deficiencia física ni, en el caso de que falte, a la disolución de nuestra estructura. Porque estos alimentos resultan suficientes para conseguir lo que la naturaleza necesita forzosamente. Y son, además, por su sencillez e insignificancia, fáciles de conseguir. También el que come carne tiene necesidad de alimentos de seres inanimados, pero para el que se conforma con éstos su necesidad se reduce a la mitad: su adquisición es fácil y su preparación requiere pocos gastos.

50. No hay que dedicarse a la filosofía, como algo accesorio, dicen, una vez que se haya dispuesto lo necesario, sino después de que se haya proporcionado al alma una auténtica situación de confianza, para afrontar de esta manera las situaciones cotidianas. Porque a un mal consejero confiaremos nuestros asuntos, si sopesamos y preparamos la necesidad que nos impone la naturaleza sin ayuda de la filosofía. Por lo cual es necesario que el que se consagra a la filosofía prevea estas necesidades, y ello en la medida en que la atención debida a ellas lo consienta. Mas en cuanto que de ellas se elimina algún elemento que no garantiza una confianza total, no hay que aceptarlo a propósito de la preparación de riquezas y de alimentos. Por supuesto, hay que tratar estos temas con ayuda de la filosofía y rápidamente resultará que es preferible buscar la pequeñez, la sencillez y la ligereza, porque pequeña es la molestia que puede resultar de una cosa pequeña.

51. Dadas las dificultades que entraña la preparación de los alimentos por el cansancio físico, por la ejecución de los preparativos, por el impedimento de que pueda ser continua la acción sobre el razonamiento de hechos relevantes, o bien por algún otro motivo, deviene inútil al punto esta preparación y no compensa de las molestias que conlleva. La frugalidad y la sencillez nos causan unas molestias mínimas. Es una insistencia de Epicuro el que no se deben satisfacer unos deseos por unos desproporcionados medios. Es necesario, sin embargo, que también le asista al filósofo a lo largo de su vida la esperanza de que nada le va a faltar. Esta la mantienen con suficiencia los bienes fáciles de conseguir, pero la eliminan los costosos. Por tanto, la mayoría por este motivo, aunque haya adquirido muchos bienes, sufre sin cesar ante la idea de que le puedan faltar en un futuro. Pero logra contentarnos con alimentos fáciles de conseguir y sencillos el tener presente en nuestro recuerdo lo siguiente: nada tiene, por su propia naturaleza, la suficiente fuerza para una eliminación efectiva de la confusión del alma, ni siquiera toda la riqueza del mundo reunida, pero las molestias de la carne las suprimen los bienes muy modestos y cuya adquisición resulta totalmente fácil y, por otra parte, cuando faltan, no alteran por su importancia al que se ejercita en morir. También resulta que el dolor debido a la escasez es más llevadero que el, que se debe a la abundancia, a no ser que uno se engañe a sí mismo con vanas opiniones. La variedad de alimentos no logra suprimir las turbaciones del alma, ni tampoco aumentar en el cuerpo el placer, porque éste tiene un límite coincidente con la supresión del dolor. De este modo la consumición de carne no elimina molestia alguna de la naturaleza ni tampoco lo que, por inacabado, nos lleva al dolor; muestra un agrado forzado este tipo de alimentación y al pronto se mezcla con su contrario. Porque no apunta al mantenimiento de la vida, sino a la variedad de placeres, de un modo parecido a los placeres venéreos y a la bebida de vinos extranjeros, sin los que nuestra naturaleza puede pasar. Sin los que no se mantendría, sería sin aquéllos, pequeños en extremo, que pueden conseguirse fácilmente con la justicia, la libertad, la paz y una gran facilidad.

52. Tampoco coopera la carne a la salud, sino más bien le resulta un obstáculo. En efecto, por los medios con que se recobra la salud, por esos precisamente se conserva. Se recupera por medio de un régimen de comidas sencillo y sin carne; de manera que también por este mismo se puede mantener. Pero si los alimentos inanimados no aportan el vigor físico de un Milón, tampoco contribuyen de un modo general al desarrollo de la fuerza. Porque el filósofo no tiene necesidad de vigor físico ni de desarrollo de su fuerza, si piensa dedicarse a la especulación teórica, y no a actividades prácticas, ni al desenfreno. Y nada admirable es que el vulgo crea que la ingestión de carne coopera a la salud, porque también cree que conservan la salud los goces y placeres eróticos, que a nadie benefician y afortunado si no se ha recibido daño de ellos. Pero si la mayoría no es de este sentir, nada nos importa, porque en el común de las gentes no hay prueba de confianza ni de constancia en el terreno de la amistad y del afecto. No son personas receptivas de estos temas: de la sabiduría, ni de sus partes en lo que comporten algún aspecto significativo. No tienen tampoco mayor sentido del interés privado ni público, ni son capaces de hacer una valoración de las costumbres groseras y de las civilizaciones. Además de esto, hay un gran desenfreno, lleno incluso de intemperancia en la gente vulgar. Por todo ello, no hay temor de que alguna vez no haya comedores de animales.

53. Porque, si todos pensaran lo mejor, ninguna necesidad habría del arte de cazar pájaros, de los que se dedican a su caza con liga, de pescadores, ni de porqueros. Pero, al administrarse los propios animales y no tener quien cuide de ellos y los presida, rápidamente perecen y se extinguen como consecuencia de los ataques que reciben y del masivo consumo que de ellos se hace, como ocurre con innumerables animales que los hombres no comen. Y si entre los hombres, se mantiene una insensatez diversa y multiforme, serán indecibles también los que se ceben con estos alimentos. Es necesario conservar la salud sin miedo a la muerte, pero sin que ello sea un obstáculo a la consecución de los bienes que nos llegan de la contemplación. La conservación de aquélla la proporciona especialmente una disposición imperturbable de nuestra alma y la actitud de nuestro pensamiento hacia el ser auténtico. Mucho es lo que llega hasta el cuerpo de tales comportamientos, como empíricamente lo demostraron nuestros amigos, Rogaciano entre ellos, sobre todo en lo que respecta a una artritis, que les afectó tan intensamente a los pies y a las manos, que durante ocho años se movían de un sitio a otro gracias a que los llevaban en peso, y se libraron de ella con la renuncia a las riquezas y con la contemplación de las cosas divinas. Por consiguiente, al tiempo que se sacudieron las riquezas y preocupaciones, se sacudieron también la dolencia de su cuerpo. De modo que, respecto a la salud, grande y total influjo recibe el cuerpo de una determinada disposición del alma. También contribuye bastante a ello la reducción de la alimentación. En general, tenía razón Epicuro cuando afirmaba que había que cuidarse del alimento, que ansiamos y perseguimos para nuestro goce, porque, una vez conseguido, nos desagrada. De esta índole es toda la alimentación abundante y espesa. Y esto les pasa a los que se apasionan por ella (Platón, Fedón, 68c), porque caen en despilfarros, enfermedades, hartazgos y vagancias.

54. Por ello también, a propósito de los alimentos ligeros, hay que evitar la saciedad, y examinar en todo momento las consecuencias del disfrute o adquisición de estos alimentos, la importancia de aquéllos, y de qué molestia, del cuerpo o del alma, nos liberan, pero hay que impedir que por agrado la tensión que afecta a cada cosa se origine, tal como la vida engendra. [Hay tres lagunas aquí en los códices, para las que el filólogo Usener propuso otras tantas conjeturas. Es preferible dejar el texto como está]. Porque de ningún modo hay que sobrepasar los límites, sino que hay que mantenerse en el límite y en la medida que corresponden a estos temas, y considerar que el que siente temor de la abstinencia de los seres animados, si come carne por placer, está teniendo miedo de la muerte, porque inmediatamente a la privación de los alimentos está relacionando la presencia de un peligro sin limites, que entraña la muerte. En consonancia con tales y análogas razones se origina un insaciable deseo de vivir, de riquezas, de bienes materiales y de gloria, por estimar que con ellas aumentarán todo su bienestar por un espacio de tiempo mayor y porque se siente pánico por los aspectos que rodean a la muerte como si se tratara de un peligro sin fin. Pero el placer que resulta del lujo no guarda relación estrecha con el que se origina de la autosuficiencia, para aquella persona que lo ha experimentado, pues es muy agradable darse cuenta uno mismo del número de sus necesidades. Porque si se suprime el lujo, si se suprime el deseo por los placeres eróticos y se suprime la ambición por los bienes de fuera de nuestro entorno, ¿qué necesidad hay en lo sucesivo de una riqueza inerte que ninguna utilidad nos puede reportar, sino tan sólo pesadeces? Esta es una forma de quedar saciado y el placer que se origina por una plenitud de este tipo es puro. Pero también es necesario que el cuerpo se desacostumbre, en la medida de lo posible, del placer de la saciedad, aunque no de la plenitud que supone el satisfacer el hambre; y es preciso que coma para [Otra laguna en este punto] recorrer todas las situaciones y que fije un límite necesario a los alimentos en vez de ilimitado. Porque así se le presentará al cuerpo la ocasión de recibir un bien posible gracias a la autosuficiencia y a la similitud con la divinidad. Así no ansiará verlo aumentado ni tampoco un plazo de tiempo que le permita agenciarse un bien mucho mayor. De este modo, a su vez, se enriquecerá realmente, si modera su riqueza, con un límite natural, no con vanas opiniones. Así no estará pendiente de las esperanzas en un placer supremo que no inspira la confianza de realizarse, porque este mismo placer es muy alborotador. Pero permanecerá ya en la autosuficiencia de su presente y de su pasado, y no se angustiará por prolongar su existencia desmesuradamente.

55. Pero, además de esto, ¿cómo no es absurdo, por Zeus, que el que tiene un padecimiento, ya por verse envuelto en duras presiones de fuera, ya por hallarse encerrado en prisión, no tenga puesto su pensamiento en la comida, ni se preocupe del modo de procurársela, sino incluso rehúse la necesaria para su subsistencia, cuando se la pongan delante, y en cambio el prisionero auténtico, torturado por padecimientos internos, busque la preparación de sus comidas y se preocupe por conseguir una gran variedad de alimentos, con los que robustece su cadena? ¿Y cómo estos comportamientos son propios de hombres que conocen lo que les pasa, y no son, en cambio, de personas que se deleitan con su suerte e ignoran en qué circunstancias se encuentran? Lo que a estos les pasa contrasta con los prisioneros que conocen su desdicha. Porque muestran su desagrado con su vida presente, llenos de una tremenda turbación, y desean el bien ausente para colmar su satisfacción, ya que nadie, por el hecho de que todas las situaciones que guardan relación con las perturbaciones tengan fácil solución, se dispone a desear mesas, lechos de plata perfumes, cocineros, ajuares, ropas y festines, que alcanzan hasta donde pueden llegar las personas en materia de refinamiento y lujo, sino que aspira a ello por la falta de utilidad, a lo largo de toda su existencia, de ese ilimitado género de bienes que busca y de la terrible perturbación que sufre. De este modo, los unos no se acuerdan del bien inexistente [Conjetura de Bouffartigue añadida para aclarar el sentido de esta doctrina epicúrea. El «bien ausente» del parágrafo anterior avala esta adición], por hallarse ocupados en el rechazo del bien que tienen a su alcance; los otros, en cambio, buscan el bien ausente por desagradarles el que tienen. [Los unos son los desdichados, los prisioneros; los otros, los ricos. Los primeros, según esta teoría, se ocupan en el rechazo de los que tienen, sin pensar en bienes inexistentes; los segundos, no se conforman con lo que tienen y ansían lo que no tienen a su alcance].

56. Pero el contemplativo, en uno u otro aspecto [Esto es, en la miseria o en la riqueza] se atendrá a un régimen de comidas sencillo, porque conoce sus ataduras. De este modo no puede aspirar al lujo, y si desea la frugalidad, no buscará comidas de seres animados, como si se tratara de una persona que no se conforma con una dieta alimenticia de seres no animados. Y aunque la naturaleza del cuerpo, a propósito del filósofo, no fuera de tal índole, esto es, tan manejable y tan fácil de cuidar por los medios más simples, y fuera preciso también afrontar las molestias, ¿no las afrontaríamos entonces? ¿Es que no lo soportamos todo, poniendo sumo interés en ello, cuando es preciso librarse de una enfermedad, sometiéndonos a intervenciones quirúrgicas, a enrojecimientos de la piel por tratamientos tópicos, a cauterizaciones, a tomas de medicamentos amargos, a purgas de vientre, a vómitos y a limpiezas de nariz y pagando, además, unos honorarios a los que nos aplican estos tratamientos? ¿Es que no lo soportamos todo de un modo razonable por causa de una enfermedad interior, tal como si se tratara de entablar un combate por la inmortalidad y por la unión con la divinidad, de las que nos vemos impedidos por nuestra unión con el cuerpo, y ello, además, aunque tuviéramos necesidad de ofrecer resistencia en medio de sufrimientos? Sin duda no soportamos seguir las leyes del cuerpo, que son violentas y se oponen a las leyes del intelecto y a las vías de salvación. Mas puesto que ahora ni siquiera filosofamos sobre la tolerancia de los dolores, sino sobre el rechazo de placeres innecesarios, ¿qué defensa les queda a los que quieren justificar desvergonzadamente su desenfreno?

57. Si es preciso hablar con franqueza, sin omitir nada, no es posible conseguir el fin más que clavándose, sí así se puede hablar [En cuanto a la expresión restrictiva, «si así se puede hablar», les ha hecho pensar a Bouffartigue-Patillon (en su citada edición, pág. 41) que puede deberse a dos razones: a que la idea del estar clavado tiene unas resonancias cristianas de las que es consciente Porfirio y, por ello, trata de excusarse: y, por otro lado, a que se trata de una forma esotérica que nuestro autor rehusa revelar], con la divinidad y desclavándose del cuerpo y de los deleites que éste crea en el alma, porque la salvación nos viene por las obras no por la simple audición de las palabras. Y a ninguna divinidad de las parciales, cuanto menos a la que lo supervisa todo y, simplemente, está por encima de la naturaleza incorpórea, es posible conciliársela con cualquier tipo de régimen alimenticio y en absoluto comiendo carne, sino sometiéndose a toda clase de purificaciones, tanto del alma como del cuerpo; entonces a duras penas puede uno ser digno de su percepción, siempre que se esté bien dotado por la naturaleza y se lleve una vida santa y pura. Por ello, en cuanto que el padre de todos es muy sencillo, muy puro y totalmente autárquico, puesto que se encuentra situado lejos de la apariencia material, en justa correspondencia conviene que quien se le acerque esté limpio en todos sus aspectos y se encuentre purificado, empezando por su cuerpo y terminando por su interior asignando a cada una de sus partes o, en general, a todos sus atributos la purificación ritual que naturalmente les corresponda. Pero quizá ninguno pueda replicar a estas consideraciones y, sin embargo, se pregunte con perplejidad cómo consideramos la abstinencia entre los procedimientos empleados para la obtención de un estado de pureza, siendo así que, no obstante, degollamos ovejas y bueyes en sacrificios rituales y consideramos puro este acto ritual y grato a los dioses. Por lo cual, para rebatir estos argumentos, que necesitan de un largo planteamiento, hay que tratar el tema de los sacrificios empezando por otro punto de partida.

LIBRO II

1. Estando ocupado en investigaciones sobre la sencillez y la pureza llegué, Castricio, a un estudio sobre los sacrificios, difícil de enfocar y falto, al mismo tiempo, de una larga explicación, si es que quiero presentar un análisis crítico que sea veraz y resulte a la vez grato a los dioses. Por ello aplazo el tema hasta hacer de él una reflexión particular, y ahora expondré mi opinión personal y cuanto sea posible manifestar (Es imposible buscarle un trasfondo a esta expresión de «cuanto sea posible manifestar». Es impensable la adscripción de Porfirio a una secta pitágorica, en el siglo III, que le obligara a mantener un secreto de iniciado), enmendando mi omisión anterior en la cuestión expuesta desde sus orígenes.

2. En primer lugar, niego que el hecho de matar a los animales lleve aparejado, forzosamente, la necesidad de comérselos, ni que el que concede lo uno (me refiero a su sacrificio) establece también, rigurosamente, su consumo. Porque, por ejemplo, las leyes permitieron defendernos contra los enemigos que nos atacaban, pero no se ha aceptado también el comérnoslos como hecho congruente con la condición humana. En segundo lugar, si conviene, por algunos motivos, conocidos o desconocidos para los hombres, sacrificar algún ser vivo a los démones, a los dioses o a ciertas potencias, no se debe, forzosamente, por ello comer a los animales. Porque puede admitirse que se vea un hombre, en un sacrificio ritual, en actitud de recibir también unos animales, que, ni siquiera los habituados a comer carne, aceptarían probarlos. Y, por supuesto, en el hecho de dar muerte a los animales se observa el mismo contrasentido, porque, si hay que matar a algunos, no hay que matarlos todos, como tampoco, si se mata a los seres irracionales (Parece un contrasentido, por parte de Porfirio, calificar de irracionales a los animales, cuando, en III 1, 4, afirma que toda alma, dotada de sensibilidad y memoria, está también dotada de razón. Para W. PÜTSCHER, Teophrastos´»Peri Eusebeías», Leyden, 1964, pág. 68, cuando Porfirio emplea el término «irracional» no lo hace por boca propia, sino por haberlo tomado de Teofrasto), hay que matar también a los hombres.

3. La abstinencia de los seres animados, como en el libro primero dije, no está recomendada sin más a todo el mundo, sino a los filósofos y, entre éstos, especialmente a los que cifraron su felicidad en la divinidad y en su imitación (La imitación, la unión, la apropiación con la divinidad, son fines a los que debe aspirar el filósofo, según Porfirio (I 54, 6; II 34, 3; III 27, 1, etc.) . Porque tampoco en la vida del estado fijaron los legisladores los mismos modos de comportamiento para los ciudadanos corrientes que para los sacerdotes, sino que hay lugares en los que, haciéndoseles concesiones a las gentes del pueblo en materia de alimentación y el resto de su forma de vivir, prohibieron a los sacerdotes practicar estos mismos hábitos de comportamiento, bajo la pena de muerte o graves sanciones (Cf. IV 5, y Pausanias, VIII 13,1)

4. Si no se confunden estos temas, y, por el contrario, se distinguen del modo que conviene, la mayoría de las objeciones que se plantean resultan vanas. Porque, en su mayor parte, o bien manifiestan que es preciso darles muerte por el daño que causan y admiten que hay que comérselos, como consecuencia, o bien, puesto que en los sacrificios se aceptan los animales, se concluye que también los hombres se los deben comer. Y, por otra parte, si hay que eliminar a algunos por su condición salvaje, piensan que la consecuencia lógica es que hay que dar muerte, igualmente, a los animales dóciles. Y si algunos deben comer carne como les ocurre a los atletas, a los soldados y a los trabajadores manuales (La moderna ciencia ha llegado a la conclusión de que un régimen vegetariano estricto sin ningún producto de origen animal no sólo es posible para toda la población, sino incluso superior en muchos aspectos para la salud), se estima que también deben comerla los filósofos; y si se les permite a algunos de estos, debe permitírsele también a todos. Todas estas conclusiones son pobres y no tienen entidad alguna para que planteen la necesidad de una tesis. Y que todas ellas son de mala calidad, es cosa evidente, si se parte del hecho de que corresponden a personas sin espíritu dialéctico. Yo, sin embargo, ya he corregido algunas y pienso refutar otras en el desarrollo de mi exposición; ahora examinaré con detenimiento el tema de los sacrificios, exponiendo de donde proviene su origen, cuáles y de qué tipo fueron los primeros, cómo evolucionaron y en qué momento. Y, si el filósofo puede llevar a cabo todos los tipos de sacrificios, determinaré también, a quiénes se ofrecen los sacrificios de animales. Referiré, en suma, también los temas colaterales, unos como resultado de mis propias investigaciones y otros en base al tratamiento que le dieron los antiguos, teniendo como objetivo la moderación y la congruencia con mi punto de vista, en la medida de lo posible. Así están los hechos.

5. Parece ser incalculable el tiempo transcurrido desde que el pueblo más sabio de todos, como dice Teofrasto (Esta traducido este pasaje en Eusebio, Praeparatio Evangelica, I.), y que habitaba la muy sagrada tierra fundada por el Nilo (La antigüedad de los egipcios es mencionada anteriormente por Aristóteles, Política VII 10, 1329b3O, y Meteorología 1 14, 352b2O, donde aparece también Egipto como obra del Nilo) comenzó a ofrendar a los dioses celestiales, empezando por Hestia, las primicias, sin que se les mezclara mirra, laurel e incienso con azafrán; muchas generaciones después fueron empleados estos ingredientes. Por su parte, el hombre de aquellas épocas, errante y a la búsqueda de unos medios de subsistencia, habría ofrendado a los dioses, en medio de múltiples penalidades, unas gotas de estas esencias. Así, pues, en un principio no se hacían sacrificios de tales productos, sino de césped, tal como si recolectaran con sus manos la flor y nata de la fértil naturaleza. Porque la tierra produjo árboles antes que animales, y, mucho antes que los árboles, una hierba que se renovaba anualmente, cuyas hojas, raíces y toda la vegetación que brotaba de la naturaleza cortaban y quemaban, saludando con este sacrificio a los dioses celestes visibles e inmortalizando por medio del fuego los honores que les dirigían. Les conservamos, pues, el fuego inmortal en nuestros templos, por estimar que es lo que más se les parece… De la palabra thymiásis, que designa la humareda que se forma por la combustión de los productos de la tierra, dan el nombre a thymiatéria (altares con humaredas perfumadas), thyein (sacrificar) y thysíai (sacrificios). Pensamos nosotros que estos términos no se emplean correctamente, por entender que designan un defecto a posteriori, porque se llama thysía (sacrificio) a lo que tiene la apariencia de un culto merced a los animales. Y tanto les preocupaba a los antiguos no infringir la costumbre, que lanzaron imprecaciones contra los que faltaban a la norma antigua y contra los que introducían una nueva; de ahí que designaron con el término aromata [«maldiciones» o «imprecaciones», propiamente] lo que ahora se entiende por «aromas». Se puede apreciar la antigüedad de los mencionados sahumerios, si se repara en el hecho de que, aún hoy día, se ofrendan trozos recortados de maderas olorosas. Por ello, después de la hierba del principio, cuando la tierra comenzó a producir árboles y, en primer lugar, comieron los hombres los frutos de la encina, quemaron, para sus sacrificios a los dioses, una pequeña cantidad de su alimento a causa de la escasez y una cantidad mayor de hojas. Con el tiempo el modo de vida evolucionó hacia un tipo de alimentación propia de gentes civilizadas y hacia sacrificios de frutos de cultivo, lo que dio lugar a que se dijera: «basta de bellotas». [Expresión proverbial que vuelve a aparecer en el libro IV, cap. 2. Cf. Zenobio, Cent. II 40].


Editorial Cultura Vegana
www.culturavegana.com

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